miércoles, 18 de enero de 2017

El extranjero

Publicada en 1942, El extranjero, del francés Albert Camus (1913-1960), es considerada una de las obras maestras de la literatura. Recuerdo haber leído dicha novela en la universidad y me causó una gran impresión y, por supuesto, me pareció un hermoso libro digno de figurar entre los clásicos... Pues bien, he tenido oportunidad de releerlo y he confirmado algunas opiniones y otras no.

En primer lugar, he confirmado que una obra maestra no necesita ser extensa. El extranjero es una novela corta, de poco más de cien páginas (al igual que El viejo y el mar, de Hemingway; o Los cachorros, de Vargas Llosa), pero igual es una novela formidable muy superior, de lejos, a libros mucho más extensos. En segundo lugar, una obra maestra tampoco necesita de grandes recursos técnicos (El extranjero está escrita en primera persona, casi de manera lineal); sin embargo, es una obra poderosa, muy bien contada y escrita, que no te deja tregua y te envuelve de principio a fin. En tercer lugar, el protagonista de la historia, Meursault resulta -como todo personaje principal- rico y complejo y su "extraño" o "particular" comportamiento es fuente de diversas lecturas o interpretaciones. Por ejemplo, unos ven a la novela de Camus como "una lúcida descripción de la carencia de valores del mundo contemporáneo"; y otros como "un símbolo o un alegoría" de aquel absurdo mundo contemporáneo. Con todo, el mismo Meursault es un protagonista poderoso -a pesar de ser un hombre común y corriente- y eso hace que la novela también lo sea. Finalmente, compuebo que, incluso, las obras maestras no son perfectas: tienen picos altos y también momentos no tan logrados. Y El extranjero no es la excepción (para mi gusto). La primera parte del libro, compuesto de 6 breves capítulos, y que finaliza cuando Meursault, sin motivo aparente, mata a un árabe en la playa, es simplemente brillante. La segunda parte, que comprende desde el arresto de Meursault hasta su condena a morir guilotinado, es buena, interesante, persuasiva, sugerente, pero -en mi humilde opinión- no es tan redonda como la primera parte. Es cierto que son excelentes las descipciones que hace Mersault de sus días en la cárcel, o del absurdo juicio que recibe y la indiferencia y aburrimiento de él; pero el final abierto, ya no me resultó tan conmovedor como la primera vez que lo leí en la universidad. En todo caso, es una apreciación y no una sentencia.

En conclusión, El extranjero es una hermosa novela que vale la pena ser leída y que trata -en mi opinión- sobre el absurdo de la existencia y la indiferencia al mundo que nos tocó vivir. Meursault, el antihéroe protagonista, es un claro reflejo de ello. ¡Muy recomendable!











miércoles, 11 de enero de 2017

Todas mis muertes

Todas mis muertes (2006) es la segunda novela del escritor peruano Ezio Neyra (1980), quien entonces solo contaba con 26 años. Un año antes, en el 2005, había publicado la breve e interesante Habrá que hacer algo mientras tanto, la cual tuvo acogida y buenas críticas. En Todas mis muertes, Neyra cambia de registro, pasando del simbólico al realista, aunque manteniendo un tono existencialista en sus personajes, los cuales no se sienten cómodos en el mundo o la sociedad en la que habitan. Aquí se narra la historia del joven periodista-escritor Francisco Neyra quien, reasignado a la sección Policiales de un diario de Arequipa, tiene que seguir, con abulia, la huella de Rafael Cardemil, un asaltante de banco y asesino. Paralelamente, en capítulos intercalados, se va contando el último verano que pasó el entonces niño Francisco Neyra en la casa de su abuelo en Camaná. Es en aquel verano que aquel mundo idealizado de su infancia se ve trastocado por una tragedia familiar que será revelada al final de la novela: el asesinato de su abuelo. Ambas historias se irán entrecruzando conforme transcurra el relato.

