viernes, 20 de marzo de 2026

Seda

 

Seda (1996) es un famoso libro del escritor italiano Alessandro Baricco que ha tenido numerosas ediciones y traducciones. Es una novela breve, de estilo minimalista, compuesto de 65 pequeños capítulos de una a cinco caras. Además, es una suerte de fábula cuya historia aparentemente sencilla guarda una serie de ecos o resonancias metafóricas que el lector debe interpretar; en otras palabras, Seda posee significados implícitos más que explícitos, connotativos más que denotativos, simbólicos más que literales.

 

En Seda, Baricco cuenta la historia de Hervé Joncour, un joven francés, de mediados del siglo 19, que se dedica a comprar y vender gusanos de seda. Está casado con Hélene y no tienen hijos. Lavilledieau es el pequeño pueblo donde vive. Debido a una epidemia e incentivado por Baldabiou, una especie de guía o maestro, viaja al lejano Japón para obtener huevos de gusanos de seda y poder mantener su negocio.Tras un largo periplo, llega al país oriental y conoce a Hara Kei, el jefe de un pueblo, y una mujer que lo acompaña (cuyos "ojos no tenían sesgo oriental, y que se hallaban dirigidos, con una intensidad desconcertante, hacia él"). Luego de cumplir su propósito de comprar los huevos a Hara Kei, Hervé regresa a su pueblo natal, pero la imagen de aquella mujer se queda grabada para siempre en su memoria.

 

Como bien indica Baricco, esta no es solo una historia de amor, sino mucho más. Las interpretaciones pueden ser diversas. En mi opinión, aquí el elemento de la seda no es gratuito, ya que Hervé no se dedica a un oficio predecible (su padre que era alcalde del pueblo quería que su hijo fuese militar). Por el contrario, Hervé optará -aconsejado por Baldabiou- al negocio de la producción de seda, el cual se lo ve como "cosas de mujeres", pero a través del cual se volverá rico y ayudará a su comunidad a prosperar.

 

Por otro lado, en Seda hay una confrontación entre la cultura occidental (al cual pertenece Hervé) y la cultura oriental (vinculada a Japón). Hervé no solo queda impresionado con la mujer que acompaña a Hara Kei, sino también con la vida que lleva este (de contemplación en un lago, de pajareras con abundantes pájaros multicolores que a veces se liberan y regresan). No es casual que al final de la novela, Hervé se retire del negocio de la seda y construya un gran parque con un lago, en el cual medita, lo cual se asemeja a la vida que llevaba Hara Kei.    

 

Asimismo, es una novela de corte existencialista. Un ejemplo al respecto es el final: "Cuando la soledad le oprimía el corazón (a Hervé), subía hasta el cementerio para hablar con Hélene. El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de costumbres que conseguía preservarle de la infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida".   

 

Finalmente, la historia de amor que narra Baricco es la de un amor que nunca se plasma en la realidad, que solo acontece en los deseos, en la imaginación de Hervé. Sin embargo -y ahí está la vuelta de tuerca de la novela- el narrador muestra que muchas veces el verdadero amor no está lejos de uno (la mujer de Japón), sino al costado (su esposa Hélene). 

Esa es mi interpretación de Seda, pero como ya dije hay varias lecturas posibles.      

  

 

 

 

 

Reseña de Estampas mulatas (VIDEO)

 Aquí un video-reseña del libro de cuentos Estampas mulatas (1938), del escritor peruano José Diez Canseco:


lunes, 16 de marzo de 2026

Estampas mulatas

 

José Diez Canseco (1904-1949) es un escritor peruano conocido por su novela Duque (1934), una obra adelantada a su época que, con prosa vanguardista, retrata a la clase alta limeña. Duque es una obra de excesos bohemios y sensibilidad gay que se anticipa a la novela No se lo digas a nadie (1994), de Jaime Bayly, que generó escándalo cuando salió publicada. Es decir, Diez Canseco, 60 años antes que Bayly, ya había publicado una novela igual de perturbadora, pero con más talento literario.

 

