sábado, 17 de junio de 2017

Diario de un profesor (47)

En cada ciclo, hay un salón que va a hacer sufrir al profesor. Un grupo de muchachos inquietos, bulliciosos e incluso, a veces, malcriados, que no lo van a dejar dormir tranquilo por las noches. El profesor despertará en medio del sueño y su pensamiento se enfocará en cómo lograr que esos chiquillos -que se sientan al fondo del aula- logren aquietarse, prestar atención e involucrarse en sus clases. Varias alternativas asoman por su mente vacilante: desde la orden autoritoria hasta aquella que nace de la tranquilidad y el amor. Su miedo recurrente es que esos chiquillos le hagan perder la paciencia y él no tenga el carácter suficiente. Sin embargo, el profesor -que ya lleva algunos años en esta abnegada labor- ha pasado, antes, por situaciones incluso más complicadas, y sabe que ante esas dificultades, siempre ha salido airoso. Lo mejor de su caráter aparece ahí.

El profesor sabe que, aunque no tiene una respuesta clara de cómo afrontar el problema, tiene que actuar con el corazón y no con ira. Tiene que actuar sereno y firme. Debe tranquilizarse y convercerlos con razones y no con gritos, con inteligencia y no con prepotencia . Y sabe que esta es una nueva oportunidad para crecer y llegar a ser un día un hombre.

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