Fragmento de la novela El profesor, de Frank Mc Court
"Todos los días me llevaba a casa libros y trabajos en una cartera marrón de imitación cuero. Tenía la intención de instalarme cómodamente en un sillón y leer los trabajos, pero después de una jornada de cinco clases y ciento setenta y cinco adolescentes, no sentía grandes deseos de prolongarla con sus deberes. Aquello podía esperar, maldita sea. Me había ganado un vaso de vino o una taza de té. Ya leería los trabajos más tarde. Sí, una buena taza de té y leer el periódico o darme un paseo por el barrio, o pasar un rato con mi hija pequeña, que me contaba cómo le iba en la escuela y las cosas que hacía con su amiga Claire. Además, estaba obligado a hojear un periódico para estar al día con lo que pasaba en el mundo. Un profesor de Lengua Inglesa debía saber lo que pasaba. Nunca sabías cuándo un alumno tuyo podía plantear alguna cuestión relacionada con la política internacional o con una obra de teatro off-Broadway estrenada hacía poco. No querías encontrarte allí, delante del aula, moviendo la boca sin que saliera nada.
Esa es la vida del profesor de Lengua Inglesa de instituto".
sábado, 22 de octubre de 2016
miércoles, 19 de octubre de 2016
Diario de un profesor (36)
A veces, escucho a colegas docentes decir: "Me encanta enseñar". Otros, señalan: "Enseñar me relaja". No puedo evitar sonreír para mis adentros cuando escucho aquellas frases. Personalmente, a mi enseñar me cuesta mucho, sufro en el proceso, y si disfruto, es una vez culminada la clase y tras saber que lo hice bien. Con esto no quiero decir que no me gusta enseñar (sí me gusta), pero me cuesta horrores. Recuerdo que en el colegio, cuando participábamos en las olimpiadas deportivas internas, me llenaba de nervios cuando tenía que competir en atletismo, en las carreras de 400 metros y maratón. Era el segundo mejor de mi salón y, por esa obligación de hacerlo bien y ganar, me ponía súper nervioso (cosa que no me sucedía con otros deportes). Lo que quiero decir con esto, es que mis nervios y mi sufrimiento tienen su origen en el miedo a no hacer las cosas bien, a no estar a la altura de las circunstancias, más si se trata de algo que me apasiona, me gusta y me importa. Volviendo a la comparación con el atletismo, una vez, en segundo de media, perdí una carrera (una maratón), a pesar de que me entrené como nunca antes, por mis excesivos nervios. No los pude controlar. Sin embargo, esa derrota me sirvió de mucho. Porque aprendí a perder, comencé a controlar mejor mi ansiedad y mis nervios (como todo deportista y ser humano) y los tres años siguientes gané la maratón de mi colegio casi disfrutándolo. Espero replicar eso en la enseñanza algún día. Hay que seguir perseverando.
domingo, 16 de octubre de 2016
Diario de un profesor (35)
Fragmento de la novela El profesor, de Frank Mc Court
"También los profesores aprenden. Después de pasar años en el aula, después de encontrarse cara a cara con miles de adolescentes , tienen un sexto sentido respecto a todos los que entran en el aula. Ven las miradas de reojo. Les basta con olisquear el aire de una clase nueva para saber si es un grupo inaguantable o si es un grupo con el que podrán trabajar. Ven a los chicos reservados a los que hay que animar a intervenir y a los bocazas a los que hay que hacer callar. Por la manera de estar sentado un chico, saben si éste va a colaborar o si va a ser inaguantable. Cuando el alumno se sienta erguido, con las manos juntas ante sí sobre el pupitre, mira al profesor y sonríe, es buena señal. Si está repantigado, si saca las piernas al pasillo entre los pupitres, si mira por la ventana, al techo o por encima de la cabeza del profesor, es mala señal. Prepárate para tener problemas con él.
En todas las clases hay uno que es como una plaga enviada al mundo para ponerte a prueba. Suele sentarse en la última fila, donde puede inclinar la silla contra la pared..."
"También los profesores aprenden. Después de pasar años en el aula, después de encontrarse cara a cara con miles de adolescentes , tienen un sexto sentido respecto a todos los que entran en el aula. Ven las miradas de reojo. Les basta con olisquear el aire de una clase nueva para saber si es un grupo inaguantable o si es un grupo con el que podrán trabajar. Ven a los chicos reservados a los que hay que animar a intervenir y a los bocazas a los que hay que hacer callar. Por la manera de estar sentado un chico, saben si éste va a colaborar o si va a ser inaguantable. Cuando el alumno se sienta erguido, con las manos juntas ante sí sobre el pupitre, mira al profesor y sonríe, es buena señal. Si está repantigado, si saca las piernas al pasillo entre los pupitres, si mira por la ventana, al techo o por encima de la cabeza del profesor, es mala señal. Prepárate para tener problemas con él.