Sin embargo, José Diez Canseco no solo retrató a la burguesía peruana, sino también a la clase criolla y mulata del país. Este es el caso de su libro de cuentos Estampas mulatas (1938) que busca representar, con un lenguaje rico y barroco, a los peruanos más humildes respecto a sus pasiones, rencillas y sueños. La edición que leí, publicada por Populibros, está compuesta de 8 relatos (aunque no está incluido su famoso relato "El gaviota" que es alabado por el escritor Jorge Eslava). En esta edición está el clásico "El trompo", pero también excelentes cuentos como "Cariño e´ley". "Jijuna" (que ganó un importante concurso en Buenos Aires), "Chicha, mar y bonito", "El velorio", "Don Salustiano Merino, notario", "Kilómetro 83", entre otros. Todos ellos tienen algo en común: siempre hay un desafío, una riña, una venganza de por medio. Por ejemplo, en "El trompo" el niño moreno Chupitos busca cobrar venganza y recuperar el trompo que ha perdido. En "Cariño e´ ley", el zambo Luna busca recuperar el amor de la china Gómez, a la que dejó por tonto. En "Chicha, mar y bonito", don Daniel, un maduro pescador de Huarmey, busca cobrarse venganza de su joven pupilo Apolinario, quien se ha metido con su mujer. En "Jijuna" ocurre algo similar, pero aquí el bandolero Santos Rivas, también de Huarmey, ha escuchado que un tal Ramón Santisteban está hablando mal de él, así que Santos -luego de tener un affaire con la joven hija de Santisteban- busca a este para probar su hombría. Finalmente, otro ejemplo es "Don Salustiano Merino, notario", un hombre mayor que se enamora de una muchacha, pero un joven ingeniero que llega al pueblo de Lunahuaná (Cañete, Lima) -para trabajar en una mina- se la arrebata y le hace pasar una dolorosa humillación cuando el notario lo encara. Es entonces que don Salustiano Merino buscará cobrarse la revancha. 

 

Hay que indicar que en todos estos relatos, a excepción de "El trompo", la figura de la mujer es fundamental, ya que es ella la que origina el conflicto entre los hombres, ya sean criollos o mulatos. José Diez Canseco, con una prosa que juega con el lenguaje, se vale de coloquialismos, abreviaciones de palabras y barroquismos, para plasmar ese bajo mundo de lealtades y traiciones.

 

Sin duda, José Diez Canseco es un autor imprescindible en la literatura peruana y merecería mayor difusión por parte de la crítica. Es cierto que su lectura no es fácil (me recordó por momentos al barroquismo de Alejo Carpentier), pero es un escritor potente y ambicioso que buscó retratar a la sociedad peruana en su amplia diversidad cultural. ¡Y vaya que lo consigue!   

jueves, 12 de marzo de 2026

Reseña de Los golpistas (VIDEO)

Aquí un video que hice sobre la reseña de la novela Los golpistas (2026), del escritor peruano Jaime Bayly:


 

lunes, 9 de marzo de 2026

Los golpistas

 

Los golpistas (2026) es la última novela del escritor peruano Jaime Bayly. Esta sigue la misma fórmula que aplicó para su anterior libro, Los genios, donde desacraliza o satiriza a los escritores Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. En Los golpistas, por su parte, la principal víctima es el golpista y exdictador venezolano Hugo Chávez, pero también el cubano Fidel Castro y los golpistas que quisieron derrocar en el 2002 al mismo Chávez. Asimismo, al igual que en Los genios, Bayly mezcla crónica periodística con ficción y sátira. 

Hay que indicar, primero, que Bayly ha mejorado en estas últimas dos novelas a diferencia de novelas anteriores como la esperpéntica y procaz El cojo y el loco. En Los golpistas, como en Los genios, se aprecia un uso más inteligente del humor y la sátira que sirven de contraste con la crónica de los hechos sobre la vida del dictador venezolano Hugo Chávez antes de llegar al poder en 1998. Esto hace recordar a novelas más logradas de Bayly como Los últimos días de La Prensa y De repente, un ángel

En segundo lugar, en Los golpistas Bayly logra su propósito, que es satirizar o burlarse del golpista Chávez y otros personajes políticos envanecidos de gloria y poder, como los generales que derrocan a Chávez por unos días en abril del 2002; sin embargo, su torpeza y su apetito de poder impiden que el golpe se consuma totalmente, lo que hace que Chávez regrese a su cargo de presidente.

En tercer lugar, Bayly hace empleo de una prosa correcta y funcional. Además, gran parte de la novela es una crónica periodística de los hechos ocurridos en el golpe del 2002 a Hugo Chávez, alternados con la vida de este; no obstante, la ficción se inmiscuye en muchos de los diálogos entre los generales conspiradores y de Chávez con Fidel Castro y sus adversarios. Es decir, Los golpistas busca desentrañar por qué fracasó el golpe a Chávez y, a su vez, explicar cómo este llegó al poder

Finalmente, esta novela no busca ser objetiva, sino satirizar a Chávez y los demás golpistas. En ese sentido, Bayly logra su objetivo y, sobre todo en las últimas 50 páginas, ese rechazo a la figura del dictador Chávez se hace más patente, lo cual no es negativo. Quizá faltó más momentos de sátira, tal como en Los genios, pues en varios tramos Los golpistas más parecía una crónica periodística con tintes de ficción. Pese a ese reparo, cuando Bayly hace empleo de la sátira lo hace con inteligencia.

martes, 24 de febrero de 2026

Diario de un profesor (104)

El ciclo pasado me tocó, en un aula, una estudiante complicada. Al final, pude salir airoso del desafío, pero vaya que me costó sacar adelante la situación. Ya en la primera clase todo empezó mal. Estaba yo explicando el sílabo del curso y había una alumna que hablaba todo el rato, como si no hubiese profesor en el aula. Le llamé la atención educadamente, y la señorita me miró con mala cara, pero acató mi pedido. Sin embargo, al final de la clase, cuando se retiraba del aula, la alumna tiró la puerta y salió. Minutos más tarde, al verla en el pasillo, la llamé y le pedí explicaciones por su conducta. Ella me dijo que no se había percatado de su mal proceder (sin embargo, todo el salón había sido testigo). Calmado, le dije que esperaba de corazón que no lo haya hecho a propósito y le pedí que se comportara como una joven educada. 

