jueves, 18 de junio de 2015
Diario de un profesor (15)
Me dedico a la docencia, pero nunca me olvido que entre los 13 y los 22
años fui un VAGO que no estudiaba nada y que pasaba con notas mediocres.
Recién a los 23 me volvieron las ganas de estudiar y recuperar el
tiempo perdido. Por eso ahora, cuando me topo con un alumno flojo, me
veo reflejado en él y pienso que nunca es tarde para enmendar el rumbo!
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miércoles, 17 de junio de 2015
House of cards
Llegué a la serie "House of cards" de Netflix porque me la recomendó mi hermano y escuché a la periodista Rosa María Palacios decir que la veía. Además su protagonista era Kevin Spacey, el que protagonizó y ganó el Oscar a mejor actor por Belleza americana, allá por el año 2000.
Viéndola noté que la coprotagónica era la guapa Robin Wright, conocida por ser Jeny en Forrest Gump. Asimismo, el director de las primeros capítulos era David Fincher, también productor, quien dirigió Red social en el 2010. Con todos estos antecedentes, la serie prometía y vaya que cumplió con las expectativas.
La trama gira en torno al congresista demócrata estadounidense Francis Underwood, quien apoyado por su esposa Claire, quiere llegar a la Presidencia a como de lugar. En la primera temporada (actualmente ya culminó la tercera y se ha anunciado la cuarta para el 2016) vemos como el inescrupuloso y experto manipulador Underwood -magistralmente interpretado por Spacey- va creando intrigas para deshacerse de sus rivales y llegar a escalar. Primero como vicepresidente y más tarde, en la segunda temporada, como Presidente. El papel de su esposa Claire -también excelentemente representada por la guapísima Robin Wright- es vital para que aquel cumpla sus propósitos, ya que al igual que él están hechos con la misma arcilla: ambiciosos, brillantes, carismáticos, excelentes mentirosos. Ese cigarillo que se fuman juntos al final de la jornada, en su hogar, representa muy bien el equipo que son. Aunque en la tercera temporada, ya él como Presidente, la relación se resquebrajará vertiginosamente y ella terminará abandonándolo.
Lo interesante de House of Cards, además de sus brillantes actuaciones (hasta los papeles secundarios están muy bien interpretados, es el caso de Doug Stamper, brazo derecho de Underwood; Zoe Barnes, reportera del Washington Herald; Remi, un abogado lobista, etc.), es que refleja los entretelones de la política, el juego de intrigas y manipulaciones que se esconde tras los bastidores del poder. Claro, hay un poco de aderezamiento, de exageración. Por ejemplo, que Underwood asesine a dos o tres de sus rivales políticos para así llegar a la Presidencia. Pero aún así, la serie es brillante, sobre todo las dos primeras temporadas que culminan con la llegada a la presidencia de Underwood. La tercera temporada no es tan buena, pero no deja de ser interesante. Hay capítulos algo densos sobre conflictos internacionales, pero con todo eso House of Cards es una muy buena serie que vale la pena ser vista.
Viéndola noté que la coprotagónica era la guapa Robin Wright, conocida por ser Jeny en Forrest Gump. Asimismo, el director de las primeros capítulos era David Fincher, también productor, quien dirigió Red social en el 2010. Con todos estos antecedentes, la serie prometía y vaya que cumplió con las expectativas.
La trama gira en torno al congresista demócrata estadounidense Francis Underwood, quien apoyado por su esposa Claire, quiere llegar a la Presidencia a como de lugar. En la primera temporada (actualmente ya culminó la tercera y se ha anunciado la cuarta para el 2016) vemos como el inescrupuloso y experto manipulador Underwood -magistralmente interpretado por Spacey- va creando intrigas para deshacerse de sus rivales y llegar a escalar. Primero como vicepresidente y más tarde, en la segunda temporada, como Presidente. El papel de su esposa Claire -también excelentemente representada por la guapísima Robin Wright- es vital para que aquel cumpla sus propósitos, ya que al igual que él están hechos con la misma arcilla: ambiciosos, brillantes, carismáticos, excelentes mentirosos. Ese cigarillo que se fuman juntos al final de la jornada, en su hogar, representa muy bien el equipo que son. Aunque en la tercera temporada, ya él como Presidente, la relación se resquebrajará vertiginosamente y ella terminará abandonándolo.
Lo interesante de House of Cards, además de sus brillantes actuaciones (hasta los papeles secundarios están muy bien interpretados, es el caso de Doug Stamper, brazo derecho de Underwood; Zoe Barnes, reportera del Washington Herald; Remi, un abogado lobista, etc.), es que refleja los entretelones de la política, el juego de intrigas y manipulaciones que se esconde tras los bastidores del poder. Claro, hay un poco de aderezamiento, de exageración. Por ejemplo, que Underwood asesine a dos o tres de sus rivales políticos para así llegar a la Presidencia. Pero aún así, la serie es brillante, sobre todo las dos primeras temporadas que culminan con la llegada a la presidencia de Underwood. La tercera temporada no es tan buena, pero no deja de ser interesante. Hay capítulos algo densos sobre conflictos internacionales, pero con todo eso House of Cards es una muy buena serie que vale la pena ser vista.
