domingo, 23 de abril de 2017

Rutina de domingos

Cuando no salgo a alguna reunión o fiesta o cita, acostumbro despertarme los domingos entre las 8 y 9 de la mañana. Saco a pasear al perro a un parque aledaño. Luego tomo un yogurt o desayuno algo ligero y salgo a correr. Corro una media hora alrededor de un bonito monte, poblado de árboles y jardines. Mientras troto, contemplo a las señoras y jóvenes bailando en una de las calles cerradas por ser domingo, y solo abiertas al público deportista y familias. Veo jovencitos corriendo o haciendo barras, niños y padres de familia en bicicletas o patines, grupo de personas jugando voley. Ya con el sudor surcando mi rostro, regreso a mi casa y me doy un duchazo. Desayuno un pan con queso o palta y yogurt. Luego, empiezo el ritual de hace años: enciendo mi Toyota Corona rojo del año 82 y le paso un trapo para retirar el polvo acumulado en las ventanas y la carrocería. Mi toyota está muy bien conservado y parece un carrito de colección (no llega aún a los cien mil kilómetros). Se lo compré a mi hermano hace 5 años (mi madre se lo obsequió cuando terminó su carrera en San Marcos) y desde entonces lo he ido arreglando y agregándole detallitos. Por ejemplo, tapicé el asiento principal que estaba hecho trizas; reparé los faros y las micas de las luces frontales y posteriores, hice pintar los aros que estaban picados, etc. ...Piso el acelerador, con la radio prendida (hoy escuché un disco de Unión Cinema), y me voy por Velazco Astete, Primavera, Angamos, Ovalo de Higuereta, Benavides, Caminos del Inca. Es casi un placer manejar los domingos, pues casi no hay tráfico. Y como solo uso el auto los fines de semana, lo hago correr para que la máquina trabaje. Luego retorno a mi casa y guardo el carrito, hasta el próximo domingo, en la cochera. Tras ello, saco mi bicicleta Goliat (que tengo desde la adolescencia) de franjas negras y rojas, y le paso también el trapo al asiento, el manubrio, los aros y a la base metálica. Tras ello, manejo por la Loma, y veo nuevamente a las mujeres bailando, a los jóvencitos haciendo barras, a los niños y padres patinando o en sus bicicletas. Pasear en bicicleta es una de las cosas más sencillas y hermosas que uno puede hacer. Me da placer y me relaja. Me recuerda también a mi adolescencia, cuando paseaba en esa misma bicicleta por aquellas mismas calles, en busca de conocer alguna vecinita simpática. Más de veinte años de eso (alucinante). Paso por varios parques, realizo algunas maniobras que demuestran mi intacta pericia, y retorno a mi hogar luego de pedalear unos buenos kilómetros. Finalmente, tomo un buen vaso de agua y ya estoy listo para volver a la "realidad".



 

miércoles, 19 de abril de 2017

Diario de un profesor (43)

¿Qué harías si un día llegas a la institución donde enseñas hace varios años y te enteras que se ha cambiado el sistema de calificación, sin previa consulta a los profesores, y te das cuenta de que este es un disparate? ¿Te imaginas un sistema de calificación en el cual un alumno que saca de 0 a 12-en cualquiera de sus cuatro evaluaciones semestrales- se le deba poner como nota 12? Es decir, que si un estudiante saca 03 o 05 o 08 o 10, el profesor le debe poner 12. ¿Te lo imaginas? ¿Qué harías en un caso así? Por otro lado, según ese bendito sistema de calificación, si un alumno saca entre 13 y 15, ¿estarías de acuerdo en colocarle 13 de frente? En otras palabras, tú sacas 14 o 15 -por ejemplo- en tu examen Parcial, pero el profesor debería ponerte 13. ¿Tiene sentido? Finalmente, qué pasaría o qué pensarías si te enteras, que de las cuatro notas principales del curso, la última vale el 60% ... ¿Qué harías en una situación así? Tú, como profesor, ¿enseñarías con la misma motivación?, ¿protestarías ante tus jefes?, ¿te reirías y seguirías trabajando en silencio como si nada hubiese pasado?, ¿lo verías como una oportunidad?, ¿te parecería motivador o la idea más absurda? 