En las siguientes clases, la noté más tranquila, pero por momentos hablaba en clase con dos compañeras que ya conocía o paraba mirando su celular. De vez en cuando había que pedirle que guardara silencio, pero nada serio. Una vez una alumna, al final de la clase, se acercó para quejarse de la bulla que hacían las 3 estudiantes. Yo aproveché para trasmitirles a ellas tres la queja de la estudiante y les pedí que se moderaran. Ellas me escucharon risueñas.

De las tres amigas, la estudiante que tiró la puerta era la más flojita. Mientras las otras dos participaban en clase y hacían preguntas, la otra básicamente miraba su celular. Le llamé la atención un par de veces, pero al rato volvía a lo mismo. Intenté lo mismo cambiándola de sitio, pero se las ingeniaba para volver a su asiento original. Cuando llegó el examen parcial, ocurrió lo que preveía: la alumna sacó 09. Sin embargo, sus trabajos grupales la mantenían a flote (ya que sus compañeras tenían interés en aprobar). Pensé, ingenuamente, que en la segunda etapa del curso, la alumna iba a cambiar su actitud. Pero no fue así. Pese a que ya no conversaba mucho, paraba toda la clase mirando su celular. Decidí no renegar y hacerme de la vista gorda. Total, al final ella solita se perjudicaba e iba a jalar. Recuerdo, incluso, que hubo una clase, mientras hacía un ejercicio, que la señorita me dijo: "Profesor, yo lo quiero". Yo la miré incrédulo y le dije "gracias, pero más que palabras, demuéstremelo estudiando y sacando buenas notas". Ella me miró sorprendida.

No obstante, en otra clase, llegó tarde y se sentó en su pupitre. Luego, buscando llamar la atención, levantó su cartuchera y botó todos sus objetos sobre la carpeta provocando un gran estruendo. Ahí fue que perdí la paciencia y le pedí que se retirara del salón. Sin embargo, ella se negó. Yo detuve la clase por unos minutos, le dije que no me gustaba su actitud y que siempre paraba con su celular. Pese a eso, la alumna no quiso salir, pero pidió disculpas por su comportamiento.

En las semanas finales del ciclo, hubo clases que faltó y la verdad no la extrañé. Pero pese a todo, tenía claro que debía mantener el respeto hacia ella, pues, total, era una adolescente que estaba en proceso de madurez y yo era el adulto que debía mantener la calma y la sensatez. Por todo lo anterior, pensé que desaprobaría en su examen final, sin embargo, para mi sorpresa, la alumna sí estudió (por su cuenta o con sus amigas) y obtuvo un 14 en el examen final que le permitió aprobar el curso con 12.

Cuando acabó el ciclo, pude respirar tranquilo. Sin duda, la señorita me había sacado algunas canas verdes. Pese a eso, no le guardo recelo, simplemente espero que en un futuro llegue a madurar, así como lo hice yo cuando tenía su edad, y se convierta en una persona de bien. Seguramente, ella en un futuro no muy lejano tendrá que tener una paciencia infinita con sus hijos o con personas de su entorno, así como yo la tuve con ella (y mis padres y profesores la tuvieron conmigo). Es la ley de la vida. No hay que tomárselo personal.

Diario de un profesor (103)

Antes trataba de memorizarme los nombres de todos los alumnos de mi aula (como lo hacían mis antiguos profesores de colegio). Era una forma de que los estudiantes se sientan importantes y reconocidos. Sin embargo, desde el ciclo pasado, he decidido ya no hacerlo. En primer lugar, era una tarea extra y muchas veces noté que había alumnos que incluso se molestaban si no aprendías su nombre o te confundías (y ellos ni siquiera sabían cómo te llamabas). En segundo lugar, el aprender sus nombres no se reflejaba en una mejora en las encuestas de satisfacción docente que llenaban. Por el contrario, mis promedios eran más bajos cada año. Tercero, con la edad, mi memoria no es la misma y me cuesta cada vez más memorizarme los nombres de 150 alumnos en promedio (dicto 4 aulas por ciclo y cada una tiene de 35 a 40 estudiantes). Finalmente, recordé que varios de mis grandes profesores nunca me llamaron por mi nombre, lo que sí palpé es que te miraban con afecto (como si tuvieran una fe ciega en ti) y enseñaban con pasión, es decir, dando la vida.