En los siguientes meses, seguí practicando con mi amigo, ya con la mentalidad de participar en el próximo torneo y mejorar mi desempeño anterior. En julio, para mi sorpresa, vi que en agosto se iba a realizar el segundo torneo del año. Me emocioné con la idea y me inscribí solo en individuales en la categoría 5ta B. Debo agregar que siempre practico con mi amigo, y aunque él ha mejorado bastante en el último año, yo siempre le gano con facilidad, salvo días excepcionales.
Pues bueno, tres días antes del torneo recibí el fixture con el cuadro de participantes. Vi el nombre de mi rival y el día y hora del partido: 15 de agosto a las 10 y 30 a.m. Tres días antes tuve mi último entrenamiento y el día anterior fui al gimnasio para ejercitarme. El día del partido, sábado, llegué al complejo deportivo 15 minutos antes. El clima estaba templado. Cuando llegué a la cancha que me tocaba jugar, la número 2, dejé mis implementos en la pequeña tribuna de cemento y me percaté de que un niño pequeño, de unos 12 años, colorado, pecoso, ojitos claros, calentaba sus brazos con una ligas especiales. Al costado un señor maduro, su padre seguramente, le daba algunas indicaciones. Era mi rival. Le pregunté al joven que iba a ser el árbitro, si podían jugar menores de edad. Me contestó que al ser una categoría libre, no había límites con la edad. Ya en el calentamiento, noté de inmediato la calidad del niño y supe que no podía subestimarlo (seguramente era de esos niños que pertenecen a un club o a la federación y son de los mejores en su categoría). Y efectivamente, en el partido, el niño me dio una paliza. Yo fallaba con mis revés y él, que era zurdo, me lanzaba tiros que no podía alcanzar. Más aún, el niño que ganaba con facilidad lanzaba gritos al golpear la pelota y celebraba con estruendo con un "¡Vamos!" o "¡Ehhh!". Y cuando se equivocaba, también exteriorizaba su cólera o enfado. Yo, por el contrario, como adulto, trataba de mantener la calma y estaba silencioso, salvo un par de veces en que intenté imitar al niño (sin éxito). Hubo dos ocasiones en que pude quebrarle el saque, pero erré en el último tiro y no pude concretar. En los dos últimos games, al ver la derrota inminente, traté de arriesgar pero no pude finiquitar. Hice saque y red, y salvo un par de puntos a mi favor bien hechos, perdí el último juego. El niño celebró con un grito jubiloso. Lleno de sudor, me acerqué a la red lentamente, miré al pequeño con una sonrisa, estiré mi mano y lo felicité. Resultado final: 6-0 y 6-0.
Posdata: al día siguiente, acudí al Complejo a presenciar al niño jugar con el rival de la siguiente ronda. Este era un joven en sus treintas. El score fue 6-0 y 6-1 a favor del niño.
Foto: Tomada de elDiario.es.

No hay comentarios:
Publicar un comentario