Escrito con un lenguaje ágil y funcional, Todas mis muertes es un libro simpático y entretenido de leer, pero que carece de la profundidad del primer libro de Neyra. Por ejemplo, muchos de sus personajes secundarios resultan simples bosquejos o caricaturas. Tal es el caso del editor Quiñónez, la Mamajuana o Gómez, el entrenador chileno de gallos. Incluso, muchos de sus recuerdos del verano en Camaná, junto con sus primos y parientes, me parece que pudieron ser mejor trabajados. A pesar de eso, como ya indiqué, Todas mis muertes es una novela entretenida, que la lees de corrido, que te deja una sensación agradable, pero que, sin duda, pudo haber sido mucho más si el autor, de repente - y esto es una teoría- no se hubiera apresurado en publicar.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Fin de año (2016)

En poco menos de 4 horas, se acaba un año más. El 2016. Qué rápido avanza el tiempo. Horas previas uno reflexiona, cavila, en soledad, sobre cómo nos fue en este año. Como todo en la vida, hubo momentos buenos y momentos malos. Pero lo importante es que los sueños y las esperanzas se mantienen incólumes. Aún sigues siendo ese adolescente soñador que en el colegio pensabas en cosas imposibles. Si algo voy a recordar de este 2016 va a ser mis viaje a Brasil (Río de Janeiro) para ver las Olimpiadas (sueño cumplido), y mi viaje a Apurimac y el Cuzco (qué hermoso es el Perú). También voy a recordar que dejé durante 6 meses uno de mis trabajos para abocarme a terminar de escribir un libro que ya tengo casi culminado y solo me falta ultimar detallles. Voy a evocar todos esos días que me encerraba en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, y en mi pequeña y fiel laptop apretaba las teclas con furia para escribir esas historias sobre chicas y amores frustrados que me tocó vivir.

Asimismo, voy a recordar la historia me tocó vivir con una chica y que culminó los primeros meses del año. Y sin embargo, hasta el día de hoy su imagen me persigue. Hay mujeres que olvidas pronto, pero ella me ha dejado una profunda huella. Con ella entendí esa frase de la canción La distancia, de Doménico Modugno: "La distancia es como el viento: apaga esos fuegos pequeños y enciende aquellos grandes". Y si no hice más por ella, fue, más que por temor o miedo a salir dañado, porque no estaba seguro de que fuera una buena chica. Era bella, inteligente, pero sentía que le faltaba corazón o nobleza. Ella me decía que era mala, fría, que "la conociera antes de que me arrepienta", pero también me soltó frases como "no soy un demonio", "no soy tan mala persona como crees". Me hubiera gustado entenderla o aguantarla, pero al final, ya ni siquiera, accedió a conversar, por más que se lo propuse varias veces.

Finalmente, en lo profesional bajé el ritmo por lo de mi libro, pero continué haciendo mi trabajo lo mejor que pude. Es un mundo el oficio de la docencia y el arte de liderar adolescentes y jóvenes. También salí a bailar algunas veces (no tantas como en años anteriores), hice deporte en el verano y corrí varias carreras de 10 kilómetros (bajé mi marca del año pasado por más de 2 minutos), fui al teatro un par de veces, fui a un concierto de Rafo Ráez, sali con algunas chicas aunque el amor me sigue siendo una materia esquiva, vi varias películas, no escuché tantos discos, leí y aprendí algo de portugués gracias a mi viaje a Brasil, me hice un tatuaje en el antebrazo... Y bueno, sigo aprendiendo con humildad y espero, con la ayuda de Dios, que este 2017 sea un mejor año que el anterior. Soy consciente que son mis últimos años de juventud, asi que debo arriesgar y aprovecharlos.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Mi hombre (cuento de Rosa Montero)

Mi hombre
Me he casado con un descuartizador de aguacates. Ya comprenderán que mi matrimonio es un fracaso. Cuando conocí a mi marido yo tenía diecinueve años. Por entonces estaba convencida de que el día más hermoso en la vida de una muchacha era el día de su boda, y cada vez que veía una novia me ponía a moquear de emoción como una tonta. Ahora tengo cuarenta y tres años y no me divorcio porque me da miedo vivir sola.   

