lunes, 17 de agosto de 2026

Diario de un profesor (107)

El ciclo universitario coincidió con el Mundial de Fútbol 2026. Una semana antes de la inauguración recordé que ya empezaba dicho evento. Yo que enseño a muchachos recién salidos de colegio (17 a 19 años), me pregunté cómo afrontar esta peculiar situación: ser flexible o ser rígido. Recordé que a la edad de ellos, yo aún sentía pasión por el fútbol y, vamos, un partido entre Francia-Argentina es más trascendente que una clase de un curso universitario. Recordé también que en mi colegio, para la inauguración del mundial USA 1994, los curas agustinos nos permitieron ver la inauguración y el primer partido del mundial entre Alemania y Bolivia. Bajo esas experiencias, me prometí ser flexible y que los alumnos me recuerden con apertura de mente. Asimismo, un amigo, al comentarle lo que venía, me contó de una profesora que tuvo en la universidad que les dejaba ver los partidos del mundial los primeros 15 minutos de clase.

El día del inicio del mundial, el partido inaugural, en el cual jugaba México (uno de los anfitriones del mundial junto con USA y Canadá), decidí seguir el ejemplo de la profesora que tuvo mi amigo. Es decir, dejé a mi clase de las 2 de la tarde ver el partido por el proyector del aula (conectado a través de internet) durante la primera media hora. Observamos en ese lapso el primer gol de México, quien terminaría ganando el partido a Sudáfrica 2 a 0. Un alumno que llegó ya iniciado el encuentro se sorprendió de la situación, tomó una foto y la compartió, me imagino, a un amigo. Para mi sorpresa, los estudiantes se comportaron bien y observaron tranquilos la primera media hora del partido. Luego retomamos la clase.

Las siguientes semanas no tuve percances por el tema del mundial. Les  pedí, eso sí, que en caso desearan ver un partido importante, yo prefería que faltaran a la clase (ellos podían hacer uso de su límite de inasistencias que es de 25%). Incluso, un par de veces, en plena evaluación, ante la pregunta de algún estudiante, les dije el marcador de un encuentro disputado en ese momento. Asimismo, recuerdo haber conversado brevemente de fútbol con unos cuantos alumnos, preguntándoles quiénes eran sus favoritos para ganar la copa. En suma, fue una buena experiencia dictar en medio de la euforia de un mundial.  

El partido de tenis


Hace tres años y ocho meses que comencé a practicar tenis. Es decir, recién en mis cuarentas me inicié en este hermoso deporte. Mi primer profesor fue Jorge Bustamante (que cuenta conoció y practicó con los mejores tenistas peruanos de los años 90s) y me enseñó durante 1 año, una o dos veces por semana, la técnica básica. Según yo, era un alumno aprovechado que poseía talento. Por eso, a  los tres meses de practicar, participé en un torneo que organizó el profesor Jorge en su academia. Sin embargo, perdí con un hombre de unos 60 años por 6-0 y 6-1. Ese día supe que la experiencia pesaba y mucho. Decidí continuar practicando con humildad, pero ya al segundo año, junto con un amigo, comenzamos a recibir clases de dobles con el profesor Jorge. Y a partir del tercer año, por motivos económicos, ya jugábamos de manera libre alquilando la cancha. En otras palabras, mi amigo y yo practicábamos ahora tenis sin orientación de un docente. Luego, casi acabando el tercer año, por una discusión de mi amigo con el profesor Jorge (por una vieja raqueta que este le prestaba a aquel) tuvimos que mudarnos a jugar a otro lugar cercano. Este era un complejo grande de la municipalidad de Surco con canchas en mejor estado y el alquiler era más económico. Jugábamos los viernes o sábados durante 1 hora (50 minutos efectivos). Fue en marzo del 2026, que vi que se iba a celebrar un torneo en dicho complejo en el mes de abril y decidí participar. Con mi amigo, comenzamos a practicar dos horas para llegar mejor preparados, ya que yo iba a participar en singles en la categoría más baja (5ta B) y también en dobles (categoría mayores de 40 años) junto con él. Mi primer partido lo gané por 6-2 y 6-3 a un joven en sus treintas. Fue un encuentro más disputado de lo que refleja el resultado y, bajo un sol intenso, se definió a mi favor por un par de quiebres míos gracias a errores de mi rival. Feliz por mi triunfo me imaginé ya levantando la copa; sin embargo, en el siguiente partido, un hombre cincuentón y rollizo, me doblegó por 6-0 a 6-1. Poseía un saque con efecto y sus tiros eran bajos y potentes. Esto me desubicó, además de que ese día tuve muchos saques erráticos y débiles. Por su parte, en dobles, como no habíamos practicado en esta modalidad hacía tiempo (solo lo hacíamos en singles), nos ganaron con facilidad 6-0 y 6-1. Nuevamente, me percaté de que la experiencia primaba sobre los bisoños tenistas. Había que ganar kilometraje, pensé. 

