domingo, 15 de octubre de 2017

Cuentos Peruanos (Antología)

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En 1973, durante el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, editorial Peisa publicó -además de un amplio catálogo de obras de escritores e intelectuales del Perú- una antología de Cuentos Peruanos. En mi época de colegial degusté, saboreé algunas antologías de narradores del Perú y siempre he quedado gratamente sorprendido y maravillado por la calidad de estos. Esta vez no ha sido la excepción y he descubierto nuevos autores y he vuelto a releer y comprobar la calidad de otros.

De la lista de dieciséis relatos y trece autores, destacan los siguientes cuentos: 1) "El hipocampo de oro", de Abraham Valdelomar. El relato empieza un poco lento, pero poco a poco va ganando en emoción. El final es hermosísimo y me hizo recordar el desenlace de la película "El quinto elemento", de Luc Besson. 
2) "Cera", de César Vallejo, es un buen cuento. 3) "El amigo Braulio", de Manuel González Prada es una pequeña obra maestra sobre el tema de la envidia. 4) "Los ojos de Lina", de Clemente Palma, y "Calixto Garmendia", de Ciro Alegría, no tienen pierde. Son relatos cautivantes y muy bien escritos. 5) "El trompo", de José Diez Canseco, es otra joyita de la literatura peruana y la prosa de su autor es envidiable. 6) Un autor que me sorprendió por su oficio y calidad es Enrique López Albujar. "El campeón de la muerte" es un muy buen cuento, aunque el final, tal vez, es un poco predecible. Sin embargo, su trabajo con el lenguaje es más que evidente. 7) Otros cuentos que no están tan logrados, pero son de interés y resultan atractivos son "Ushanan Jampi", del mismo López Albujar; "El alfiler", de Ventura García Calderón"; "La familia Pichilín", de Carlos Camino Calderón; e "Historia de un tambor", de Manuel Beingolea.

Por supuesto, en toda antología queda el sinsabor de ciertos autores y relatos ausentes. Por ejemplo, aquí faltan Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Enrique Congrains, Francisco Izquierdo Ríos. Falta también el relato de alguna escritora peruana (se me vienen a la mente poemas, dramas y novelas, pero no cuentos de narradoras mujeres). Pese a eso, esta antología de Peisa es digna de interés y es un excelente mosaico de la calidad de la narrativa breve en el Perú.
 

miércoles, 11 de octubre de 2017

Diario de un profesor (52)

Siento electricidad en el pecho. Me siento sin aire. Siento un hormigueo en el estómago y una presión en las mandíbulas y en las mejillas. Son los nervios, la ansiedad previos a una clase. Los mismos nervios que sentía cuando tenía una competencia de atletismo en el colegio. Esos nervios que significan que algo me importa y que quiero hacerlo bien. Antes, o hace unos años, pensaba que era un "problema" mío. Pero no. Los mejores deportistas, los top 1, sienten  los mismos nervios que yo antes de una competencia. E incluso, a veces, estos los traicionan. Lo mismo me sucede a mí... Es tan fuerte mi deseo de hacer bien las cosas, que los nervios (expresión del miedo) están ahí latentes, agazapados. No tengo una receta contra ello. Solo respirar profundamente, tratar de tranquilizarme, sonreír, quizá escuchar algo de música, y salir a dar lo mejor de mí, haciéndome amigo de mis nervios y utilizándolos como una energía a mi favor. Gracias a dios, casi siempre todo sale bien. Como hoy, por ejemplo.   

domingo, 8 de octubre de 2017

Promoción 1995

Finalicé el colegio en el año 1995 en una conocida institución católica de Lima. En esa época, la mayoría de escuelas eran de varones o de mujeres, y la excepción eran los colegios mixtos. El mío, por supuesto, era de varones y la promoción estuvo compuesta por cuatro aulas de 45 alumnos cada una. Es decir, 180 estudiantes. 