Él es un hombre muy bueno. Es decir, no me pega, no se gasta nuestros sueldos en el juego, no apedrea a los gatos callejeros. Por lo demás, es de un egoísmo insoportable. Viene de la oficina y se tumba en el sofá delante de la tele. Yo también vengo de mi oficina, pero llego a casa dos horas más tarde y cargada como una mula con la compra del hiper. Que me ayudes, le digo. Que ahora voy, responde. Nunca dice que no directamente. Pero yo termino de subir todas las bolsas y él no ha meneado aún el culo del asiento. Voy a la sala, le grito, le insulto, manoteo en el aire, me rompo una uña. Él ni se inmuta. Entonces me siento en una silla de la cocina y me pongo a llorar. Al ratito aparece él, en calcetines. "¿Qué hay de cena?", pregunta con su voz más inocente. Hago acopio de aire para soltarle una parrafada venenosa, pero él me intercepta con una habilidad nacida de años de práctica: “Ya sé, te voy a preparar una ensalada que te vas a chupar los dedos", exclama con cara de pillín. Esa ensalada de aguacates y nueces y manzana que tanto le gusta. Así que yo me amanso porque soy idiota y, aunque refunfuñando, le ayudo a sacar los platos, la fruta, los cuchillos, y le ato a la espalda el delantal mientras él mantiene los brazos pomposamente estirados ante sí como si fuera un cirujano a punto de realizar una operación magistral a corazón abierto.

Entonces él empieza a pelar los aguacates y yo, por hacer algo, lavo y corto la lechuga, pico la cebolla, casco y parto las nueces, convierto dos manzanas en pequeños cubitos. Le miro por el rabillo del ojo y él sigue pelando. De modo que saco las patatas, las mondo, las lavo, las corto finitas, que es como a él le gustan; cojo la sartén, echo el aceite, enciendo el fuego, frío primero las patatas bien doradas y luego hago también un par de huevos. El aceite chisporrotea y salta, y, como no tengo puesto el delantal, me mancho de grasa la pechera de la blusa. Le miro: él continúa impertérrito, manipulando morosamente su aguacate. Tan torpe, tan lento y tan inútil que más que cortar el fruto se diría que está haciéndole una meticulosa autopsia. "No sirves para nada", le gruño. Y él me mira con cara de dignidad ofendida. "¡Y encima no me mires así", chillo exasperada. Él frunce el ceño y se desanuda el delantal con parsimonia. Después se va a la sala y se deja caer en el sofá, frente al televisor, mientras se chupa el pringoso verdín que el aguacate ha dejado en sus dedos. Yo sé que ahora pondré la mesa como todas las noches y cenaremos sin decirnos nada.


Lo más terrible es que, en nuestro fracaso como pareja, apenas si hay batallas de mayor envergadura que estos sórdidos conflictos domésticos. Y no es que me importe mucho hacerme cargo de las labores de la casa. No me gustan, pero si hay que hacerlas, pues se hacen. No, lo que me amarga la vida es su presencia. Porque me encanta cocinar para mi hija, por ejemplo, aunque, por desgracia, viene muy poco a vernos; pero servirle a él me desespera. Será que le odio. Hay momentos en Ios que no soporto ni su manera de abrir el periódico: estira los brazos y sacude el diario delante de sí, antes de darle la vuelta a la hoja, como quien orea una pieza de tela. Hace muchos años ya que, si no es para discutir, apenas si hablamos.

No siempre fue así. Al principio todo era distinto. Él estudiaba dibujo lineal por las noches. Y soñaba con hacerse arquitecto. Quería ser alguien. Es más, yo creía que él era alguien. Pero nunca se atrevió a dejar la gestoría. No sé cuándo le perdí la confianza, pero sé que me decepcionó hace ya mucho. No era ni más listo ni más trabajador ni más capaz que yo. Tampoco era más fuerte, me refiero a más fuerte por dentro; por ejemplo, no me sirvió de nada cuando creímos que la niña tenía la meningitis. Y yo, para estar enamorada, necesito admirar al que ha de ser mi hombre. Me has decepcionado, le he dicho muchas veces. Y él se calla y se pone a orear el periódico.