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domingo, 14 de junio de 2015
Mi corbata (Manuel Beingolea)
Me la regaló Marta, una provinciana a quien seduje con mi aplomo y mis modales
de limeño. Estaba hecha de un retazo de seda rosa, oriundo quizá, de algún
vestido en receso, y sobre ella la donante había bordado con puntadas gordas e
ingenuas multitud de florecillas azules, que no pude reconocer si eran
miosotis. Me la envió encerrada en una caja de jabón Windsor, que olía muy
bien.
- Tengo ya compromiso, caballero.
Yo me senté a su lado sin saber que decirle al pronto. Me concreté a olerla. Y que bien olía. ¡Voto al chápiro! ¡Qué pobre me pareció Marta con su jabón de Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y palpitante se escapaban oleadas que me desvanecían. Indudablemente la dicha debía oler a eso. Empezaba a dirigirle la palabra, cuando un joven se acercó, le dio el brazo y desapareció dejándome lelo. Entonces me juzgué en la obligación de sacar a una esbelta rubia que mordía nerviosamente el extremo de su abanico. Mirome de hito en hito y me dijo secamente: “Estoy cansada”. Luego creí oportuno dirigirme a otra señorita, la cual me dijo con marcado desdén, lo mismo. Volví a la carga con otra que también me despachó fulminándome con una mirada despreciativa. Recorrí las restantes, a las que acababan de bailar y a las que no habían bailado aún y todas me petrificaban con aquel terrible y descortés: “Estoy cansada”. ¡Y lo mejor es que salían con el primero que se les presentaba! Empecé a amoscarme. Me pareció notar que algo chocarrero, existente en mí, me hacía acreedor al desprecio. Entonces sin saber qué partido tomar, rogué a un joven que discurría por allí, y que me infundió confianza (hay rostros así que infunden confianza), que me explicara el caso. Mirome con impertinencia y me dijo: “Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que puede usted hacer es largarse joven”. ¡Corbata imposible! Y me fijé en la de él. En efecto, era una hermosa corbata color de vino, hecha de mano maestra, atravesada por un alfiler de oro.
Salí avergonzado, sin despedirme. ¿De quién me iba a despedir? Tal como había entrado. Nunca he comprendido por qué me invitaron a aquella casa. Quizá por equivocación.
Como es de suponerse, la sangre me hervía. Hubiera deseado aporrear, abofetear, pisotear a alguien. Maquinaba venganza terrible contra la para mí desconocida señora Bocardo. Hubiera deseado decirla: “Venga usted para acá, grandísima tía, ¿con qué objeto me invita a su cochina taza de té, que ni siquiera he bebido?”. Y en cuanto a Marta, la muy serrana, ya podía esperarme sentada. ¡Qué ridícula me pareció su corbata! Una corbata que no servía ni para ahorcarse. Que fuera allá con sus horteras. Lo que es yo… ¡Que si quieres!
Desde aquel día se presentó en mi mente un mundo elegante y seductor, desconocido hasta entonces. Comprendí que en la vida había algo mejor que empleos de cincuenta soles. Me harté de las perrerías de mi existencia, de las monsergas de mi patrona, de las comidas del restaurante a diez centavos el plato, esas infames comidas con sabor a chamusquina. ¡Ah, qué mundo tan perro! ¡Qué indecencia! ¡Había que salir de él a todo trance, como pudiera, sin reparar en los medios!
Por lo pronto era menester vestir elegante y usar corbatas atravesadas por un alfiler de oro. Haciendo acopio de todo el aplomo que me quedaba, me lancé donde el mejor sastre de Lima. Me hice confeccionar un traje de chaquet, según la última moda. Di las señas de mi patrona, a quien anticipadamente anuncié un supuesto destino en la aduana con sueldo fabuloso y esperé los acontecimientos. Mi patrona era viuda de un coronel, cuyo retrato al óleo, obra del pintor Palas, se exhibía en el salón amueblado con buen gusto. ¡Cuán distinto del cuarto que me alquilaba en el interior, donde apenas cabía una cama de dobleces! ¡La rogué, poniéndome grave, que recibiera la ropa que había mandado hacer por cuenta del Ministerio de Hacienda. Cuando oyó “Ministerio de Hacienda” abrió cada ojo la señora … ¡Voto al chápiro! ¡Jamás he mentido con tal aplomo!
Yo por aquel tiempo era un pobrete que me comía los codos y andaba de Ceca en
Meca, galopando tras un empleo en alguna oficina del Estado. Ser amanuense era
entonces mi mayor ambición. Cincuenta soles de sueldo eran para mí, inestimable
tesoro, que solo muy escasos mortales podían poseer. ¡Oh, cincuenta soles de
sueldo! ¡Con esa suma asegurada hubiera yo doblado el cabo de la felicidad!
¿Qué cómo? Cuando se es amado, a pesar de ser pobre, una gran confianza en el
porvenir nos alienta. Y la dulce serranita me amaba. Muchos pretendientes había
despachado por mi causa. Felices horteras endomingados que le hacían la rueda, mientras
le vendían media vara de surah o un corte de indiana. Así como así, eran
mejores que yo los tales horteras desde el punto de vista matrimonial. Tenían
regulares sueldos y lo que ellos llamaban las rebuscas, cosa que, probablemente
yo, me moriría sin conocer. Pero Marta los mandaba a paseo sin escucharlos
siquiera. Solo yo era el preferido. Quizá me encontraba distinto también a los
jóvenes de su tierra, sentimentales y turbulentos. A mí no me disgustaba la
muchacha. Tenía bonito pelo, ojos tiernos y tocaba en el piano “Al pie del
Misti” con bastante sentimiento ¿Con ella y mis 50 soles hubiera sido feliz! Lo
único que parecía apenarla era mi poca fe. Mi carencia de religión.