En los siguientes meses, seguí practicando con mi amigo, ya con la mentalidad de participar en el próximo torneo y mejorar mi desempeño anterior. En julio, para mi sorpresa, vi que en agosto se iba a realizar el segundo torneo del año. Me emocioné con la idea  y me inscribí solo en individuales en la categoría 5ta B. Debo agregar que siempre practico con mi amigo, y aunque él ha mejorado bastante en el último año, yo siempre le gano con facilidad, salvo días excepcionales. 

Pues bueno, tres días antes del torneo recibí el fixture con el cuadro de participantes. Vi el nombre de mi rival y el día y hora del partido: 15 de agosto a las 10 y 30 a.m. Tres días antes tuve mi último entrenamiento y el día anterior fui al gimnasio para ejercitarme. El día del partido, sábado, llegué al complejo deportivo 15 minutos antes. El clima estaba templado. Cuando llegué a la cancha que me tocaba jugar, la número 2, dejé mis implementos en la pequeña tribuna de cemento y me percaté de que un niño pequeño, de unos 12 años, colorado, pecoso, ojitos claros, calentaba sus brazos con una ligas especiales. Al costado un señor maduro, su padre seguramente, le daba algunas indicaciones. Era mi rival. Le pregunté al joven que iba a ser el árbitro, si podían jugar menores de edad. Me contestó que al ser una categoría libre, no había límites con la edad. Ya en el calentamiento, noté de inmediato la calidad del niño y supe que no podía subestimarlo (seguramente era de esos niños que pertenecen a un club o a la federación y son de los mejores en su categoría). Y efectivamente, en el partido, el niño me dio una paliza. Yo fallaba con mis revés y él, que era zurdo, me lanzaba tiros que no podía alcanzar. Más aún, el niño que ganaba con facilidad lanzaba gritos al golpear la pelota y celebraba con estruendo con un "¡Vamos!" o "¡Ehhh!". Y cuando se equivocaba, también exteriorizaba su cólera o enfado. Yo, por el contrario, como adulto, trataba de mantener la calma y estaba silencioso, salvo un par de veces en que intenté imitar al niño (sin éxito). Hubo dos ocasiones en que pude quebrarle el saque, pero erré en el último tiro y no pude concretar. En los dos últimos games, al ver la derrota inminente, traté de arriesgar pero no pude finiquitar. Hice saque y red, y salvo un par de puntos a mi favor bien hechos, perdí el último juego. El niño celebró con un grito jubiloso. Lleno de sudor, me acerqué a la red lentamente, miré al pequeño con una sonrisa, estiré mi mano y lo felicité. Resultado final: 6-0 y 6-0.  

 

Posdata: al día siguiente, acudí al Complejo a  presenciar al niño jugar con el rival de la siguiente ronda. Este era un joven en sus treintas. El score fue 6-0 y 6-1 a favor del niño.   

Foto: Tomada de elDiario.es.    

viernes, 14 de agosto de 2026

Delatora

 

Delatora (2019) es una novela de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, nacida en Nueva York en 1938. Oates es conocida por sus historias de mujeres donde la figura de lo sórdido siempre aparece. En esta novela, la protagonista es una niña blanca, de 12 años, de nombre Violet, quien delata a sus dos hermanos mayores por haber asesinado con un bate de béisbol a un jovencito de 17 años de raza negra. A partir de ser testigo del hecho que los incrimina (Violet ve a sus hermanos, una noche, totalmente alterados, limpiar de sangre el bate de béisbol con el que mataron al joven afroamericano y planear el entierro del arma), Violet pierde su inocencia y su vida se altera completamente cuando confiesa a la policía la culpabilidad de sus hermanos. Luego pasa por una series de hechos fuertes y traumáticos: sus padres no quieren volver a verla y se rehúsan a responder sus cartas; se va a vivir a la casa de una tía suya (ahí, al crecer, vería las insinuaciones lujuriosas del esposo de la tía); en la escuela el profesor de Matemáticas termina, durante varios meses, dopándola, abusando de ella y tomándole fotos semidesnuda (aunque ella no recuerda cómo). Después, termina yendo a otra ciudad más alejada y mientras estudia becada en una universidad estatal, trabaja para costear sus gastos. Como limpiadora de casas, conoce a un hombre maduro y apuesto con el que entabla una relación amorosa. Sin embargo, el hombre machista termina maltratándola debido a sus celos y ella decide huir. Y así continúa la historia: una serie de sucesos, en un lapso de 13 años, en los cuales la protagonista va cambiando y tiene que enfrentarse a la salida de la prisión de uno de sus hermanos (el mayor fallece en la cárcel). 

