lunes, 17 de agosto de 2026

El partido de tenis


Hace tres años y ocho meses que comencé a practicar tenis. Es decir, recién en mis cuarentas me inicié en este hermoso deporte. Mi primer profesor fue Jorge Bustamante (que cuenta conoció y practicó con los mejores tenistas peruanos de los años 90s) y me enseñó durante 1 año, una o dos veces por semana, la técnica básica. Según yo, era un alumno aprovechado que poseía talento. Por eso, a  los tres meses de practicar, participé en un torneo que organizó el profesor Jorge en su academia. Sin embargo, perdí con un hombre de unos 60 años por 6-0 y 6-1. Ese día supe que la experiencia pesaba y mucho. Decidí continuar practicando con humildad, pero ya al segundo año, junto con un amigo, comenzamos a recibir clases de dobles con el profesor Jorge. Y a partir del tercer año, por motivos económicos, ya jugábamos de manera libre alquilando la cancha. En otras palabras, mi amigo y yo practicábamos ahora tenis sin orientación de un docente. Luego, casi acabando el tercer año, por una discusión de mi amigo con el profesor Jorge (por una vieja raqueta que este le prestaba a aquel) tuvimos que mudarnos a jugar a otro lugar cercano. Este era un complejo grande de la municipalidad de Surco con canchas en mejor estado y el alquiler era más económico. Jugábamos los viernes o sábados durante 1 hora (50 minutos efectivos). Fue en marzo del 2026, que vi que se iba a celebrar un torneo en dicho complejo en el mes de abril y decidí participar. Con mi amigo, comenzamos a practicar dos horas para llegar mejor preparados, ya que yo iba a participar en singles en la categoría más baja (5ta B) y también en dobles (categoría mayores de 40 años) junto con él. Mi primer partido lo gané por 6-2 y 6-3 a un joven en sus treintas. Fue un encuentro más disputado de lo que refleja el resultado y, bajo un sol intenso, se definió a mi favor por un par de quiebres míos gracias a errores de mi rival. Feliz por mi triunfo me imaginé ya levantando la copa; sin embargo, en el siguiente partido, un hombre cincuentón y rollizo, me doblegó por 6-0 a 6-1. Poseía un saque con efecto y sus tiros eran bajos y potentes. Esto me desubicó, además de que ese día tuve muchos saques erráticos y débiles. Por su parte, en dobles, como no habíamos practicado en esta modalidad hacía tiempo (solo lo hacíamos en singles), nos ganaron con facilidad 6-0 y 6-1. Nuevamente, me percaté de que la experiencia primaba sobre los bisoños tenistas. Había que ganar kilometraje, pensé. 

En los siguientes meses, seguí practicando con mi amigo, ya con la mentalidad de participar en el próximo torneo y mejorar mi desempeño anterior. En julio, para mi sorpresa, vi que en agosto se iba a realizar el segundo torneo del año. Me emocioné con la idea  y me inscribí solo en individuales en la categoría 5ta B. Debo agregar que siempre practico con mi amigo, y aunque él ha mejorado bastante en el último año, yo siempre le gano con facilidad, salvo días excepcionales. 

Pues bueno, tres días antes del torneo recibí el fixture con el cuadro de participantes. Vi el nombre de mi rival y el día y hora del partido: 15 de agosto a las 10 y 30 a.m. Tres días antes tuve mi último entrenamiento y el día anterior fui al gimnasio para ejercitarme. El día del partido, sábado, llegué al complejo deportivo 15 minutos antes. El clima estaba templado. Cuando llegué a la cancha que me tocaba jugar, la número 2, dejé mis implementos en la pequeña tribuna de cemento y me percaté de que un niño pequeño, de unos 12 años, colorado, pecoso, ojitos claros, calentaba sus brazos con una ligas especiales. Al costado un señor maduro, su padre seguramente, le daba algunas indicaciones. Era mi rival. Le pregunté al joven que iba a ser el árbitro, si podían jugar menores de edad. Me contestó que al ser una categoría libre, no había límites con la edad. Ya en el calentamiento, noté de inmediato la calidad del niño y supe que no podía subestimarlo (seguramente era de esos niños que pertenecen a un club o a la federación y son de los mejores en su categoría). Y efectivamente, en el partido, el niño me dio una paliza. Yo fallaba con mis revés y él, que era zurdo, me lanzaba tiros que no podía alcanzar. Más aún, el niño que ganaba con facilidad lanzaba gritos al golpear la pelota y celebraba con estruendo con un "¡Vamos!" o "¡Ehhh!". Y cuando se equivocaba, también exteriorizaba su cólera o enfado. Yo, por el contrario, como adulto, trataba de mantener la calma y estaba silencioso, salvo un par de veces en que intenté imitar al niño (sin éxito). Hubo dos ocasiones en que pude quebrarle el saque, pero erré en el último tiro y no pude concretar. En los dos últimos games, al ver la derrota inminente, traté de arriesgar pero no pude finiquitar. Hice saque y red, y salvo un par de puntos a mi favor bien hechos, perdí el último juego. El niño celebró con un grito jubiloso. Lleno de sudor, me acerqué a la red lentamente, miré al pequeño con una sonrisa, estiré mi mano y lo felicité. Resultado final: 6-0 y 6-0.  

 

Posdata: al día siguiente, acudí al Complejo a  presenciar al niño jugar con el rival de la siguiente ronda. Este era un joven en sus treintas. El score fue 6-0 y 6-1 a favor del niño.   

Foto: Tomada de elDiario.es.    

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