En todas las clases hay uno que es como una plaga enviada al mundo para ponerte a prueba. Suele sentarse en la última fila, donde puede inclinar la silla contra la pared..."
martes, 11 de octubre de 2016
Diario de un profesor (34)
Fragmento de la la novela El profesor, de Frank McCourt (2005)
"Toda clase tiene su química. Hay clases que se disfrutan y se esperan con interés. Ellos saben que los aprecias y, a cambio, te aprecian a ti. A veces te dicen que la lección ha estado muy bien, y tú te sientes el rey del mundo. Esas cosas, de alguna manera, te dan energía y ganas de pasarte el camino de vuelta a casa cantando.
Hay otras clases que te gustaría que [los alumnos] se subieran al transbordador de Manhattan y no volvieran jamás. En su manera de entrar y salir del aula hay un algo de hostilidad que te da a entender lo que piensan de ti. Pueden ser imaginaciones tuyas, e intentas encontrar la manera de ganártelos. Pruebas a impartirles lecciones que dieron resultado con otras clases, pero ni siquiera eso sirve, y todo por esa química.
Saben cuándo te tienen asustado. Tienen instinto para detectar tus desilusiones. Había días en que me daban ganas de quedarme sentado a mi mesa y dejarles hacer lo que quisieran. Sencillamente, no era capaz de llegar a ellos. En 1962, tras cuatro años en el oficio, aquello ya no me importaba..."
"Toda clase tiene su química. Hay clases que se disfrutan y se esperan con interés. Ellos saben que los aprecias y, a cambio, te aprecian a ti. A veces te dicen que la lección ha estado muy bien, y tú te sientes el rey del mundo. Esas cosas, de alguna manera, te dan energía y ganas de pasarte el camino de vuelta a casa cantando.
Hay otras clases que te gustaría que [los alumnos] se subieran al transbordador de Manhattan y no volvieran jamás. En su manera de entrar y salir del aula hay un algo de hostilidad que te da a entender lo que piensan de ti. Pueden ser imaginaciones tuyas, e intentas encontrar la manera de ganártelos. Pruebas a impartirles lecciones que dieron resultado con otras clases, pero ni siquiera eso sirve, y todo por esa química.
Saben cuándo te tienen asustado. Tienen instinto para detectar tus desilusiones. Había días en que me daban ganas de quedarme sentado a mi mesa y dejarles hacer lo que quisieran. Sencillamente, no era capaz de llegar a ellos. En 1962, tras cuatro años en el oficio, aquello ya no me importaba..."
sábado, 8 de octubre de 2016
Diario de un profesor (33)
En el último mes y medio, con el fin de controlar mejor mis nervios y mejorar como profesor (siento que me he convertido o me estoy convirtiendo en un docente acartonado, formal, solemne, aburrido), he llevado talleres de clown y de narración oral. A pesar que tuve un incoveniente con el docente del primer taller, aprendí algunas cosas interesantes. El clown es como un taller de aprender a fracasar, de reirte de tus torpezas y miedos, de desnudarte frente a la gente y hacer el ridículo. El problema es que, al estar totalmente "desnudo" frente al público, te encuentras en un estado tal de vulneralidad que me resulta complicado. Eso de desnudarte abruptamente, sin un previo proceso, puede ser, en vez de liberador o catártico, un proceso de sufrimiento, pues ahondas en tus miedos y debilidades, en vez de apuntalar tus fortalezas. Y si no estás guiado por la persona correcta, el clown en vez de ser liberador puede resultar contraproducente.
Más allá de eso, ambos talleres me han servido y pienso seguir llevando talleres de este tipo -la impro, el stand up comedy, el canto, la expresión oral, el teatro, la oratoria, el dibujo, etc., pueden ser otras alternativas- que me permitan llegar mejor a mis alumnos, y así transladar ese aspecto lúdico -que solo tiene el arte- a las aulas de clase. Y de esta manera, ir renovando mis clases y mi vocación.
Más allá de eso, ambos talleres me han servido y pienso seguir llevando talleres de este tipo -la impro, el stand up comedy, el canto, la expresión oral, el teatro, la oratoria, el dibujo, etc., pueden ser otras alternativas- que me permitan llegar mejor a mis alumnos, y así transladar ese aspecto lúdico -que solo tiene el arte- a las aulas de clase. Y de esta manera, ir renovando mis clases y mi vocación.