- ¿Creen usted en Dios? – me preguntaba a menudo.
- Naturalmente – le respondía yo.
- No es bastante, es preciso cumplir con la Iglesia, es preciso creer.
La verdad es que yo no creía sino en mi pobreza. Solo se cree en Dios a partir de cincuenta soles de sueldo.
Un día fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figuraos mi alborozo cuando recibí la siguiente esquela:
“Grimanesa de Bocardo e hijas, tienen el honor de invitar a usted a su casa, Aumente 341, a tomar una taza de té la noche del martes.”
Y en el reverso: “Señor Idiáquez”. ¡Canastos! ¡Una taza de té! Yo que ni siquiera había comido seriamente aquel día.
Me pareció recibir una invitación celestial y me preguntaba si los filetes de oro de la esquelita no serían una insignia angélica. Bocardo … Bocardo. Nombre sonoro. ¡Qué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún abogado de nota de esos que llevan siempre como cola esta frase: “Lumbrera del foro peruano”. Nombre que quizá hace y deshace de millones de empleos de cincuenta soles.
Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con trencilla , unos pantalones de esa tela a cuadritos que parece un trazado para jugar al “León y las ovejas”; un chaleco despampanante, escotado hasta el ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal, donde figuraba un grueso botón de doublé y un sombrero hongo de copa no más alta que la cáscara de nuez, de esos que puso en moda en Lima el ya olvidado actor Perrín. Y, en medio de todo esto, resplandeciente como un astro de primera magnitud, mi famosa corbata. Famosa sí. ¡Voto al chápiro!
La casa de Aumente n° 341 era un majestuoso prodigio de simetría. Constaba de dos ventanas de reja, una a cada lado de la puerta, dos balcones, uno sobre cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del zaguán. En el fondo, una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí parecía en equilibrio, repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho ex profeso para demostrar la ley de compensaciones. Entré. Alguien tocaba un vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé mi sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban atropellándose. Grupos animados conversaban en los rincones, en el hueco de las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre los bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por negligencia o por ignorancia del baile. Yo hubiera querido ponerme a las órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero – la verdad- sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podía encontrar. Una linda morena vestida de color malva, sentada en el extremo de un sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se lo propuse pareció sorprendida y me miró de arriba a abajo. Sin embargo, me dijo con amabilidad exquisita:
- ¿Creen usted en Dios? – me preguntaba a menudo.
- Naturalmente – le respondía yo.
- No es bastante, es preciso cumplir con la Iglesia, es preciso creer.
La verdad es que yo no creía sino en mi pobreza. Solo se cree en Dios a partir de cincuenta soles de sueldo.
Un día fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figuraos mi alborozo cuando recibí la siguiente esquela:
“Grimanesa de Bocardo e hijas, tienen el honor de invitar a usted a su casa, Aumente 341, a tomar una taza de té la noche del martes.”
Y en el reverso: “Señor Idiáquez”. ¡Canastos! ¡Una taza de té! Yo que ni siquiera había comido seriamente aquel día.
Me pareció recibir una invitación celestial y me preguntaba si los filetes de oro de la esquelita no serían una insignia angélica. Bocardo … Bocardo. Nombre sonoro. ¡Qué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún abogado de nota de esos que llevan siempre como cola esta frase: “Lumbrera del foro peruano”. Nombre que quizá hace y deshace de millones de empleos de cincuenta soles.
Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con trencilla , unos pantalones de esa tela a cuadritos que parece un trazado para jugar al “León y las ovejas”; un chaleco despampanante, escotado hasta el ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal, donde figuraba un grueso botón de doublé y un sombrero hongo de copa no más alta que la cáscara de nuez, de esos que puso en moda en Lima el ya olvidado actor Perrín. Y, en medio de todo esto, resplandeciente como un astro de primera magnitud, mi famosa corbata. Famosa sí. ¡Voto al chápiro!
La casa de Aumente n° 341 era un majestuoso prodigio de simetría. Constaba de dos ventanas de reja, una a cada lado de la puerta, dos balcones, uno sobre cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del zaguán. En el fondo, una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí parecía en equilibrio, repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho ex profeso para demostrar la ley de compensaciones. Entré. Alguien tocaba un vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé mi sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban atropellándose. Grupos animados conversaban en los rincones, en el hueco de las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre los bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por negligencia o por ignorancia del baile. Yo hubiera querido ponerme a las órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero – la verdad- sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podía encontrar. Una linda morena vestida de color malva, sentada en el extremo de un sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se lo propuse pareció sorprendida y me miró de arriba a abajo. Sin embargo, me dijo con amabilidad exquisita:
- Tengo ya compromiso, caballero.
