martes, 24 de febrero de 2026

Diario de un profesor (103)

Antes trataba de memorizarme los nombres de todos los alumnos de mi aula (como lo hacían mis antiguos profesores de colegio). Era una forma de que los estudiantes se sientan importantes y reconocidos. Sin embargo, desde el ciclo pasado, he decidido ya no hacerlo. En primer lugar, era una tarea extra y muchas veces noté que había alumnos que incluso se molestaban si no aprendías su nombre o te confundías (y ellos ni siquiera sabían cómo te llamabas). En segundo lugar, el aprender sus nombres no se reflejaba en una mejora en las encuestas de satisfacción docente que llenaban. Por el contrario, mis promedios eran más bajos cada año. Tercero, con la edad, mi memoria no es la misma y me cuesta cada vez más memorizarme los nombres de 150 alumnos en promedio (dicto 4 aulas por ciclo y cada una tiene de 35 a 40 estudiantes). Finalmente, recordé que varios de mis grandes profesores nunca me llamaron por mi nombre, lo que sí palpé es que te miraban con afecto (como si tuvieran una fe ciega en ti) y enseñaban con pasión, es decir, dando la vida. 

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