En una situación así, el profesor se presenta ante un dilema y tendrá que resolverlo de acuerdo a sus principios y necesidades (económicas, laborales). No me animo a dar una respuesta, pero sí a preguntarnos si la motivación es la misma y a tomar una decisión con el corazón.     

domingo, 9 de abril de 2017

Viajes y autos

El miércoles pasado, una amiga me jaló en su flamante auto: un pequeño pero bonito y espacioso Honda mecánico de color blanco. Mi amiga, 33 años, me contó que había pagado la mitad por adelantado (6 mil dólares) y en los próximos dos años tendría que pagar, mensualmente, cuotas de 700 soles. Es decir, el auto le iba a costar un poco más de 11 mil dólares (aunque ella me indicó que eran 12 mil). Mientras me contaba eso, ella me hizo recordar que 3 o 4 años atras yo la jalé el mi carrito: un toyota corona, antiguo, pero bien conservado. Yo recordé de inmediato las veces que pensé en venderlo, pero al final el cariño me lo impidió.

En estos cuatro años, a partir de marzo del 2013 (que viajé a Arequipa), he gastado un poquito más de 6 mil dólares en mis viajes. Es decir, tal como mi amiga, con ese dinero pude haber pagado el 50% de un flamante y moderno auto. Sin embargo, si me dieran a escoger entre viajar por el Perú y el mundo y comprarme un auto nuevo, preferiría lo primero. No me arrepiento, por tanto, en estos 4 años, de haber gastado mi dinero en conocer ciudades de mi lindo Perú (Arequipa, Iquitos y nuevamente Cuzco y Apurimac) y capitales y ciudades del exterior (Buenos Aires, Río de Janeiro, Madrid, Roma, Florencia, París). Creo, personalmente, que ha sido una gran inversión y ha sido una forma de recuperar el tiempo perdido en cuestión de viajes...Y es que entre los 27 y 34 años no viajé a ningún lugar, porque atravesé una época de vacas flacas y mis prioridades eran otras.

Si mañana muriera, creo que me podría morir tranquilo en cuestiones de viaje (aunque claro, tengo aún mis deudas pendientes). Me gustaría antes de los cuarenta conocer, en el Perú, Chiclayo y Cajamarca. Y en el exterior, visitar Miami y Nueva York (mi padre estuvo por Nueva York en los 70s). Ojalá las cosas se den. Ojalá dios confabule para lograr esto. Hace un mes conocí Europa. Conocí especificamente 4 ciudades: Madrid, Roma, Florencia y París (y estuve en el aeropuerto de Barcelona). Gasté poco menos de 3 mil dólares. Sabía que si no viajaba ahora, no lo iba a hacer nunca. La verdad que no me arrepiento. Fue la plata mejor gastada, aunque ahora mis ahorros son escasos. Agradezco también a mi amiga A que me brindó hospedaje en Madrid durante 5 días (sin ella este viaje no hubiera sido posible). También agradezco a mis amigas B y C que me sirvieron de guías en Florencia y París. Y claro, otros amigos que me brindaron sus recomendaciones a través del Facebook.

Europa es hermosa, quedé maravillado con muchas cosas: la historia, la belleza de los paisajes y las ciudades, las mujeres (las romanas son hermosísimas), la comida, etc. Pero sobre todo, tal como el título de una obra del peruano Sebastián Salazar Bondy, descubrí o entendí lo que mi intuición ya me decía: "No hay isla feliz". Es cierto, pues, que dichas ciudades están mucho más avanzadas que mi Perú, en muchos aspectos; sin embargo, mientras viajaba en los metros subterráneos, comprobé o palpé la soledad, la frustración, el desasosiego, la falta de comunicación entre las personas. Allá no son más felices que acá, al contrario, varias veces noté que la gente de Europa -no toda por supuesto- es más fría y está encerrada como en su burbuja. Es decir, en los metros, las personas eran como fantasmas que no cruzaban miradas y parecían no existir el uno para el otro (cosa que aún no sucede en el Perú). Además, noté que la gente allá es como en todos lados: existen personas muy atentas, educadas y serviciales con el extranjero; y otras que te ven como un extraño y te tratan de manera despectiva. En suma, allí, a la distancia, entendí que mi destino estaba en el país en que me tocó nacer. Y que con sus miles de problemas, el Perú es un país que tiene también muchos aspectos positivos y que debemos valorar!!! 












domingo, 2 de abril de 2017

Diario de un profesor (42)