Claro que quizá yo también he cambiado. Antes la vida me parecía un lugar lleno de aventuras, y por las noches, mientras me dormía, la cabeza se me llenaba de imágenes felices: nosotros dos con nuestra hija pequeña, envidiados por todos; él trabajando en un estudio de arquitectura y envidiado por todos; nosotros dos viajando en avión por medio mundo y envidiados por todos. Eran estampas quietas, como las de los álbumes de cromos de mi infancia. Después dejé de pensar en esas cosas, porque estaba siempre tan cansada que me dormía nada más acostarme. Y luego se me pasó la juventud. Llega un día en el que te despiertas y te dices: así que en esto consistía la vida. Poca cosa.

Le he engañado en dos ocasiones. Con dos compañeros de oficina. Fue un desastre. Yo buscaba el amor a través de ellos y me temo que ellos sólo me buscaban a mí. Los dos estaban casados. Me sentí ridícula. Entre unos y otros, entre estas cosas y todas las demás, se me ha agriado el carácter. Yo de joven era muy alegre. Él me lo decía siempre: me encanta tu vitalidad. Y de novios me llamaba Cascabelito. Ahora que lo pienso, quizá para él yo también haya sido una decepción: últimamente no hago otra cosa que gruñir, protestar y estar de morros todo el día.

A veces, sin embargo, me despierto de madrugada sin saber dónde estoy. Me rodea la oscuridad, me acosa el vértigo, me encuentro sola e indefensa en la inmensidad de un mundo hostil. Entonces mi brazo tropieza con una espalda blanda y cálida. Y el rítmico sonido de una respiración muy conocida cae en mis oídos como un bálsamo. Es él, durmiendo a mi lado; reconozco su olor, su tacto, su tibieza. Poco a poco, las tinieblas dejan de ser tinieblas y la habitación comienza a reconstruirse a mí alrededor: la mesilla, el despertador, la pared del fondo, la blusa manchada de grasa que me quité anoche y que descansa ahora sobre la silla. La cotidianidad triunfa una vez más sobre el vacío. Me abrazo a su espalda y, medio dormida, contemplo cómo el alba pone una línea de luz sobre el tejado de las casas vecinas. Y entonces, sólo entonces, me digo: es mi hombre.

*Extraído del libro Amantes y enemigos (1998), de Rosa Montero (Madrid, 1951)

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Mi corbata (cuento peruano)

Autor: Manuel Beingolea (Lima,1875-1953)

                                                         MI CORBATA
Me la regaló Marta, una provinciana a quien seduje con mi aplomo y mis modales de limeño. Estaba hecha de un retazo de seda rosa, oriundo quizá, de algún vestido en receso, y sobre ella la donante había bordado con puntadas gordas e ingenuas multitud de florecillas azules, que no pude reconocer si eran miosotis. Me la envió encerrada en una caja de jabón Windsor, que olía muy bien.

Yo por aquel tiempo era un pobrete que me comía los codos y andaba de Ceca en Meca, galopando tras un empleo en alguna oficina del Estado. Ser amanuense era entonces mi mayor ambición. Cincuenta soles de sueldo eran para mí, inestimable tesoro, que solo muy escasos mortales podían poseer. ¡Oh, cincuenta soles de sueldo! ¡Con esa suma asegurada hubiera yo doblado el cabo de la felicidad! ¿Qué cómo? Cuando se es amado, a pesar de ser pobre, una gran confianza en el porvenir nos alienta. Y la dulce serranita me amaba. Muchos pretendientes había despachado por mi causa. Felices horteras endomingados que le hacían la rueda, mientras le vendían media vara de surah o un corte de indiana. Así como así, eran mejores que yo los tales horteras desde el punto de vista matrimonial. Tenían regulares sueldos y lo que ellos llamaban las rebuscas, cosa que, probablemente yo, me moriría sin conocer. Pero Marta los mandaba a paseo sin escucharlos siquiera. Solo yo era el preferido. Quizá me encontraba distinto también a los jóvenes de su tierra, sentimentales y turbulentos. A mí no me disgustaba la muchacha. Tenía bonito pelo, ojos tiernos y tocaba en el piano “Al pie del Misti” con bastante sentimiento ¡Con ella y mis 50 soles hubiera sido feliz! Lo único que parecía apenarla era mi poca fe. Mi carencia de religión.