Yo me senté a su lado sin saber que decirle al pronto. Me concreté a olerla. Y que bien olía. ¡Voto al chápiro! ¡Qué pobre me pareció Marta con su jabón de Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y palpitante se escapaban oleadas que me desvanecían. Indudablemente la dicha debía oler a eso. Empezaba a dirigirle la palabra, cuando un joven se acercó, le dio el brazo y desapareció dejándome lelo. Entonces me juzgué en la obligación de sacar a una esbelta rubia que mordía nerviosamente el extremo de su abanico. Mirome de hito en hito y me dijo secamente: “Estoy cansada”. Luego creí oportuno dirigirme a otra señorita, la cual me dijo con marcado desdén, lo mismo. Volví a la carga con otra que también me despachó fulminándome con una mirada despreciativa. Recorrí las restantes, a las que acababan de bailar y a las que no habían bailado aún y todas me petrificaban con aquel terrible y descortés: “Estoy cansada”. ¡Y lo mejor es que salían con el primero que se les presentaba! Empecé a amoscarme. Me pareció notar que algo chocarrero, existente en mí, me hacía acreedor al desprecio. Entonces sin saber qué partido tomar, rogué a un joven que discurría por allí, y que me infundió confianza (hay rostros así que infunden confianza), que me explicara el caso. Mirome con impertinencia y me dijo: “Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que puede usted hacer es largarse joven”. ¡Corbata imposible! Y me fijé en la de él. En efecto, era una hermosa corbata color de vino, hecha de mano maestra, atravesada por un alfiler de oro.
Salí avergonzado, sin despedirme. ¿De quién me iba a despedir? Tal como había entrado. Nunca he comprendido por qué me invitaron a aquella casa. Quizá por equivocación.
Como es de suponerse, la sangre me hervía. Hubiera deseado aporrear, abofetear, pisotear a alguien. Maquinaba venganza terrible contra la para mí desconocida señora Bocardo. Hubiera deseado decirla: “Venga usted para acá, grandísima tía, ¿con qué objeto me invita a su cochina taza de té, que ni siquiera he bebido?”. Y en cuanto a Marta, la muy serrana, ya podía esperarme sentada. ¡Qué ridícula me pareció su corbata! Una corbata que no servía ni para ahorcarse. Que fuera allá con sus horteras. Lo que es yo… ¡Que si quieres!
Desde aquel día se presentó en mi mente un mundo elegante y seductor, desconocido hasta entonces. Comprendí que en la vida había algo mejor que empleos de cincuenta soles. Me harté de las perrerías de mi existencia, de las monsergas de mi patrona, de las comidas del restaurante a diez centavos el plato, esas infames comidas con sabor a chamusquina. ¡Ah, qué mundo tan perro! ¡Qué indecencia! ¡Había que salir de él a todo trance, como pudiera, sin reparar en los medios!
Por lo pronto era menester vestir elegante y usar corbatas atravesadas por un alfiler de oro. Haciendo acopio de todo el aplomo que me quedaba, me lancé donde el mejor sastre de Lima. Me hice confeccionar un traje de chaquet, según la última moda. Di las señas de mi patrona, a quien anticipadamente anuncié un supuesto destino en la aduana con sueldo fabuloso y esperé los acontecimientos. Mi patrona era viuda de un coronel, cuyo retrato al óleo, obra del pintor Palas, se exhibía en el salón amueblado con buen gusto. ¡Cuán distinto del cuarto que me alquilaba en el interior, donde apenas cabía una cama de dobleces! ¡La rogué, poniéndome grave, que recibiera la ropa que había mandado hacer por cuenta del Ministerio de Hacienda. Cuando oyó “Ministerio de Hacienda” abrió cada ojo la señora … ¡Voto al chápiro! ¡Jamás he mentido con tal aplomo!
-¿Supongo que me
pagará usted lo atrasado? –me dijo con júbilo.
- Con creces, mi querida señora, con creces – le respondí yo, echándome atrás.
El mejor sastre de Lima no tuvo inconveniente en dejar el traje en el salón de una señora donde se exhibía un retrato tan prócer. Cuando la criada le dijo: “El joven ha salido”, hizo la mar de reverencia.
¡Oh! No había para qué molestarse, mandaría la cuenta, ¡bah! Apenas le vi torcer la esquina, me colé a la casa de mi patrona. Ya estaba allí mi traje extendido sobre un sofá. ¡Oh, qué maravilla de traje! Figuraos un chaquet redondeado correctamente, con una gracia mundana singular, una hilera de botones forrados en tela, unas solapas bien alisadas, con poca hombrera. Una chaquet digno de Ministro de Hacienda. Corrí a mi tugurio, lo dejé sobre mi camastro y volví donde mi patrona desolado…
-¿Qué necesita usted? – me dijo ésta, con todo cariño.
- ¡Ah, señora, usted sabe! Mi sueldo no lo recibiré hasta fin de mes … ¡necesito ahora cien soles para ciertos gastos! …
- Con el mayor gusto, Idiáquez – respondiome- Solo le voy a pedir un favor: si usted puede colocar a mi hijo en su oficina… no es porque necesite nada, mientras yo viva… ¡usted sabe! … ¡pero! ¡Es tan bonito estar en Aduana!.
Le ofrecí destinar a toda su familia. Entonces me dijo: “¿Gusta usted doscientos?”. Puse una cara de banquero que teme comprometerse, y por fin la dije: “¡Bueno, vengan”!.
