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lunes, 11 de septiembre de 2017

Diario de un profesor (50)

Tengo la teoría de que con los años, el profesor va perdiendo no solo la pasión por la enseñanza, sino también la frescura. Esa frescura que solo se posee cuando se es joven. No me refiero, por supuesto, a que el buen docente con el tiempo se convierte en uno malo, pero sí que su desempeño -como un deportista profesional- va decayendo ante el paso inexorable del tiempo. Yo, por ejemplo, tengo 38 años, y tengo colegas diez o doce años menores que yo. Y noto, cuando brindamos asesorías individuales a estudiantes de primeros ciclos, que ellos prefieren a los docentes más jovenes, porque -posiblemente- se parecen más a ellos, hablan su lenguaje y los pueden entender más. Aunque no queramos admitirlo, uno como docente, con el tiempo, se vuelve adulto no solo en el aspecto físico, sino también en el plano de nuestras ideas; es decir, nos vamos cuadriculando, nos vamos tornando más serios y cejijuntos... Sin embargo, ahora que lo recuerdo, uno de mis mejores profesores en la universidad (Óscar Luna Victoria), en ese entonces, tenía más de 50 años y lo hacía excelentemente bien y su pasión era indesmayable. También recuerdo a otro gran profesor mío, Eduardo Rada, al cual conocí cuando tenía unos 46 años, y ahora con sesenta añitos sigue manteniendo ese espíritu lúdico, juvenil y contestario que tanto admiro... Entonces, mi teoría planteada al inicio, tal vez, resulta relativa y depende de cada uno, como profesor, "mantenerse en forma" y batallar como si fuese nuestro primer día frente a un grupo numeroso de alumnos.  

sábado, 7 de abril de 2012

Eduardo Rada


Eduardo Rada fue mi profesor de Literatura, en el 2002, en la Universidad de Lima. Recuerdo que no aprendí mucho de Literatura, pero sí de la vida , de la libertad de pensar y reflexionar, y que la educación no está separada de la diversión. Eduardo era un excelente profesor y me gustaba su capacidad de divertir y enseñarnos a la vez, además de su capacidad para jugar con las palabras. Una vez, en su clase, nos invitó a su taller de Poesía en el Parque, que se realizaba en el Parque de Miraflores, los viernes, a las 7 p.m. y a su taller de Literatura en el C.C. Ricardo Palma, los sábados. Yo fui un par de veces en el ciclo y me gustó, aunque me di cuenta de algo: para él la poesía o la literatura no era un placer destinado para unos cuantos, sino para todos, para todos aquellos que quisieran expresarse. Para Eduardo la poesía era algo masivo y no una actividad elitista. Y por eso, él era un paria, alguien que no era bien visto por los literatos.

Han pasado los años, acabé la universidad hace casi 8 años, y he seguido frecuentando intermitentemente a Eduardo. Cada cierto tiempo, he ido, los sábados, a visitarlo a sus charlas en el Centro Cultural Ricardo Palma, en Miraflores, a las 11 a.m. En todo este tiempo ha dictado talleres sobre Literatura Oriental, Walt Whitman, El cerebro, etc., y a pesar de la diferencia de los temas, siempre hay algo en común en sus palabras, en su pensamiento: para Eduardo, la literatura, la educación no es una cuestión de ego, de parámetros, sino de libertad. Cuando uno sale de una de sus charlas, el ego y las quejas quedan de lado, y uno aprende a valorar el sentido de la vida, a disfrutar de esas pequeñas cosas que nos rodean y no les damos la real importancia, a no dejarnos arrastrar por el sistema que nos quita la espontaneidad y nos cosifica. Eduardo es uno de esos héroes anónimos que viven en nuestro país y yo lo aprecio por todo lo aprendido. Hace más de 15 años, además de sus clases en la universidad, dicta talleres gratuitos a la gente y lo hace con un entusiasmo y pasión que son dignos de encomio.¡Al maestro con cariño!