- ¿Creen usted en Dios? – me preguntaba a menudo.
- Naturalmente – le respondía yo.
- No es bastante, es preciso cumplir con la Iglesia, es preciso creer.
   La verdad es que yo no creía sino en mi pobreza. Solo se cree en Dios a partir de cincuenta soles de sueldo.
   Un día fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figúrense mi alborozo cuando recibí la siguiente esquela:   
   “Grimanesa de Bocardo e hijas, tienen el honor de invitar a usted a su casa, Aumente 341, a tomar una taza de té la noche del martes”.
   Y en el reverso: "Señor Idiáquez”. ¡Canastos! ¡Una taza de té! Yo que ni siquiera había comido seriamente aquel día.
  
Me pareció recibir una invitación celestial y me preguntaba si los filetes de oro de la esquelita no serían una insignia angélica. Bocardo… Bocardo. Nombre sonoro. ¡Qué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún abogado de nota de esos que llevan siempre como cola esta frase: “Lumbrera del foro peruano”. Nombre que quizá hace y deshace de millones de empleos de cincuenta soles.

Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con trencilla, unos pantalones de esa tela a cuadritos que parece un trazado para jugar al “León y las ovejas”; un chaleco despampanante, escotado hasta el ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal, donde figuraba un grueso botón de doublé y un sombrero hongo de copa no más alta que la cáscara de nuez, de esos que puso en moda en Lima el ya olvidado actor Perrín. Y, en medio de todo esto, resplandeciente como un astro de primera magnitud, mi famosa corbata. Famosa sí. ¡Voto al chápiro!
 
La casa de Aumente n° 341 era un majestuoso prodigio de simetría. Constaba de dos ventanas de reja, una a cada lado de la puerta; dos balcones, uno sobre cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del zaguán. En el fondo, una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí parecía en equilibrio, repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho ex profeso para demostrar la ley de compensaciones. Entré. Alguien tocaba un vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé mi sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban atropellándose. Grupos animados conversaban en los rincones, en el hueco de las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre los bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por negligencia o por ignorancia del baile. Yo hubiera querido ponerme a las órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero –la verdad– sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podía encontrar. Una linda morena vestida de color malva, sentada en el extremo de un sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se lo propuse pareció sorprendida y me miró de arriba a abajo. Sin embargo, me dijo con amabilidad exquisita:
                                                                                                     
- Tengo ya compromiso, caballero.
   Yo me senté a su lado sin saber que decirle al pronto. Me concreté a olerla. Y que bien olía. ¡Voto al chápiro! ¡Qué pobre me pareció Marta con su jabón de Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y palpitante se escapaban oleadas que me desvanecían. Indudablemente la dicha debía oler a eso. Empezaba a dirigirla la palabra, cuando un joven se acercó, le dio del brazo y desapareció dejándome lelo. Entonces me juzgué en la obligación de sacar a una esbelta rubia que mordía nerviosamente el extremo de su abanico. Mirome de hito en hito y me dijo secamente: “Estoy cansada”. Luego creí oportuno dirigirme a otra señorita, la cual me dijo con marcado desdén, lo mismo. Volví a la carga con otra que también me despachó fulminándome con una mirada despreciativa. Recorrí las restantes, a las que acababan de bailar y a las que no habían bailado aún y todas me petrificaban con aquel terrible y descortés: “Estoy cansada”. ¡Y lo mejor es que salían con el primero que se les presentaba! Empecé a amoscarme. Me pareció notar que algo chocarrero, existente en mí, me hacía acreedor al desprecio. Entonces sin saber qué partido tomar, rogué a un joven que discurría por allí, y que me infundió confianza (hay rostros así que infunden confianza), que me explicara el caso. Me miró con impertinencia y me dijo: “Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que puede usted hacer es largarse joven”. ¡Corbata imposible! Y me fijé en la de él. En efecto, era una hermosa corbata color de vino, hecha de mano maestra, atravesada por un alfiler de oro.