Si me hubierais visto volver una hora después, en un coche cargado de camisas, sombreros, pares de botas, bastones y cajas de estupendas y lujosísimas corbatas…Pero prefiero mostrarme en Mercaderes, con mi chaquet, exhibiendo una corbata modelo, atravesada por un alfiler de oro, y con una espejeante chistera. Me calcé los guantes color patito, me puse el pantalón bien planchado, cayendo sobre unos escarpines que, a su vez, caían sobre dos botas de charol, flamantes. Ninguna mujer me pareció bastante bonita. Ninguna tienda bastante abastecida. Ninguna corbata bastante lujosa. La calle de Mercaderes fue para mí un estrecho sitio donde no cabía mi persona. Hombres y mujeres me miraban fija y tenazmente, con envidia aquéllos, con complacencia éstas. De pronto, al salir de Guillón, encontré a la morena del baile, magníficamente ataviada, irresistible, encantadora. Estaba vestida de claro y llevaba en la mano multitud de paquetitos. Me miró con una de aquellas miradas con que las mujeres suelen decir “me gustas”. La seguí. Iba en compañía de una criada, de una persona de esas en quienes no se repara jamás. Ella volvió la cara sonriente. Parecía que quisiera decirme: “Atrévete”. Yo me acerqué, y después de saludarla correctamente la deslicé al oído todas aquellas frases que son del caso: “¿Tan temprano de paseo?”. “¡Con razón la mañana está tan hermosa!”. “¿Qué le parece a usted el calor?”. Contestome con amabilidad inusitada. Hízome recuerdos del baile donde “nos divertimos tanto” y luego me rogó que fuera a su casa, donde sus padres tendrían gran gusto recibiéndome.
Me enamoré terriblemente de la señorita en cuestión. Acudí a su casa, donde fui tratado con grandes agasajos. La despatarré con una docena de corbatas hábilmente combinadas. La pedí en matrimonio y a los cuatro meses me casaba con ella entrando en posesión de una fortuna respetable. ¡Al demontre las perrerías!
Hoy soy padre de una hermosa familia que da bailes a los que concurren las mejores corbatas de Lima. Poseo casas en la capital. Una hacienda en las afueras. Quintas en el campo. Minas en Casapalca. Voy jueves y domingo al Paseo Colón en un elegante carruaje, y he hecho varios viajes a Europa. Mi mujer no contenta con hacerme rico, ha querido hacerme célebre: gracias a ella he sido diputado, senador y … lo demás. Todo sin más esfuerzo que un cambio de corbata.
Pero he aquí entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es cierto. ¡Me anuda cada corbata! Pero me parece que piensa más en sus trajes que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos que en su padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la “cosa pública” que en mi mujer y en mis hijos. Más feliz hubiera sido con mi arequipeñita. ¡Oh! Esa que me quería arrancado y por mí mismo. Con ella y mis cincuenta soles hubiera vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me torturan. ¿Qué habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me enternezco recordando a Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón Windsor. Decididamente la verdadera dicha debe oler a jabón Windsor.
Manuel Beingolea (Perú, 1875-1953)
- Con creces, mi querida señora, con creces – le respondí yo, echándome atrás.
El mejor sastre de Lima no tuvo inconveniente en dejar el traje en el salón de una señora donde se exhibía un retrato tan prócer. Cuando la criada le dijo: “El joven ha salido”, hizo la mar de reverencia.
¡Oh! No había para qué molestarse, mandaría la cuenta, ¡bah! Apenas le vi torcer la esquina, me colé a la casa de mi patrona. Ya estaba allí mi traje extendido sobre un sofá. ¡Oh, qué maravilla de traje! Figuraos un chaquet redondeado correctamente, con una gracia mundana singular, una hilera de botones forrados en tela, unas solapas bien alisadas, con poca hombrera. Una chaquet digno de Ministro de Hacienda. Corrí a mi tugurio, lo dejé sobre mi camastro y volví donde mi patrona desolado…
-¿Qué necesita usted? – me dijo ésta, con todo cariño.
- ¡Ah, señora, usted sabe! Mi sueldo no lo recibiré hasta fin de mes … ¡necesito ahora cien soles para ciertos gastos! …
- Con el mayor gusto, Idiáquez – respondiome- Solo le voy a pedir un favor: si usted puede colocar a mi hijo en su oficina… no es porque necesite nada, mientras yo viva… ¡usted sabe! … ¡pero! ¡Es tan bonito estar en Aduana!.
Le ofrecí destinar a toda su familia. Entonces me dijo: “¿Gusta usted doscientos?”. Puse una cara de banquero que teme comprometerse, y por fin la dije: “¡Bueno, vengan”!.