Hace casi 2 años y medio (en abril del 2015), tuvimos nuestra reunión por los veinte años de haber finalizado el colegio. No voy a negar que asistí con un poco de miedo y reticencia. Sin embargo, el encuentro fue grato y me permitió pasar un buen momento y hacer la paces con compañeros que no eran de mi agrado. En ese entonces, yo y la mayoría teníamos 36 años recién cumplidos, otros ya tenían o se acercaban a los 37, y los más benjamines se estaban despidiendo de los 35. Fue un acontecimiento ver rostros que no veía hacía mucho tiempo. Compañeros que se conservaban bien y mantenían la expresión juvenil, otros que habían engordado notablemente, otros que se estaban quedando calvos o ya mostraban el cabello encanecido, y quienes ya parecían señores. El tiempo había hecho su trabajo. Por supuesto, nadie profundizó en sus vidas; todos, casi sin excepción, nos remitimos a contar las divertidas anécdotas que vivimos de adolescentes, las palomilladas en clase (obviando lo inmaduros e imbéciles que eramos entonces) y nuestros éxitos en la vida. Casi nadie contó, por ejemplo, las mil y un caídas y decepciones que sufrimos en esos años, lo difícil que había sido la vida y nuestros fracasos. Claro, la idea era pasar un buen momento y era obvio que había que mostrar nuestra mejor cara...Tal vez por eso, a pesar de que fue una reunión muy divertida y entrañable, ya no he acudido a otra reunión de la promoción. Los aprecio, pero no me veo repitiendo o escuchando la misma anécdota una y mil veces. La verdad es que ahora todos somos personas diferentes (seguramente para mejor) y salvo esas anécdotas que vivimos, ya no tenemos nada en común.

Este 2017, a través del Facebook, he sido testigo -en los últimos meses- de que varios han cumplido 39 años. En otras palabras, a muchos les falta menos de un año para cumplir 40. Sí, 40 años. ¡Increíble. Cómo se pasa el tiempo! ¿Acaso no era en 1990 que esos chiquillos, nacidos en 1978, tenían 12 años? ¿Cómo es posible que aquellos que en 1998 tenía 20 añitos, el próximo cumplan 40? ¿No fue ayer 1998? ¿Cómo es posible que aquellos  que en el 2010 tenían 32 años, ahora estén a puertas de las cuatro décadas? ¡Alucinante! 

Pero esa es la realidad. En enero próximo, el mayor de la promoción, el palomilla que era el mayor de la promo (y que me llevaba un año y dos meses) va a cumplir 40. Y en los meses siguientes, varios le seguirán los pasos. El tiempo no perdona. A nadie. Las canas van poblando tu cabellera, los pelos te van raleando, el cuerpo empieza a engordar, las primeras arruguitas y lunares van surcando tu rostro y manos. Los jóvenes no sabemos que un día vamos a dejar de ser jóvenes (hasta que pasa). ¡Carpe diem!

martes, 26 de septiembre de 2017

Diario de un profesor (51)

"Corrijo montañas de pruebas y trabajos. Recurro a mis viejos trucos: ir a un café (o a varios) y pedir cosas estimulantes para no sentir que es un trabajo duro y mecanizado; ordenar los textos por los que tienen letra más bonita o más legible, o los que escriben menos, para así darme la sensación de que avanzo más rápido. Uno empieza con mucha lentitud, luego adquiere un impulso asombroso y, al final, desfallece y se pone a contar las pruebas como si fuesen moneditas de oro para pagar una fianza y ser libre. Entonces me pongo a pensar en historias como la de aquel profesor de letras que, se dice, utilizaba el método de la cama: se paraba en una silla de su cuarto, arrojaba todos los exámenes desde lo alto y los que caían dentro de la cama aprobaban. Pienso también en el profesor de ciencias que, se dice también, perfeccionó el método: arrojaba los exámenes sobre la escalera de su casa. La posición de las gradas le daba la nota exacta".

*Extraído del facebook del escritor peruano Marco García Falcón.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Diario de un profesor (50)