Salí avergonzado, sin despedirme. ¿De quién me iba a despedir? Tal como había entrado. Nunca he comprendido por qué me invitaron a aquella casa. Quizá por equivocación.
    

Como es de suponerse, la sangre me hervía. Hubiera deseado aporrear, abofetear, pisotear a alguien. Maquinaba venganzas terribles contra la para mí desconocida señora Bocardo. Hubiera deseado decirla: “Venga usted para acá, grandísima tía, ¿con qué objeto me invita a su cochina taza de té, que ni siquiera he bebido?”. Y en cuanto a Marta, la muy serrana, ya podía esperarme sentada. ¡Qué ridícula me pareció su corbata! Una corbata que no servía ni para ahorcarse. Que fuera allá con sus horteras. Lo que es yo… ¡Que si quieres!

Desde aquel día se presentó en mi mente un mundo elegante y seductor, desconocido hasta entonces. Comprendí que en la vida había algo mejor que empleos de cincuenta soles. Me harte de las perrerías de mi existencia, de las monsergas de mi patrona, de las comidas del restaurante a diez centavos el plato, esas infames comidas con sabor a chamusquina. ¡Ah, qué mundo tan perro! ¡Qué indecencia! ¡Había que salir de él a todo trance, como pudiera, sin reparar en los medios!

Por lo pronto, era menester vestir elegante y usar corbatas atravesadas por un alfiler de oro. Haciendo acopio de todo el aplomo que me quedaba, me lancé donde el mejor sastre de Lima. Me hice confeccionar un traje de chaquet según la última moda. Di las señas de mi patrona, a quien anticipadamente anuncié un supuesto destino en la aduana con sueldo fabuloso y esperé los acontecimientos. Mi patrona era viuda de un coronel, cuyo retrato a óleo, obra del pintor Palas, se exhibía en el salón amueblado con buen gusto. ¡Cuán distinto del cuarto que me alquilaba en el interior, donde apenas cabía una cama de dobleces! ¡La rogué, poniéndome grave, que recibiera la ropa que había mandado hacer por cuenta del Ministerio de Hacienda. Cundo oyó “Ministerio de Hacienda” abrió cada ojo la señora… ¡Voto al chápiro! ¡Jamás he mentido con más aplomo!

-¿Supongo que me pagará usted lo atrasado? – me dijo con júbilo.
- Con creces, mi querida señora, con creces – le respondí yo, echándome atrás.

El mejor sastre de Lima no tuvo inconveniente en dejar el traje en el salón de una señora donde se exhibía un retrato tan prócer. Cuando la criada le dijo: “El joven ha salido”, hizo la mar de reverencias.

¡Oh! No había para qué molestarse, mandaría la cuenta, ¡bah! Apenas le vi torcer la esquina, me colé a la casa de mi patrona. Ya estaba allí mi traje extendido sobre un sofá. ¡Oh, qué maravilla de traje! Figuraos un chaquet redondeado correctamente, con una gracia mundana singular, una hilera de botones forrados en tela, unas solapas bien alisadas, con poca hombrera. Una chaquet digno de Ministro de Hacienda. Corrí a mi tugurio, lo dejé sobre mi camastro y volví donde mi patrona, desolado…

-¿Qué necesita usted? – me dijo ésta, con todo cariño.
- ¡Ah, señora, usted sabe! Mi sueldo no lo recibiré hasta fines de mes … ¡necesito ahora cien soles para ciertos gastos! …
- Con el mayor gusto, Idiáquez –respondiome– Solo le voy a pedir un favor: si usted puede colocar a mi hijo en su oficina… no es porque necesite nada, mientras yo viva… ¡usted sabe! … ¡pero! ¡Es tan bonito estar en Aduana!
   Le ofrecí destinar a toda su familia. Entonces me dijo: “¿Gusta usted doscientos?”. Puse una cara de banquero que teme comprometerse, y por fin la dije: “¡Bueno, vengan”!