Si me hubierais visto volver una hora después, en un coche cargado de camisas, sombreros, pares de botas, bastones y cajas de estupendas y lujosísimas corbatas…Pero prefiero mostrarme en Mercaderes, con mi chaquet, exhibiendo una corbata modelo, atravesada por un alfiler de oro, y con una espejeante chistera. Me calcé los guantes color patito, me puse el pantalón bien planchado, cayendo sobre unos escarpines que, a su vez, caían sobre dos botas de charol, flamantes. Ninguna mujer me pareció bastante bonita. Ninguna tienda bastante abastecida. Ninguna corbata bastante lujosa. La calle de Mercaderes fue para mí un estrecho sitio donde no cabía mi persona. Hombres y mujeres me miraban fija y tenazmente, con envidia aquéllos, con complacencia éstas. De pronto, al salir de Guillón, encontré a la morena del baile, magníficamente ataviada, irresistible, encantadora. Estaba vestida de claro y llevaba en la mano multitud de paquetitos. Me miró con una de aquellas miradas con que las mujeres suelen decir “me gustas”. La seguí. Iba en compañía de una criada, de una persona de esas en quienes no se repara jamás. Ella volvió la cara sonriente. Parecía que quisiera decirme: “Atrévete”. Yo me acerqué, y después de saludarla correctamente la deslicé al oído todas aquellas frases que son del caso: “¿Tan temprano de paseo?”. “¡Con razón la mañana está tan hermosa!”. “¿Qué le parece a usted el calor?”. Contestome con amabilidad inusitada. Hízome recuerdos del baile donde “nos divertimos tanto” y luego me rogó que fuera a su casa, donde sus padres tendrían gran gusto recibiéndome.
Me enamoré terriblemente de la señorita en cuestión. Acudí a su casa, donde fui tratado con grandes agasajos. La despatarré con una docena de corbatas hábilmente combinadas. La pedí en matrimonio y a los cuatro meses me casaba con ella entrando en posesión de una fortuna respetable. ¡Al demontre las perrerías!
Hoy soy padre de una hermosa familia que da bailes a los que concurren las mejores corbatas de Lima. Poseo casas en la capital. Una hacienda en las afueras. Quintas en el campo. Minas en Casapalca. Voy jueves y domingo al Paseo Colón en un elegante carruaje, y he hecho varios viajes a Europa. Mi mujer no contenta con hacerme rico, ha querido hacerme célebre: gracias a ella he sido diputado, senador y … lo demás. Todo sin más esfuerzo que un cambio de corbata.
Pero he aquí entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es cierto. ¡Me anuda cada corbata! Pero me parece que piensa más en sus trajes que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos que en su padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la “cosa pública” que en mi mujer y en mis hijos. Más feliz hubiera sido con mi arequipeñita. ¡Oh! Esa que me quería arrancado y por mí mismo. Con ella y mis cincuenta soles hubiera vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me torturan. ¿Qué habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me enternezco recordando a Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón Windsor. Decididamente la verdadera dicha debe oler a jabón Windsor.
Manuel Beingolea (Perú, 1875-1953)
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jueves, 21 de mayo de 2015
Lucía, de Rafo Ráez y los Paranoias
Lucía (2014) es el último disco de Rafo Ráez y Los Paranoias. Está compuesto solo por 6 temas y tiene una duración de casi 20 minutos. ¿Por qué un disco tan breve? ¿Por mantener una unidad? ¿Por calidad estética? ¿Por mantener el ritmo de producción? Nos ponemos a escuchar el disco pensando que a veces menos es más. Que de repente son pocas canciones, pero tal vez tan buenas que no se necesita más. Sin embargo, “Lucía” es solo un disco regular que tiene como principal logro el afán experimental de Rafo Ráez por seguir probando, innovando y no repetirse. Y sí, Rafo Ráez y Los Paranoias no se repiten, crean canciones, melodías irrepetibles, disímiles, pero que, en su mayoría, y a diferencia de otros discos, no conmueven o no lleguen a la fibra más íntima del oyente. Eso me ocurre con “Detector de mentiras” y “Pluma de cóndor”. “Ella quería ser astronauta” y “Lucía, en una sequía de amabilidad” son canciones superiores a las anteriores, pero tampoco me llegan a conmover del todo, solo tienen breves chispazos. La mejor canción del disco es “María Ramos”. Aquí sí se percibe al mejor Rafo Ráez, ese que perpetró himnos como “Pelícano”, “El hombre que quería ser árbol”, “Artificial de noche”, “Camisa”, “Tronador”, “Rocinante en el hipódromo”, etc. El disco se cierra con “Tras 1000 horas”, una canción con una buena melodía, pero que tampoco llega a despegar del todo.
Para quienes somos admiradores de Rafo Ráez, nos preguntamos
si estará atravesando un momento de sequía creativa. No lo sabemos. Lo que sí
sabemos es que Rafo y su grupo volverá pronto a la carga y estamos seguros que
nos seguirá regalando joyitas musicales como las que le conocemos. Una de ellas, por ejemplo, “Tronador”, de su
disco El loco y la sucia, que ayer escuché en una versión de un grupo llamado “Las
amigas de nadie”.
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martes, 19 de mayo de 2015
Carrera Movistar-Adidas 2015
El domingo pasado corrí la carrera Movistar-Adidas. Específicamente la carrera de 10 kilómetros, ya que había otras dos categorías: 21K y 42K. Me había preparado dos semanas a profundidad, aunque hace años que corro dos veces por semana en promedio media hora. El año pasado había vuelto a las competencias -luego de diez años- en la carrera de Entel, que se realizó en noviembre y marqué un registro de 54 minutos y 44 segundos. Ahora mi meta era rebajar esa marca y aproximarme a 50 minutos, mi meta del año.
