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sábado, 20 de mayo de 2017

Diario de un profesor (46)

Los miércoles tengo reunión de coordinación en el instituto donde laboro. Además de la coordinadora, la acompañaba un profesor a tiempo completo. Era un hombre de poco más de 40 años, bajo, trigueño, de contextura mediana. A pesar de ser uno de los profesores con más experiencia del área, se le veía nervioso (al menos así yo lo noté). A veces, tartamuedeaba al expresar sus ideas y su rostro dibujaba muecas involuntarias. En ciertos momentos, hablaba muy rápido y no le entendía lo que decía. Tenía rostro de "chico bueno", tranquilo, que ha sido "medio lorna" en el colegio. Sin embargo, a pesar de eso, se notaba a leguas que tenía convicciones y, por eso, todos los profesores lo escuchabamos con respeto y atención. Sin duda, mientras escuchaba a aquel coordinador, me identifiqué con él. Al principio con leve molestia y luego con gracia, pues aquel coordinador era como yo. Las mismas virtudes y defectos. Me vi reflejado como un espejo y valoré que él, a pesar de sus "defectos", hubiese llegado lejos. Creo, personalmente, que para ser un buen profesor lo más importante es la vocación de servicio, la pasión. ¿Y el carácter? ¡El carácter nace de nuestras convicciones!

jueves, 22 de septiembre de 2016

Diario de un profesor (32)

Recuerdo que en tercero de media, tenía una profesora de Lenguaje, pequeñita, gordita y de cabello corto, que con solo mirarnos hacía que los 44 alumnos varones de mi colegio guardáramos silencio. Mi aula era el terror del resto de profesores, sin embargo, esta mujer  -que valgan verdades tenía aspecto de bruja mala-  hacía que los más malcriados de  mi clase se conviertan en mansas palomitas. Yo, personalmente, le tenía miedo, pavor. Más aun, cuando explicaba el tema de las oraciones arbóreas en la pizarra, y con su potente y amarga voz, llamaba a alguno de nosotros al frente y nos pedía resolver algún ejercicio. Yo, desde mi carpeta, muerto de miedo, rezaba a diosito para que no me llamara, porque además que sabía que no iba a poder resolver el bendito ejercicio, iba a ser blanco de sus reproches y burlas. Ese año, recuerdo que debido al miedo no aprendí nada y terminé odiando las oraciones arbóreas. Ahora que han pasado los años, y me dedico a la docencia, sé que la disciplina en un aula es vital para el desarrollo normal de una clase (precisamente el mayor temor de un profesor, y causante del estrés, es el no poder lidiar con la disciplina dentro de un aula). Y esta profesora tenía un don en mantener la disciplina en su aula. No obstante, como alguna vez señaló el educador Constantino Carvallo, un poco de temor por parte de los alumnos es bueno (ya que eso genera respeto); sin embargo, el exceso de temor o miedo termina resultando contraproducente, ya que bloquea el aprendizaje. Precisamente, eso es lo que me pasó a mí, pues el miedo que me producía aquella profesora, hizo que no pueda concentrarme ni entender y menos disfrutar del aprendizaje. Por eso, lo ideal es que los profesores manejen la disciplina en su clase (cómo lograrlo es otro gran tema), pero a través del respeto y no del miedo.


domingo, 9 de septiembre de 2012

Diario de un profesor (2)


El profesor Aliaga fue mi profesor de Arte de 1° a 4° de primaria. Recuerdo sus clases en el aula de arte (un salón largo y oscuro), donde nos manchábamos de pintura las manos y los mamelucos con los dibujos que hacíamos. Recuerdo mi emoción cuando el profesor Aliaga, pequeñito, de pelo corto y anteojos, me ponía un 18 y, a veces, un 20. Pasaron los años y ya en 5° de secundaria, me volvió a enseñar el profesor Aliaga, un curso que no era Arte pero que estaba relacionado. Había pasado 7 años desde la última vez que llevé con él. Ahora estaba más canoso, pero, sobre todo, y es lo que más recuerdo: se había vuelto un hombre serio y que sonreía a cuentagotas. Su clase no me enganchó. A veces, me preguntaba: ¿qué pasó con el profesor Aliaga, ese profesor sonriente y bonachón, que nos enseño Arte en primaria? Nunca pude contestar esa pregunta…

Ahora que han pasado los años, y me dedico a enseñar, lo entiendo un poco más a él: seguramente, los problemas de la vida, laborales o familiares, lo agobiaban en ese momento; tal vez, la vida lo había endurecido; tal vez, había perdido la pasión inicial por enseñar…A muchos les pasa eso. ¿Nos pasará a mí o a ti?

lunes, 18 de junio de 2012

Diario de un profesor (1)


¿De dónde me nació las ganas de enseñar?
No lo sé exactamente. Tal vez de algunos profesores que influenciaron en mí: Óscar Luna Victoria, Eduardo Rada, Reynaldo D´Amore, Grégor Díaz, el profe Ojeda y muchos otros que ahora, injustamente, no recuerdo. Ellos tuvieron algo en común: me hicieron confiar más en mí. Tal vez, yo también quiero lograr eso con mis alumnos. Las palabras de un profesor pueden ayudar en la vida de una persona.


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¿En qué reside el éxito de un profesor?
No lo sé. Pero me animo a lanzar una teoría: la pasión. Si no hay pasión, no es posible el éxito pedagógico.



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Me gusta enseñar. Pero siento que he entrado a una rutina –producto del enseñar todos los días- que hace que sienta que he perdido algo de la pasión inicial. ¿Cómo mantener la misma pasión? ¿Será posible que algún día pierda la pasión y enseñe por inercia o en automático? Todo esto me recuerda a un bonito cuento del uruguayo Horacio Quiroga: “El potro salvaje”. Este potro de joven corría por el campo con pasión y atraía a la gente que venía a verlo. Sin embargo, el potro ya adulto, ya maduro, sigue corriendo pero ya no con la misma pasión. Y aunque la gente lo sigue admirando, algunos de ellos, los más observadores, se percatan que ya no corre como antes… Tal vez, a muchos profesores, les ocurre algo parecido y tal vez me pase a mí. Ojalá no sea así.



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Cada vez que entro a clase lo hago con nervios. Hasta el día de hoy enseñar me produce nervios, miedo y adrenalina. Sin embargo, son nervios positivos, pues nacen del querer hacer las cosas bien…Uno siente miedo cuando lo que va a hacer le resulta importante, le resulta de vida o muerte. Por eso, rescato de manera positiva esos nervios y los uso a mi favor.



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Enseñar se parece mucho a la vida de los deportistas. Hay triunfos, empates, muchas derrotas. Y el profesor es como un tenista, como un futbolista, etc. Debe estar preparado para tardes buenas y malas…Y si los mejores tenistas han tenido partidos malos, ¿imagínense un tenista promedio o un profesor promedio como yo?



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Este oficio de enseñar es todo un mundo. Cada día le tengo más respeto y temor. Y me pregunto: ¿en cuántos años me sentiré un profesor de verdad y no alguien que está aprendiendo a enseñar?