El alumno D me saluda siempre al iniciar y terminar las clases. El alumno D es educado conmigo y en su rostro atisbo un gesto de agradecimiento a mi clase y a mi esfuerzo. El alumno D tiene notas regulares, aunque en el segundo examen ha mejorado su rendimiento y ha obtenido 16. Sin embargo, en el tercer y último examen no sale bien. Termina confundiendo un concepto y, lamentablemente, no redacta el texto requerido y obtiene 10 de nota.
Con pesar, debo informarle a D sobre su calificación. Aunque ya aprobó el curso, se acerca fastidiado a mí y me dice que merece más nota. Reviso nuevamente su prueba, pero al ver que no respondió a lo que se pidió, considero injusto colocarle un 11 salvador. Mi conciencia me dice que solo porque me cae bien, no puedo ponerle una nota que siento no se merece (en esta ocasión). Por tanto, le digo a D que no puedo acceder a su pedido, pero le doy la opción de presentar un reclamo sobre su nota, y así otros profesores del curso podrán revisar su examen y considerar si merece una calificación mayor. Se niega y me dice que todo depende de mí. Le señalo, finalmente, que yo no puedo hacer nada, y se marcha enfadado.
Unos quince minutos más tarde, ya en el transcurso de la clase, cambio de lugar a una alumna que conversa con otra e interfiere con el dictado. En ese momento, veo el semblante de D moviendo la cabeza con gesto de reprobación ante mi decisión. Al final de la sesión, se va sin despedirse. En la última clase del ciclo, D realiza su exposición final junto con su grupo. Hace una exposición regular y por debajo del mínimo tiempo requerido. No se lo ve con ganas y su rostro es apático. Ese último día, no me saluda ni al inicio ni al final de clases y se marcha raudo.
Pienso: no es la primera vez que me pasa algo así. Hay alumnos que se toman de modo personal las notas. Unos que creen que uno desaprueba porque el alumno no les cae y otros que piensan que el profesor está en la obligación de aprobar porque sí. No es verdad eso: el docente, al menos yo, coloco la nota que el estudiante se merece (aunque me pueda equivocar). Es decir, le coloco la nota justa dejando de lado si el alumno ha mostrado una buena o mala actitud a lo largo del ciclo.
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