Sin embargo, tuve un imponderable. El chip que tenía alojado en la zapatilla se me cayó recién iniciada la carrera y eso me desconcentró unos segundos. Pensé dejar de lado el bendito chip (que no sabía en qué momento se me había caído) y seguir corriendo. Y así lo hice. Corrí a ritmo firme, seguro, a veces acelerando el paso y en otras disminuyendo la velocidad para ahorrar energías. Me motivaba el ver que poco a poco iba pasando atletas y el sentir que mi respiración no se agitaba sino que se mantenía serena. Poco a poco iba avanzando en la ruta: San Isidro-San Borja-San Luis-San Borja e iba midiendo mis fuerzas para reservarlas al final. No conocía exacta la ruta, pero sabía que me acercaba a la meta pues esta era la misma que la partida: San Isidro (Avenida Canaval y Moreyra con República de Panamá). Los últimos 2 kilómetros fueron los más difíciles, pues había una pequeña cuesta arriba que había que remontar. Comencé a pensar en el colegio, en aquellas épocas en que era feliz corriendo, en aquella carrera de sexto grado en que quedé tercer puesto pero que para mí fue como haber quedado primero, pensé en aquellas maratones que gané en secundaria. Me animé viendo que iba pasando competidores poco a poco y que el sol intenso que caía de arriba no me iba a detener, menos el sudor que manaba de mi rostro y todo mi cuerpo. En la última recta, vi gente que en vez de correr más fuerte, comenzaba a caminar. Pero yo seguí, saqué fuerzas de flaqueza y en los últimos cien metros la piqué. Cuando llegué el cronómetro oficial señalaba 56 minutos y 10 segundos, pero a eso debía descontarle el tiempo en el que cruce la partida, que fue entre el minuto 2:30 y el minuto 4. Es decir, calculo hice entre 53:40 y 52:10. No está mal, pero creo que para la próxima, con esfuerzo, lo haré mejor.
Finalmente, resulta encomiable el esfuerzo realizado por todos los competidores, sobre todo por los que corrieron los 21k y 42k. Imagínense correr, como un amigo, 3 horas y media o poco más de 4 horas. Al final, correr es, como la vida, una competencia por vencer tus límites, una competencia contigo mismo y no necesariamente con los demás. ¡La próxima vez trataré de vencerme nuevamente!
Sin embargo, tuve un imponderable. El chip que tenía alojado en la zapatilla se me cayó recién iniciada la carrera y eso me desconcentró unos segundos. Pensé dejar de lado el bendito chip (que no sabía en qué momento se me había caído) y seguir corriendo. Y así lo hice. Corrí a ritmo firme, seguro, a veces acelerando el paso y en otras disminuyendo la velocidad para ahorrar energías. Me motivaba el ver que poco a poco iba pasando atletas y el sentir que mi respiración no se agitaba sino que se mantenía serena. Poco a poco iba avanzando en la ruta: San Isidro-San Borja-San Luis-San Borja e iba midiendo mis fuerzas para reservarlas al final. No conocía exacta la ruta, pero sabía que me acercaba a la meta pues esta era la misma que la partida: San Isidro (Avenida Canaval y Moreyra con República de Panamá). Los últimos 2 kilómetros fueron los más difíciles, pues había una pequeña cuesta arriba que había que remontar. Comencé a pensar en el colegio, en aquellas épocas en que era feliz corriendo, en aquella carrera de sexto grado en que quedé tercer puesto pero que para mí fue como haber quedado primero, pensé en aquellas maratones que gané en secundaria. Me animé viendo que iba pasando competidores poco a poco y que el sol intenso que caía de arriba no me iba a detener, menos el sudor que manaba de mi rostro y todo mi cuerpo. En la última recta, vi gente que en vez de correr más fuerte, comenzaba a caminar. Pero yo seguí, saqué fuerzas de flaqueza y en los últimos cien metros la piqué. Cuando llegué el cronómetro oficial señalaba 56 minutos y 10 segundos, pero a eso debía descontarle el tiempo en el que cruce la partida, que fue entre el minuto 2:30 y el minuto 4. Es decir, calculo hice entre 53:40 y 52:10. No está mal, pero creo que para la próxima, con esfuerzo, lo haré mejor.
Finalmente, resulta encomiable el esfuerzo realizado por todos los competidores, sobre todo por los que corrieron los 21k y 42k. Imagínense correr, como un amigo, 3 horas y media o poco más de 4 horas. Al final, correr es, como la vida, una competencia por vencer tus límites, una competencia contigo mismo y no necesariamente con los demás. ¡La próxima vez trataré de vencerme nuevamente!
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lunes, 11 de mayo de 2015
La hora azul
Con La hora azul (2005) el peruano Alonso Cueto ganó el prestigioso el premio Herralde de Novela. Recuerdo haber leído algunos cuentos de Cueto en la universidad y no me gustaron mucho, salvo uno ("La batalla del pasado). Sin embargo, a partir de esa novela su prestigio creció en el país e internacionalmente. Además, su novela Grandes miradas (2003) fue llevada al cine por Francisco Lombardi (Mariposa Negra) y comenzó a publicar varios novelas de manera prolífica. Hincado por la curiosidad, leí el 2013 Demonio del mediodía (1999) y me sorprendió la calidad de su prosa, el análisis profundo de sus personajes, las descripiciones impresionistas y la facilidad para plasmar metáforas. Por tanto, en esta novela se me presentó un autor realmente interesante y que seguramente, deduje, había madurado con el tiempo. Asimismo, dicha novela mostraba trabajo y era, sin duda, una de las novelas peruanas más interesante que había leído.