Para mi gran sorpresa, y a una semana de empezar un nuevo ciclo en el instituto donde laboro hace más de cinco años, el viernes pasado recibí un reconocimiento por mi labor como docente en el semestre pasado. Es decir, obtuve un buen puntaje en mi rendimiento docente (encuestas de alumnos, supervisión, entrega de notas y exámenes, puntualidad, etc.) y, junto a un grupo de 20 o 25 docentes, se nos premió en una pequeña ceremonia de apertura del ciclo 2017-1. No era la primera vez que me premiaban. Dos veces antes (la última dos años antes) ya había sido distinguido con ese pequeño reconocimiento. No puedo negarlo, uno se alegra y se siente como un niño o adolescente de colegio que recibe su diploma de honor. Mientras recibía la felicitación del directivo y el papel que certificaba mi reconocimiento, pensé que así era la vida de un docente: llena de altas y bajas. Recordé, clarito, cómo un año antes, salí mal en mi encuesta docente, y en dos de mis aulas salí con promedios bajos. Por eso, a pesar de que agradezco el logro obtenido, no me la creo mucho. Se que ahora mis alumnos e institución reconocieron mi esfuerzo, pero sé que mañana eso puede cambiar. La vida es impredecible. Nunca sabes cuándo estás arriba y cuándo abajo, por más pasión que le pongas a las cosas... Así que a conservar la humildad, no creérsela mucho, y seguir trabajando (batallando, como diría Jorge Eslava) con humildad y pasión, esperando o rogando que los alumnos valoren (con tus defectos y limitaciones) el esfuerzo que pones en cada clase!!! Y claro, a renovar el entusiasmo en estos días previos al inicio de ciclo!!! Como dice el refrán, "a Dios rogando y con el mazo dando".

lunes, 27 de febrero de 2017

Un año más de vida

Mañana cumplo un año más de vida. Recuerdo que hace unos años escuché decir al escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet lo siguiente: "Cuando tenía 34 años sentía que estaba envejeciendo por minuto". No sentí eso cuando cumplí esa edad, tampoco me pasó a los 35 o 36. Por el contrario, me sentía joven, en la mejor edad de mi vida. Recién entendí esa frase el año pasado que cumplí 37. Precisamente el año en que me comenzaron a decir "señor". Ahí entendí que nadie se salvaba del paso del tiempo. Que el reloj de arena de la juventud se estaba agotando. Recordé cuando tenía 22 años y, a pesar de que ya era consciente de la rapidez con la que pasaban los años, veía lejano, por no decir nunca, que yo empezara a envejecer. "Los demás podrán envejer, pero yo no", pensaba ilusamente. Sin embargo, en los últimos dos años, a pesar de que aún soy y me siento joven, las canas han aumentado en buen número; he engordado unos cinco kilos (a pesar de que hago deporte y como sano); he sentido que mi cuerpo ha comenzado a cambiar y asemejarse más al cuerpo de un hombre adulto... Es así, es la vida, es el paso del tiempo. Y ni siquiera los que parecíamos chibolos nos salvamos. Recuerdo que recién a los 14 me comenzaron a  decir joven, pues haste los 13 me decían "niño" y muchos adultos, por mi escaso tamaño, pensaban que estaba en primaria. Recuerdo cuando tenía 26 años y mis amigos pensaban que tenía 21. Veo mis fotos cuando cumplí 30 años y se me veía un jovencito de 25. Recuerdo que a esa edad (30) salía con una chiquilla de 18 y ella pensaba que tenía mucho menos. ....Pero los años pasaron: ahora voy a las discotecas y cuando quiero sacar a bailar a una jovencita de 20 o 21, veo en muchas el rostro de que ya les pareces mayor, como muy "tío" para ellas -y muy mocosas para ti-. Pensé que nunca iba a llegar a esa edad, mas ya ocurrió... A pesar de lo anterior, sé que estoy en la mejor etapa de mi vida: en esa edad en que se mezcla, aún, la juventud y la madurez; y lo único que queda es gozar al máximo, aprovechar cada oportunidad y llegar lo más lejor que uno pueda, siempre manteniendo la humildad y sin perder nuestra esencia.

lunes, 20 de febrero de 2017

Diario de un profesor (41)