Etiquetas:
arte,
clown,
Diario de un profesor (33),
docencia
viernes, 30 de septiembre de 2016
Fin
Luego de varios meses de corrección, y tras varios años de haber iniciado el proyecto de escribir sobre chicas (todo empezó en setiembre del 2012), hoy culminé mi segundo libro. Es decir, he demorado, robándole tiempo a los estudios y al trabajo, 4 años en culminar el bendito libro. Sé que si lo vuelvo a leer voy a tener ganas de seguir corrigiéndolo, pero ya no puedo dedicar más tiempo a este. Es hora de dejar partir al libro y abocarme a nuevos proyectos (por ejemplo, mi tesis de maestría) . Solo sé que di mi mayor esfuerzo a pesar de mis limitaciones y espero, de todo corazón, que al menos un par de relatos estén decentes.
Han transcurrido casi 6 años desde que acabé mi primer libro de cuentos (agosto del 2010). Este lo publiqué en julio del 2011 y lo presenté en setiembre del mismo año en el Icpna de Miraflores. Luego estuve un año sin escribir una sola línea hasta setiembre del 2012, en que comencé a escribir los borradores de los cuentos que componen esta nueva obra. Inicialmente, se componía de 10 relatos (cada uno lleva el nombre de una mujer), pero al final prescindi de dos, pues sentí el libro muy redundante y predecible. Finalmente, debo decir, más allá del resultado, que he tratado de escribir un libro sencillo, entretenido, sincero, bien escrito, con algunos juegos de técnica. Haciendo el paralelo con la música o el cine, he intentado hacer una balada pop o una comedia romántica. ¡Espero haberlo logrado!
Han transcurrido casi 6 años desde que acabé mi primer libro de cuentos (agosto del 2010). Este lo publiqué en julio del 2011 y lo presenté en setiembre del mismo año en el Icpna de Miraflores. Luego estuve un año sin escribir una sola línea hasta setiembre del 2012, en que comencé a escribir los borradores de los cuentos que componen esta nueva obra. Inicialmente, se componía de 10 relatos (cada uno lleva el nombre de una mujer), pero al final prescindi de dos, pues sentí el libro muy redundante y predecible. Finalmente, debo decir, más allá del resultado, que he tratado de escribir un libro sencillo, entretenido, sincero, bien escrito, con algunos juegos de técnica. Haciendo el paralelo con la música o el cine, he intentado hacer una balada pop o una comedia romántica. ¡Espero haberlo logrado!
Etiquetas:
Fin,
libro,
libro de cuentos,
meta,
sueño
jueves, 22 de septiembre de 2016
Diario de un profesor (32)
Recuerdo que en tercero de media, tenía una profesora de Lenguaje, pequeñita, gordita y de cabello corto, que con solo mirarnos hacía que los 44 alumnos varones de mi colegio guardáramos silencio. Mi aula era el terror del resto de profesores, sin embargo, esta mujer -que valgan verdades tenía aspecto de bruja mala- hacía que los más malcriados de mi clase se conviertan en mansas palomitas. Yo, personalmente, le tenía miedo, pavor. Más aun, cuando explicaba el tema de las oraciones arbóreas en la pizarra, y con su potente y amarga voz, llamaba a alguno de nosotros al frente y nos pedía resolver algún ejercicio. Yo, desde mi carpeta, muerto de miedo, rezaba a diosito para que no me llamara, porque además que sabía que no iba a poder resolver el bendito ejercicio, iba a ser blanco de sus reproches y burlas. Ese año, recuerdo que debido al miedo no aprendí nada y terminé odiando las oraciones arbóreas. Ahora que han pasado los años, y me dedico a la docencia, sé que la disciplina en un aula es vital para el desarrollo normal de una clase (precisamente el mayor temor de un profesor, y causante del estrés, es el no poder lidiar con la disciplina dentro de un aula). Y esta profesora tenía un don en mantener la disciplina en su aula. No obstante, como alguna vez señaló el educador Constantino Carvallo, un poco de temor por parte de los alumnos es bueno (ya que eso genera respeto); sin embargo, el exceso de temor o miedo termina resultando contraproducente, ya que bloquea el aprendizaje. Precisamente, eso es lo que me pasó a mí, pues el miedo que me producía aquella profesora, hizo que no pueda concentrarme ni entender y menos disfrutar del aprendizaje. Por eso, lo ideal es que los profesores manejen la disciplina en su clase (cómo lograrlo es otro gran tema), pero a través del respeto y no del miedo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)