Con todo esa experiencia previa, me enfrenté a La hora azul. Recuerdo eso sí haber recibido un comentario de un amigo hacía tiempo. "Me atrapó al inicio, pero después se me cayó de las manos"; y el otro, que leí en la contratapa: "La novela empieza esquemática, pero luego se aleja de la trama policial y da un salto cualitativo notable". En mi caso, al inicio la novela no me atrapaba, la prosa, a diferencia de Demonio del mediodía, no parecía tan rica y trabajada. La trama parecía un poco forzada. Sin embargo, a partir de la página 70 o 80, cuando Adrián Ormache, el protagonista, va a San Juan de Lurigancho a buscar a Miriam, la novela comenzó, tal cual la última reseña, a cobrar vuelo. La prosa y la trama adquirieron solidez, consistencia. Luego el viaje de Ormache a Ayacucho, su visita a Huanta es de lo más logrado de la novela, sobre todo las descripciones impresionistas. Ya cuando Ormache encuentra a Miriam en Lima, uno cree entender que el premio a Cueto era merecido, que a pesar de un arranque flojón la novela acaba despegando y cobrando volando. Pero, tras el encuentro con Miriam y la relación sentimental que empiezan a tener, todo se desmorona a partir del intento de Miriam de matarlo con un cuchillo. La escena no se resuelve bien y en la siguiente página vuelven a hacer el amor como si nada hubiera pasado. Las últimas 50 páginas, uno espera que Cueto recobre el ritmo narrativo, pero ni siquiera la muerte de Miriam y la relación que entabla con su hijo Miguel, hacen que la historia recobre el vuelo. El final me resultó, por tanto, flojón.
Finalmente, aunque esta novela tiene como telón de fondo, la época de violencia que vivió el Perú en las décadas de los 80 y 90, no noté, como muchos críticos, un análisis incisivo sobre aquellla época. Por todo lo anterior, sigo pensando que Demonio del Mediodía es, entre las novelas que he leído del autor, su obra más lograda.
Con todo esa experiencia previa, me enfrenté a La hora azul. Recuerdo eso sí haber recibido un comentario de un amigo hacía tiempo. "Me atrapó al inicio, pero después se me cayó de las manos"; y el otro, que leí en la contratapa: "La novela empieza esquemática, pero luego se aleja de la trama policial y da un salto cualitativo notable". En mi caso, al inicio la novela no me atrapaba, la prosa, a diferencia de Demonio del mediodía, no parecía tan rica y trabajada. La trama parecía un poco forzada. Sin embargo, a partir de la página 70 o 80, cuando Adrián Ormache, el protagonista, va a San Juan de Lurigancho a buscar a Miriam, la novela comenzó, tal cual la última reseña, a cobrar vuelo. La prosa y la trama adquirieron solidez, consistencia. Luego el viaje de Ormache a Ayacucho, su visita a Huanta es de lo más logrado de la novela, sobre todo las descripciones impresionistas. Ya cuando Ormache encuentra a Miriam en Lima, uno cree entender que el premio a Cueto era merecido, que a pesar de un arranque flojón la novela acaba despegando y cobrando volando. Pero, tras el encuentro con Miriam y la relación sentimental que empiezan a tener, todo se desmorona a partir del intento de Miriam de matarlo con un cuchillo. La escena no se resuelve bien y en la siguiente página vuelven a hacer el amor como si nada hubiera pasado. Las últimas 50 páginas, uno espera que Cueto recobre el ritmo narrativo, pero ni siquiera la muerte de Miriam y la relación que entabla con su hijo Miguel, hacen que la historia recobre el vuelo. El final me resultó, por tanto, flojón.
Finalmente, aunque esta novela tiene como telón de fondo, la época de violencia que vivió el Perú en las décadas de los 80 y 90, no noté, como muchos críticos, un análisis incisivo sobre aquellla época. Por todo lo anterior, sigo pensando que Demonio del Mediodía es, entre las novelas que he leído del autor, su obra más lograda.
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domingo, 3 de mayo de 2015
Diario de un profesor (14)
Llego temprano al instituto. Me voy al baño y me encierro en uno de los servicios. De pronto, siento que alguien ingresa al baño. Veo, por debajo de la puerta, unos zapatos negros y recuerdo que minutos antes me encontré con un colega mío en la puerta del instituto. Escucho inmediatamente que tose y produce un ruido rasposo con la garganta. Lo hace repetidas veces, como si estuviese enfermo. Pero yo sé que no es por eso, sino que es por los nervios o por el estrés. Sonrío para mí y me siento mejor, pues me doy cuenta que no soy el único.Yo también antes de una clase, producto de los nervios o el estrés, toso de vez en cuando o produzco un ruido con la garganta como queriendo pasar saliva. Es normal, es parte del oficio, de ese querer hacer bien las cosas y preguntarte si estarás a la altura de las circunstancias.
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