Hoy culminé un nuevo ciclo en el instituto donde enseño. A diferencia de otros ciclos, este ha sido un semestre tranquilo ya que he tenido pocas aulas a cargo y mis alumnos -adolescentes de 17 a 20 años- eran muchachos buenos y tranquilos. Es decir, he tenido suerte, ya que en otras oportunidades siempre me ha tocado al menos un aula que me ha costado sangre, sudor y lágrimas llevarla a buen puerto: esos salones de muchachos inquietos a los que es difícil tenerlos callados más de quince minutos... En cambio, en este ciclo, no he tenido problemas de ese tipo, mi único reto ha sido tratar de enseñar bien y espero, ojalá, haberlo logrado. Por supuesto, que lo he intentado y di lo mejor de mí, pero siempre me quedo con un ligero sinsabor: el rostro ausente de alguna chica o chico al cual no llegué a persuadir o involucrar en mi curso. ¿Cómo tocar las fibras más íntimas de un adolescente? ¿Cómo avivar el brillo de sus ojos? Recuerdo cuando tenía 19 años, y había ingresado a la Facultad de Comunicaciones. Aún entonces me sentía a la deriva y los estudios y la universidad no me decían nada de la vida: los cursos me parecían aburridos, insípidos. Fue entonces que conocí al profesor Luna Victoria, que enseñaba un curso que vinculaba la Filosofía con las Comunicaciones. Al principio no le entendía nada, pues hablababa en un lenguaje hermético. Pero me conmovía como daba la vida en el aula de clase. Pareciera que estaba ante un ring de box y sus palabras eran como golpes que buscaban hacernos reaccionar. Fue por eso que comencé a tratar de entenderlo, aunque sin mucho éxito. Ese semestre solo obtuve un 13 con él. Al ciclo siguiente, llevé otro curso con Luna Victoria y obtuve una nota similar. Un par de años más tarde, a los veintidós, me inscribí en una asignatura electiva con él. A esa edad ya estaba más leído y ahora sí lo entendía. Mi meta era, sabiendo que era mi último curso con aquel, tener una buena nota y no esos mediocres treces de antes. El trabajo final era un ensayo sobre pintura contemporánea. Recuerdo que estuve un par de días en la biblioteca de la Universidad recopilando información. Pero la noche previa a la entrega, que era a las 9 am del día siguiente, mi ensayo aún estaba en pañales y me sentía deseperado frente a la computadora, pues no podía expresar y organizar mis ideas. Me sentía impotente y pensé que otra vez iba a obtener una nota mediocre. Pero no. Esa noche no me conformé. No me fui a dormir derrotado como otras noches. Sino que me quedé toda la madrugada escribiendo. Poco a poco las ideas comenzaron a brotar como por arte de magia y cerca de las seis, con las primeras luces de la mañana, terminé mi bendito ensayo con una sensación de triunfo. Una semaña después fui a recoger mi nota y el profesor me hizo pasar a su pequeña oficina y me felicitó por mi "excelente ensayo" y me dijo que lo iba a "obsequiar" al Museo de Arte de Lima. Incluso lo alabó en frente de otros alumnos. Yo estaba feliz, pues a pesar que me puso 16 (17 era la nota máxima que ponía), para mí era como un 20...Pues ese mismo brillo o llama de curiosidad que aquel inolvidable profesor (y otros profesores) despertaron en mí, es lo que yo sueño lograr con mis estudiantes. ¡Seguiré en la brega, en la lucha ardua! ¡Seguiré batallando!

Diario de un profesor (40)

El jueves pasado, de manera inesperada, amanecí mal: me dolía el estómago, me sentía mareado y débil. Menos mal, era mi día libre y pude recuperarme para el viernes que sí tenía clases. Durante la tarde de ese jueves, con una taza de anís en las manos, y tirado en un sofá con rostro de moribundo, pensé que durante los 8 años y medio que llevaba dedicado a la docencia (6 años de manera interrumpida), nunca había faltado a una clase por enfermedad. La única clase a la que me había ausentado (con justificación) fue cuando presenté mi primer libro de cuentos en el 2011...Entonces, recordé el caso de muchos colegas que -debido al arduo trajín, el estrés, la tensión acumulada o el simple azar- no pudieron asistir a la institución donde laboran. Recordé también las palabras de una amiga docente de un colegio nacional emblemático: "El profesor, al menos una vez al año, se enferma. Es inevitable". Agradecí, por tanto, gozar de buena salud y de poder, a pesar de las dificultades, haber podido impartir -en todos esos años- mi materia con todas mis facultades y no mermado o disminuido. Aunque también cavilé que, inevitablemente, algún día, en el futuro, me tocaría enfermarme y no asistir. ¡Así es la vida y hay que estar preparado!       

martes, 31 de enero de 2017

El maldito indiferente

En el terreno amoroso la indiferencia es un talento. Uno cuyo dominio requiere años de práctica, disciplina y perseverancia. Tal inversión de tiempo vale la pena, porque un indiferente obtiene una envidiable rentabilidad sentimental. Si no, cómo explicar que la mayoría de mujeres se descorazone y corte las venas, no por el tipo sensible que las halaga y la corteja, sino, precisamente, por el indiferente, el que no les hace caso, el que las maltrata con el frío machete de su desamor. Eso de que el chico bueno se queda con la chica es una mentira de las películas de HBO. En la vida real, los malos lideran la tabla.

