El ciclo pasado me tocó, en un aula, una estudiante complicada. Al final, pude salir airoso del desafío, pero vaya que me costó sacar adelante la situación. Ya en la primera clase todo empezó mal. Estaba yo explicando el sílabo del curso y había una alumna que hablaba todo el rato, como si no hubiese profesor en el aula. Le llamé la atención educadamente, y la señorita me miró con mala cara, pero acató mi pedido. Sin embargo, al final de la clase, cuando se retiraba del aula, la alumna tiró la puerta y salió. Minutos más tarde, al verla en el pasillo, la llamé y le pedí explicaciones por su conducta. Ella me dijo que no se había percatado de su mal proceder (sin embargo, todo el salón había sido testigo). Calmado, le dije que esperaba de corazón que no lo haya hecho a propósito y le pedí que se comportara como una joven educada.
En las siguientes clases, la noté más tranquila, pero por momentos hablaba en clase con dos compañeras que ya conocía o paraba mirando su celular. De vez en cuando había que pedirle que guardara silencio, pero nada serio. Una vez una alumna, al final de la clase, se acercó para quejarse de la bulla que hacían las 3 estudiantes. Yo aproveché para trasmitirles a ellas tres la queja de la estudiante y les pedí que se moderaran. Ellas me escucharon risueñas.
De las tres amigas, la estudiante que tiró la puerta era la más flojita. Mientras las otras dos participaban en clase y hacían preguntas, la otra básicamente miraba su celular. Le llamé la atención un par de veces, pero al rato volvía a lo mismo. Intenté lo mismo cambiándola de sitio, pero se las ingeniaba para volver a su asiento original. Cuando llegó el examen parcial, ocurrió lo que preveía: la alumna sacó 09. Sin embargo, sus trabajos grupales la mantenían a flote (ya que sus compañeras tenían interés en aprobar). Pensé, ingenuamente, que en la segunda etapa del curso, la alumna iba a cambiar su actitud. Pero no fue así. Pese a que ya no conversaba mucho, paraba toda la clase mirando su celular. Decidí no renegar y hacerme de la vista gorda. Total, al final ella solita se perjudicaba e iba a jalar. Recuerdo, incluso, que hubo una clase, mientras hacía un ejercicio, que la señorita me dijo: "Profesor, yo lo quiero". Yo la miré incrédulo y le dije "gracias, pero más que palabras, demuéstremelo estudiando y sacando buenas notas". Ella me miró sorprendida.
No obstante, en otra clase, llegó tarde y se sentó en su pupitre. Luego, buscando llamar la atención, levantó su cartuchera y botó todos sus objetos sobre la carpeta provocando un gran estruendo. Ahí fue que perdí la paciencia y le pedí que se retirara del salón. Sin embargo, ella se negó. Yo detuve la clase por unos minutos, le dije que no me gustaba su actitud y que siempre paraba con su celular. Pese a eso, la alumna no quiso salir, pero pidió disculpas por su comportamiento.
En las semanas finales del ciclo, hubo clases que faltó y la verdad no la extrañé. Pero pese a todo, tenía claro que debía mantener el respeto hacia ella, pues, total, era una adolescente que estaba en proceso de madurez y yo era el adulto que debía mantener la calma y la sensatez. Por todo lo anterior, pensé que desaprobaría en su examen final, sin embargo, para mi sorpresa, la alumna sí estudió (por su cuenta o con sus amigas) y obtuvo un 14 en el examen final que le permitió aprobar el curso con 12.
Cuando acabó el ciclo, pude respirar tranquilo. Sin duda, la señorita me había sacado algunas canas verdes. Pese a eso, no le guardo recelo, simplemente espero que en un futuro llegue a madurar, así como lo hice yo cuando tenía su edad, y se convierta en una persona de bien. Seguramente, ella en un futuro no muy lejano tendrá que tener una paciencia infinita con sus hijos o con personas de su entorno, así como yo la tuve con ella (y mis padres y profesores la tuvieron conmigo). Es la ley de la vida. No hay que tomárselo personal.