Personalmente, la primera parte de la novela de Oates no me gustó mucho. La prosa no me parecía muy buena (al menos la traducción al español); el estilo me parecía algo desprolijo; la trama era entretenida, pero nada más. Sin embargo, en la segunda mitad, la novela me comenzó a enganchar; empecé a identificarme con la protagonista; sentí que la autora había creado un personaje potente que, incluso, se podría plasmar en una película interesante. Asimismo, me percaté de un trabajo con la técnica, ya que usaba en varios capítulos la segunda persona y los intercalaba con la tercera y primera. El final me gustó y me dejó una buena impresión.

En suma, Delatora de Joyce Carol Oates no es una gran novela (toca temas como el racismo y la misoginia de manera un poco superficial). No obstante, la protagonista y su historia nos termina por conmover como lectores. Usando la metáfora del boxeo (que la gusta a Oates), la novela no gana por KO, pero sí por puntos. 

 

sábado, 8 de agosto de 2026

Diario de un profesor (106)

El alumno D me saluda siempre al iniciar y terminar las clases. El alumno D es educado conmigo y en su rostro atisbo un gesto de agradecimiento a mi clase y a mi esfuerzo. El alumno D tiene notas regulares, aunque en el segundo examen ha mejorado su rendimiento y ha obtenido 16. Sin embargo, en el tercer y último examen no sale bien. Termina confundiendo un concepto y, lamentablemente, no redacta el texto requerido y obtiene 10 de nota. 

Con pesar, debo informarle a D sobre su calificación. Aunque ya aprobó el curso, se acerca fastidiado a mí y me dice que merece más nota. Reviso nuevamente su prueba, pero al ver que no respondió a lo que se pidió, considero injusto colocarle un 11 salvador. Mi conciencia me dice que solo porque me cae bien, no puedo ponerle una nota que siento no se merece (en esta ocasión). Por tanto, le digo a D que no puedo acceder a su pedido, pero le doy la opción de presentar un reclamo sobre su nota, y así otros profesores del curso podrán revisar su examen y considerar si merece una calificación mayor. Se niega y me dice que todo depende de mí. Le señalo, finalmente, que yo no puedo hacer nada, y se marcha enfadado.

Unos quince minutos más tarde, ya en el transcurso de la clase, cambio de lugar a una alumna que conversa con otra e interfiere con el dictado. En ese momento, veo el semblante de D moviendo la cabeza con gesto de reprobación ante mi decisión. Al final de la sesión, se va sin despedirse. En la última clase del ciclo, D realiza su exposición final junto con su grupo. Hace una exposición regular y por debajo del mínimo tiempo requerido. No se lo ve con ganas y su rostro es apático. Ese último día, no me saluda ni al inicio ni al final de clases y se marcha raudo. 

Pienso: no es la primera vez que me pasa algo así. Hay alumnos que se toman de modo personal las notas. Unos que creen que uno desaprueba porque el alumno no les cae y otros que piensan que el profesor está en la obligación de aprobar porque sí. No es verdad eso: el docente, al menos yo, coloco la nota que el estudiante se merece (aunque me pueda equivocar). Es decir, le coloco la nota justa dejando de lado si el alumno ha mostrado una buena o mala actitud a lo largo del ciclo.  

viernes, 31 de julio de 2026

Diario de un profesor (105)

Hace una semana terminó un nuevo ciclo en la universidad. Acabo hoy de ver los resultados de la encuesta que llenan los alumnos. Nuevamente, mi resultado está por debajo del promedio de mi institución por 0.64%. Es decir, pese a que llevé dos talleres de clown con el fin de mejorar mi rendimiento docente, esto no repercutió en la percepción de los estudiantes. Debo agregar que este descenso en mi promedio ya viene de dos años atrás y contrasta claramente con mis primeros tres años, en los cuales tuve resultados más que satisfactorios. 