Para los indiferentes, la estrategia de seducción se plantea al revés de lo convencional y consiste en ignorar, en retirarle tu atención al objeto deseado, en hacer gala de una impertérrita seguridad, solo comparable con la de los más exitosos ídolos deportivos o los más entronizados galanes de culebrones. Los tipos que exudan ese relajo conchudo y desinteresado ejercen un extraño magnetismo.

Tengo amigos cuya filosofía consiste en no involucrarse, y debo admitir que la pasan genial: sus novias babean por ellos y siempre hay chicas que los están buscando. Hasta hoy no lo entiendo. Ellos actúan como caballos y, para mi asombro, las mujeres les pasan por alto todos sus desplantes, sus arrogancias y su luctuosa falta de consideración. Creo que esa suerte solo pueden disfrutarla los hombres que adolecen de ese sentimentalismo calzonudo que a otros nos ha tocado padecer. A mí –y este blog es una prueba de eso– me cuesta utilizar la estrategia adecuada e interpretar al sujeto indiferente, al pragmático, al vaquero maloso e impasible que patea la puerta del bar, seca una jarra de cerveza, escupe al suelo y se lleva sobre un hombro a la muchacha más linda del pueblo.

No puedo ser tan Clint Eastwood de la noche a la mañana cuando me he pasado toda la vida siendo más paparulo que John Cusack. No puedo ser el rudo y tatuado Tommy Lee cuando tengo la cara bovina del vocalista de los Hombres G cuando canta ‘Devuélveme a mi chica’. No puedo tronar los dedos como el Fonzie de ‘Happy Days’ cuando me he esmerado en trastabillar como Potsy Weber.

Yo solía pensar con ingenuidad que las relaciones de pareja se sostenían sobre la base de la espontaneidad, la autenticidad y la sinceridad. Pero cada día me convenzo de que esa es una utopía reblandecida. Las relaciones son un ajedrez, un ‘tira y afloja’, un calculado juego de táctica casi militar. Increíblemente, hay gente que se especializa en eso. El canadiense Erik von Markovik, por ejemplo, autor del libro ‘Mystery Method’, que enseña a conquistar mujeres paso a paso. Uno de sus alumnos fue el norteamericano Neill Strauss, que escribió el best seller ‘The Game’, donde cuenta cómo llego a ser un seductor profesional. Para los dos, la indiferencia es un virtuosismo.

Por ejemplo, este es un caso típico que ilustra el valor tangible de la personalidad indiferente. Cuando estás con una chica, tu cerebro deja de pensar (eventualmente) en las demás mujeres. Ganas en aplomo porque ya conseguiste a la chica que te gustaba. Eres un hombre feliz que ha saciado su deseo. Las feromonas de tu cuerpo empiezan a despedir químicos solo perceptibles por el olfato femenino, y entonces ocurre lo impensado: todas las mujeres se empiezan a fijar en ti, sobre todo las que nunca en su putañera vida te hicieron caso. Como ahora les eres indiferente, te has convertido en un ejemplar atractivo. ¿¿No es injusto??

Las mujeres administran convenientemente el barato pregón del “quiero un chico diferente”, pero es mentira. Puede haber legiones de chicos emotivos y sentimentales detrás de ellas, pugnando por una oportunidad, pero al final eligen al mismo típico galifardón macho e inmaduro que, sin dudas, les romperá el corazón. En lugar de decir que quieren un chico “diferente”, deberían proclamar “quiero un chico INdiferente”. Sería más honesto de su parte.


Renato Cisneros (Blog Busco novia, 28/5/2007)

miércoles, 18 de enero de 2017

El extranjero

Publicada en 1942, El extranjero, del francés Albert Camus (1913-1960), es considerada una de las obras maestras de la literatura. Recuerdo haber leído dicha novela en la universidad y me causó una gran impresión y, por supuesto, me pareció un hermoso libro digno de figurar entre los clásicos... Pues bien, he tenido oportunidad de releerlo y he confirmado algunas opiniones y otras no.