Si me hubierais visto volver una hora después, en un coche cargado de camisas, sombreros, pares de botas, bastones y cajas de estupendas y lujosísimas corbatas…Pero prefiero mostrarme en Mercaderes, con mi chaquet, exhibiendo una corbata modelo, atravesada por un alfiler de oro, y con una espejeante chistera. Me calcé los guantes color patito, me puse el pantalón bien planchado, cayendo sobre unos escarpines que, a su vez, caían sobre dos botas de charol, flamantes. Ninguna mujer me pareció bastante bonita. Ninguna tienda bastante abastecida. Ninguna corbata bastante lujosa. La calle de Mercaderes fue para mí estrecho sitio donde no cabía mi persona. Hombres y mujeres me miraban fija y tenazmente, con envidia aquellos, con complacencia estas. De pronto, al salir de Guillón, encontré a la morena del baile, magníficamente ataviada, irresistible, encantadora. Estaba vestida de claro y llevaba en la mano multitud de paquetitos. Me miró con una de aquellas miradas con que las mujeres suelen decir “me gustas”. La seguí. Iba en compañía de una criada, de una persona de esas en quienes no se repara jamás. Ella volvió la cara sonriente. Parecía que quería decirme: “Atrévete”. Yo me acerqué, y después de saludarla correctamente la deslicé al oído todas aquellas frases que son del caso: “¿Tan temprano de paseo?”. “¡Con razón la mañana está tan hermosa!”. “¿Qué le parece a usted el calor?”. Contestome con amabilidad inusitada. Hízome recuerdos del baile donde “nos divertimos tanto” y luego me rogó que fuera a su casa, donde sus padres tendrían gran gusto recibiéndome.

Me enamoré terriblemente de la señorita en cuestión. Acudí a su casa, donde fui tratado con grandes agasajos. La despatarré con una docena de corbatas hábilmente combinadas. La pedí en matrimonio y a los cuatro meses me casaba con ella entrando en posesión de una fortuna respetable. ¡Al demontre las perrerías!

Hoy soy padre de una hermosa familia que da bailes a los que concurren las mejores corbatas de Lima. Poseo casas en la capital. Una hacienda en las afueras. Quintas en el campo. Minas en Casapalca. Voy jueves y domingo al Paseo Colón en un elegante carruaje, y he hecho varios viajes a Europa. Mi mujer no contenta con hacerme rico, ha querido hacerme célebre: gracias a ella he sido diputado, senador y… lo demás. Todo sin más esfuerzo que un cambio de corbata.

Pero he aquí entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es cierto. ¡Me anuda cada corbata! Pero me parece que piensa más en sus trajes que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos que en su padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la “cosa pública” que en mi mujer y en mis hijos. Más feliz hubiera sido con mi arequipeñita. ¡Oh! Esa que me quería arrancado y por mí mismo. Con ella y mis cincuenta soles hubiera vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me torturan. ¿Qué habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me enternezco recordando a Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón Windsor. Decididamente la verdadera dicha debe oler a jabón de Windsor.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

