
Hemingway, el gran narrador norteamericano, es un ejemplo perfecto del escritor que quiere perdurar a través de su obra. En los libros de éste se hace más palpable que en otros escritores esa lucha frontal contra lo efímero de la vida. Hemingway más que nadie sabía que un día iba a morir y que la única manera de dejar la estela de su paso por el mundo eran sus libros. Por esto se entregó en cuerpo y alma a este sacrificado oficio y dotó a su escritura de su original estilo y su inigualable talento. Seguramente antes de suicidarse, Hemingway sabía que ya había alcanzado su objetivo con creces.
Creo entonces que para la gente que escribe (entre ellos este humilde) la idea de que con la muerte se acaba todo nos produce, tal vez más que en otras personas, un pánico y un miedo visceral. Y así, el pensar que tras nuestra desaparición no quede nada de nosotros salvo polvo, nos produce tal rechazo que decidimos escribir para contar todo lo que llevamos dentro.
Escribir significa pues rebelarse contra la muerte; escribir es una manera de vengarse de nuestro inevitable destino; escribir, en suma, es como una victoria pírrica que de alguna u otra forma nos resarce en vida y nos permite creer que nuestra existencia no ha sido en vano. Por eso, el escritor escribe de su vida (sus experiencias, sus amores, sus sueños, sus fantasías, sus alegrías, sus tristezas, sus frustraciones, sus anhelos, sus miedos y todo lo que carga en el alma) y por eso, supongo, yo escribo este pequeño texto que ahora usted lee.
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