Tengo la teoría de que con los años, el profesor va perdiendo no solo la pasión por la enseñanza, sino también la frescura. Esa frescura que solo se posee cuando se es joven. No me refiero, por supuesto, a que el buen docente con el tiempo se convierte en uno malo, pero sí que su desempeño -como un deportista profesional- va decayendo ante el paso inexorable del tiempo. Yo, por ejemplo, tengo 38 años, y tengo colegas diez o doce años menores que yo. Y noto, cuando brindamos asesorías individuales a estudiantes de primeros ciclos, que ellos prefieren a los docentes más jovenes, porque -posiblemente- se parecen más a ellos, hablan su lenguaje y los pueden entender más. Aunque no queramos admitirlo, uno como docente, con el tiempo, se vuelve adulto no solo en el aspecto físico, sino también en el plano de nuestras ideas; es decir, nos vamos cuadriculando, nos vamos tornando más serios y cejijuntos... Sin embargo, ahora que lo recuerdo, uno de mis mejores profesores en la universidad (Óscar Luna Victoria), en ese entonces, tenía más de 50 años y lo hacía excelentemente bien y su pasión era indesmayable. También recuerdo a otro gran profesor mío, Eduardo Rada, al cual conocí cuando tenía unos 46 años, y ahora con sesenta añitos sigue manteniendo ese espíritu lúdico, juvenil y contestario que tanto admiro... Entonces, mi teoría planteada al inicio, tal vez, resulta relativa y depende de cada uno, como profesor, "mantenerse en forma" y batallar como si fuese nuestro primer día frente a un grupo numeroso de alumnos.  

domingo, 3 de septiembre de 2017

Pablo Trapero y Luis Buñuel



Hace casi cuatro semanas, en el marco del Festival de cine de Lima (organizado poor la Universidad Católica), acudí a una clase magistral gratuita del talentoso cineasta argentino Pablo Trapero (1971), director de filmes como Elefante blanco, El clan, Leonera, Mundo grúa, El bonaerense, etc. En medio de la charla en el acogedor cine del Centro Cultural de la Católica, Trapero nos relató una hermosa anécdota que le aconteció a Luis Buñuel, el famoso cineasta español. Cuenta este -en un libro autobiográfico suyo- que en las noches, en medio de sus sueños, se le venían a la mente originales bocetos de historias para sus películas, posibles guiones. Sin embargo, en las mañanas, cuando despertaba, ya no se acordaba de las brillantes ideas que le venían a la mente. Se prometió, entonces, dejar un pequeño cuaderno y un lapicero junto al velador de su cama. De esta manera, se vería impelido a despertarse en medio de la noche y a apuntar su original apunte de historia en aquel cuaderno. Dicho y hecho, esa noche, Luis Buñuel, el director de clásicos del cine como El perro andaluz, logró salir de su mundo onírico y tomar nota, urgido, de la trama de su futura película... La mañana siguiente, despertó y lo primero que hizo fue coger el cuaderno de la mesita de noche, y leer lo que había escrito casi inconsciente. Esto fue lo que encontró Buñuel:
                           "CHICO CONOCE CHICA"

*Foto: Diario Correo (web)
 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Diario de un profesor (49)

Se inician las clases en el instituto donde laboro. Días previos buscas algún libro o película que te sirvan de motivación, de aliciente. Tengo ya mis favoritos, aunque a veces busco nuevos materiales. Entre mis libros preferidos están Diario educar. Tribulaciones de un maestro desarmado, del peruano Constantino Carvallo (1953-2008). Publicado en octubre del 2005, me lo compré casi de inmediato por motivos de azar, y porque ese mismo mes o el siguiente dicté la primera clase de mi vida a niños y adolescentes. Debo agradecer a ese libro por las valiosas enseñanzas que me dejó. Su autor -profesor,director y fundador del colegio Los Reyes Rojos- derrocha un amor a su profesión que lo dejan a uno sin aliento y maravillado. Escrito a manera de un díario, el libro está compuesto de pequeños apuntes o fragmentos que resultan luminosos por la lucidez y sabiduría que contienen. Uno puede coger el libro por cualquier parte, y como si se tratase de la biblia, leer un fragmento que te dejará pensando y reflexionando sobre el oficio de la docencia. Muchas veces, en estos casi nueve años dedicados a la enseñanza, he acudido a sus páginas en busca de motivación o inspiración, y nunca me ha fallado. Siempre salgo renovado, más comprometido, más calmo, dispuesto a batallar.

Recomiento mucho esta joyita de libro, en el cual me he inspirado para escribir, en este blog, mis reflexiones o mi diario de un profesor. A continuación, dos fragmentos escogido al azar:

"Me preguntan por una sola virtud del maestro. Una sola. No dudo: serenidad".

"Los maestros fracasan porque no aman a sus alumnos, no en el fondo callado de sus almas. Y el oficio desgasta y cansa como ningún otro porque alma y cuerpo se entregan sin tregua al cuidado atento del prójimo, a la generosidad multiplicada, al combate gigantesco con uno mismo para entregar siempre lo mejor".