En primer lugar, he confirmado que una obra maestra no necesita ser extensa. El extranjero es una novela corta, de poco más de cien páginas (al igual que El viejo y el mar, de Hemingway; o Los cachorros, de Vargas Llosa), pero igual es una novela formidable muy superior, de lejos, a libros mucho más extensos. En segundo lugar, una obra maestra tampoco necesita de grandes recursos técnicos (El extranjero está escrita en primera persona, casi de manera lineal); sin embargo, es una obra poderosa, muy bien contada y escrita, que no te deja tregua y te envuelve de principio a fin. En tercer lugar, el protagonista de la historia, Meursault resulta -como todo personaje principal- rico y complejo y su "extraño" o "particular" comportamiento es fuente de diversas lecturas o interpretaciones. Por ejemplo, unos ven a la novela de Camus como "una lúcida descripción de la carencia de valores del mundo contemporáneo"; y otros como "un símbolo o un alegoría" de aquel absurdo mundo contemporáneo. Con todo, el mismo Meursault es un protagonista poderoso -a pesar de ser un hombre común y corriente- y eso hace que la novela también lo sea. Finalmente, compuebo que, incluso, las obras maestras no son perfectas: tienen picos altos y también momentos no tan logrados. Y El extranjero no es la excepción (para mi gusto). La primera parte del libro, compuesto de 6 breves capítulos, y que finaliza cuando Meursault, sin motivo aparente, mata a un árabe en la playa, es simplemente brillante. La segunda parte, que comprende desde el arresto de Meursault hasta su condena a morir guilotinado, es buena, interesante, persuasiva, sugerente, pero -en mi humilde opinión- no es tan redonda como la primera parte. Es cierto que son excelentes las descipciones que hace Mersault de sus días en la cárcel, o del absurdo juicio que recibe y la indiferencia y aburrimiento de él; pero el final abierto, ya no me resultó tan conmovedor como la primera vez que lo leí en la universidad. En todo caso, es una apreciación y no una sentencia.

En conclusión, El extranjero es una hermosa novela que vale la pena ser leída y que trata -en mi opinión- sobre el absurdo de la existencia y la indiferencia al mundo que nos tocó vivir. Meursault, el antihéroe protagonista, es un claro reflejo de ello. ¡Muy recomendable!











miércoles, 11 de enero de 2017

Todas mis muertes

Todas mis muertes (2006) es la segunda novela del escritor peruano Ezio Neyra (1980), quien entonces solo contaba con 26 años. Un año antes, en el 2005, había publicado la breve e interesante Habrá que hacer algo mientras tanto, la cual tuvo acogida y buenas críticas. En Todas mis muertes, Neyra cambia de registro, pasando del simbólico al realista, aunque manteniendo un tono existencialista en sus personajes, los cuales no se sienten cómodos en el mundo o la sociedad en la que habitan. Aquí se narra la historia del joven periodista-escritor Francisco Neyra quien, reasignado a la sección Policiales de un diario de Arequipa, tiene que seguir, con abulia, la huella de Rafael Cardemil, un asaltante de banco y asesino. Paralelamente, en capítulos intercalados, se va contando el último verano que pasó el entonces niño Francisco Neyra en la casa de su abuelo en Camaná. Es en aquel verano que aquel mundo idealizado de su infancia se ve trastocado por una tragedia familiar que será revelada al final de la novela: el asesinato de su abuelo. Ambas historias se irán entrecruzando conforme transcurra el relato.

Escrito con un lenguaje ágil y funcional, Todas mis muertes es un libro simpático y entretenido de leer, pero que carece de la profundidad del primer libro de Neyra. Por ejemplo, muchos de sus personajes secundarios resultan simples bosquejos o caricaturas. Tal es el caso del editor Quiñónez, la Mamajuana o Gómez, el entrenador chileno de gallos. Incluso, muchos de sus recuerdos del verano en Camaná, junto con sus primos y parientes, me parece que pudieron ser mejor trabajados. A pesar de eso, como ya indiqué, Todas mis muertes es una novela entretenida, que la lees de corrido, que te deja una sensación agradable, pero que, sin duda, pudo haber sido mucho más si el autor, de repente - y esto es una teoría- no se hubiera apresurado en publicar.