¿Qué hacer entonces? ¿Quejarme de los alumnos? Sería lo más fácil, pero no lo mejor. Culparlos a ellos no sería lo adecuado. Por el contrario, lo maduro es asumir mi responsabilidad y ver, a partir de sus comentarios, en qué puedo mejorar. Viendo los resultados de las encuestas, observo que en dos aulas salí bien; sin embargo, en otra salí regular-mal. Pensando en eso, sabía que en aquella aula iba a tener mi promedio más bajo, pero no me esperé que tuviera menos de 16. Entre los criterios de calificación, mis puntos más débiles son "Innovación y recursos" (menos de 15),  "Evaluación y acompañamiento" (15.44) y "Compromiso y liderazgo" (15.12). En mis otros salones, por su parte, tengo buenos promedios en los últimos dos criterios, menos en "Innovación y recursos" donde tengo mi porcentaje más bajo. Reflexionando, es verdad que en "Innovación y recursos" mis clases no salen de lo tradicional y podría mejorar en actualizarme en esto. Con respecto a los otros dos criterios, veo entre los comentarios de mi salón más bajo (que, por cierto, tuvo las notas más altas) que soy "malo calificando" o "Califica mal, siempre dice ´es que yo siento que está mal´, en vez de seguir la rúbrica". Otro señala lo siguiente: "Buen profesor pero creo que siempre está ocupado, lo cual influye en cómo nos enseña". También encuentro, entre los comentarios críticos, que "no tiene comprensión de situaciones, parece que hablas con un niño en esas situaciones". O "al momento de corregir no ayuda a resolver las dudas y no sabe qué decir cuando le dicen cómo mejoro". Además, "un aspecto a mejorar sería la relación con los estudiantes, en ocasiones no ha sido agradable". Finalmente, leo: "Considero que en caso un alumno tiene un problema con alguna tarea del curso, en cuanto a su resolución, el docente debería darle todo el apoyo que pueda, incluyendo palabras de aliento, sin expresar que ya no se puede hacer nada, no hay solución".

Sobre lo anterior, no voy a justificarme. Solo tomaré nota y, si me equivoqué, trataré de mejorar en lo que pueda, sin llegar a ser concesivo en todo y perder la autoridad necesaria. Termino mencionando que también hay bonitos comentarios de alumnos que valoran mi esfuerzo. Me quedo con tres: "Buen profesor y me agrada su forma de llegar a los estudiantes"; "es un profesor con paciencia que se esmera en hacer bien su trabajo, transmite buena vibra y motiva"; y "es un docente muy amable y dispuesto a ayudar con las dudas que surjan"... A seguir mejorando con paciencia y humildad. 

jueves, 30 de julio de 2026

Libros leídos

 En estos casi 4 meses, pude leer los siguientes libros: 

1.-Tarea incompleta. Una memoria 1938-2023, de Pedro Pablo Kuczynski. Aquí el expresidente peruano nos cuenta su vida desde su nacimiento hasta su fallido periodo presidencial (2016-2018), que terminó con él renunciando y luego en prisión domiciliaria. Es interesante este libro porque permite ver la perspectiva del político, que muchas veces no es el que muestran los medios de comunicación. Además, esta autobiografía lo humaniza y lo muestra, con sus defectos y errores, como una persona con vocación de servicio y amor a su país. Finalmente, Kuczynski culpa a Keiko Fujimori, a Vizcarra y a la empresa brasileña Odebrecht de su desventura.   

 

2.-Mariposas y murciélagos (2022), del peruano Julio Villanueva Chang. Este es un libro de crónicas del fundador de la revista Etiqueta negra. Cabe indicar que la mayoría de estas crónicas aparecieron a fines de los años 90s en el diario El Comercio y formaron parte de la primera edición de este libro en 1999. Sin embargo, me pareció un libro irregular cuyo valor es mostrar o anticipar el estilo de crónicas que se escribirían en la revista Etiqueta negra. Fuera de ello, existen mejores libros de crónicas como los de Juan Manuel Robles, Daniel Titinguer y Gabriela Wiener.

 

3.-Del boxeo (1987), de Joyce Carol Oates. Este es un ensayo literario sobre el boxeo de la escritora norteamericana Oates (1938), que se apasionó por este deporte gracias a su padre. En este libro de poco más de cien páginas, Oates reflexiona con ojo exhaustivo y literario sobre este controversial deporte. Además, hace un repaso por los boxeadores claves de la historia (Ali, Marciano, Marvin Hagler, Durán, Holmes, Sugar Ray Robinson, Sugar Ray Leonard, Dempsey, entre otros) y nos muestra la complejidad y riqueza de esta profesión que tiene tantos fanáticos como detractores. Finalmente, Oates muestra la gran carga simbólica de este deporte y permite, por un momento, penetrar en la mente de estos gladiadores modernos dentro de un cuadrilátero.  


 

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

Reseña de Flores amarillas, de Raúl Tola (VIDEO)

 Aquí un video-reseña de la novela Flores amarillas (2013), del escritor y periodista peruano Raúl Tola:

 https://www.youtube.com/watch?v=GGfRYmBooPc