Acaba un ciclo más en la universidad. Días después, recibo la encuesta que llenan los alumnos calificando a sus docentes. Para mi sorpresa, veo que he recibido la calificación más baja en mis 4 años y medio como docente universitario. No es un promedio tan bajo (16.77), pero comparado con otros ciclos es inferior y por debajo del promedio general de la universidad (17.5). Veo que uno de los salones, en los que pensé ilusamente que había hecho un buen trabajo, me había calificado con 15.7. Sin embargo, en un salón donde no me hacía muchas esperanzas, tuve mi promedio más alto: poco más de 18. En ese momento me acordé de Blades: "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay dios". También me acordé de los tenistas, esos tenistas que llegan a estar entre los mejores del mundo, pero que -por diversos motivos- comienzan, con los años, a declinar en su carrera lentamente y nunca vuelven a recuperar su nivel. Recordé que hace un año, en mi caso, comenzó el "declive", sin embargo, en esta ocasión no pienso echarle la culpa los alumnos (sería lo más fácil), sino ver qué hacía antes que no estoy haciendo ahora o ver qué puedo perfeccionar. Me pregunto: ¿Será que he perdido la frescura como docente que tenía en mis inicios? ¿Será que he perdido la pasión inicial? ¿Será que reniego más y no estoy disfrutando? ¿Será que estos altibajos son parte normal de la carrera de un docente? La verdad no tengo una respuesta clara al respecto, pero sí que tengo 2 o 3 semanas para descansar, reponer energías y, sobre todo, ahondar en mi práctica docente para ver en qué puedo mejorar y mantener la pasión intacta. Al fin y al cabo, la carrera docente no es una carrera de velocidad, sino como la maratón, una de largo aliento.
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