No somos nada

Leo hoy en los periódicos, la tragedia de un equipo brasileño de fútbol (Chapecoense) que perdió la vida -salvo 3 jugadores, un periodista y 2 miembros de personal- al estrellarse el avión en el que viajaban rumbo a Medellín. En total, 71 fallecidos entre jugadores, personal técnico, periodistas y personal del avión. El Chapecoense iba a disputar la final de la Copa Sudamericana. Era un equipo humilde y casi desconocido que en base a esfuerzo había llegado a las instancias finales de aquel campeonato. Leo que uno de los jugadores, Thiaguinho, durante el vuelo, se entera por un regalo de su joven mujer, que va a ser padre.También que un comentarista fallecido, el ex jugador Mario Pontes, había tomado el vuelo en reemplazo del comentarista "oficial". Leo, además, que el hijo del técnico del Chapecoense, Matheus Salori, quien también es futbolista del equipo, no viajó porque olvidó su pasaporte. Otro jugador, Martinucci, tampoco viajó porque estaba lesionado. El nombre del alcalde de Chapecó, Luciano Buligon, estaba también en la lista de pasajeros, pero no llegó a subir al avión. Asimismo, leo que el avión -de la empresa boliviana Lamia- se especializaba en transladar equipos de fútbol y que el capitán  a mando -que falleció- era el mismo que llevó, 18 días antes, a la selección argentina (entre ellos Lionel Messi) de Belo Horizonte a Buenos Aires. Finalmente, a uno de los jugadores sobrevivientes, el arquero suplente Jackson Follman, se le amputó la pierna derecha.

En 1987, aquí en el Perú, también ocurrió una tragedia similar con el joven equipo de Alianza Lima, que entonces lideraba el campeonato nacional de fútbol.

¿Qué decir ante lo anterior?
Solo lamentar la pena de tanta gente inocente que iba en busca de sus sueños, y acompañar en el dolor a esas familias que ahora lloran a sus héroes. Y sobre todo, constatar, una vez más, que la vida del ser humano es tan frágil e impredecible, que uno nunca sabe cuando va a morir. Un instante, estamos vivos gozando o sufriendo, y en otro instante, cuando menos te lo esperas, la muerte te envuelve con su manto negro. Solo queda aprovechar la vida. ¡¡¡Carpe diem!!! ¡Que en paz descansen las víctimas de esta tragedia!

Fuente de la imagen:Goal.com

lunes, 28 de noviembre de 2016

Diario de un profesor (39)

Esta semana finalizan las clases en la universidad en la que trabajo como Asistente de cátedra o Jefe de prácticas. Trabajo con chicos entre 17 y 19 años, que están en los primeros ciclos. Tengo un año y cuatro meses en dicho trabajo y ha cosechado, como todo en la vida, buenos y no tan buenos momentos. Siento que aún no encuentro la forma de adentrarme en el mundo de aquellos adolescentes, aun cuando tengo bien presente que hace no mucho fue uno de ellos. La mayoría de muchachos de esa edad es reacia a los adultos (y a mí ya me ven como uno). Trato de tratarlos con amabilidad, pero aún así siento, las más de las veces, que soy un extraño, un desconocido para ellos. Otro aspecto, y que creo debe ser el dilema de muchos profesores, es saber qué tanta confianza les puedes dar, qué tan bueno o amable puedes ser. Pues no falta uno que por allí quiere aprovecharse y no te queda más que ser cortante y frío. Personalmente, creo que hay que evitar, por más malcriado que sea el alumno, no gritarle ni ponerse a su nivel. Es cierto, que en ciertos momentos, te pueden dar ganas de subirle la voz, pero creo que a largo plazo, esa estrategia no funciona: lo pierdes como alumno y solo creará resentimiento en él hacia tu persona. Es un camino más largo, pero hay que buscar que el alumno a aprenda a respetar a sus semejantes sin necesidad de la violencia. Y con eso, no quiero decir, que uno como profesor, o adulto, prescinda de las normas y las reglas, sino que trate de ponerse en lugar del
adolescente y recuerde que alguna vez nosotros fuimos como él. Es decir, tratemos de ser más tolerantes y pacientes, así como nuestros padres fueron con nosotros. Suena cursi, pero el amor, el respeto, son o resultan armas más poderosas que el grito y la violencia, que solo generan un respeto artificial basado en el miedo.