jueves, 11 de septiembre de 2014

Jennifer Capriati

Crecí escuchando los nombres de mujeres tenistas como Steffi Graf, Martina Navralatinova, Gabriela Sabatini, Arantxa Sánchez, etc. En 1990, irrumpió una adolescente estadounidense de 13 años, Jennifer Capriati (1976), que fue catalogada como una niña prodigio y que se avizoraba como la futura número 1 en reemplazo de la invencible alemana Steffi Graff. Tanto así que en sus primer año como profesional ya había alcanzado una semifinal en el Roland Garros y estaba en el top 10. En 1991 y 1992, obtuvo también buenos resultados: semifinales en Wimbledon y US Open, en 1991; y medalla de oro en las Olimpiadas de Barcelona 1992. Se esperaba, en los próximos años, su consolidación.

Sin embargo, en 1993 tuvo un bajón en su juego y durante 1994 y 1995 se retiró del circuito para estudiar en la Universidad. En ese lapso de tiempo se vio implicado en problemas de drogas y robo. En 1996, con 20 años, retorna al circuito, pero está muy lejos de su nivel y cae en primera ronda en todos los Grand Slams en los que participa. Igual ocurre en 1997 y 1998. Ya para entonces, nadie daba un peso por la otrora niña prodigio del tenis. Ni siquiera sus seguidores. Se pensaba que Jennifer Capriati era un claro ejemplo de esas deportistas que surgieron como grandes promesas, pero que quedaron solo en eso: en una promesa.

En 1999 y 2000 mejoró su juego, aunque todavía estaba lejos de sus inicios. Consiguió cuartas rondas en algunos Slams y una semifinal en el Abierto de Australia en el 2000. Hasta que vino el milagro. Hasta que ocurrió lo que nadie se esperaba. Jennifer Capriati, en el 2001, hizo una temporada fenomenal que la llevó al número 1 del ránking. En ese inolvidable año ganó los abiertos de Australia y el Roland Garros, además de semifinales en Wimbledon y Abierto de Estados Unidos. En el 20012, también comenzó de manera brillante, obteniendo por segunda vez el abierto de Australia y llegando a la semifinal en el Roland Garros y luego a cuartos de final en los dos torneos restantes. Jennifer jugó dos años más obteniendo buenos resultados: tres semifinales y cuatro cuartos de final y se retiró en el 2004.

En el 2012, según Wikipedia, ingresó al Salón de la Fama del Tenis por su brillante carrera deportiva.
Concluyendo, Capriati resulta un ejemplo para todos, porque demostró, cuando nadie daba un cobre por ella, que el poder mental y el trabajo disciplinado pueden dar frutos. Y que depende de uno salir adelante. Capriati, en esos años perdidos, me imagino que dudó de su talento, de su capacidad, estaba llena de problemas que no la dejaban estar tranquila para poder jugar, hasta que  un día hastiada de aquello, comenzó a trabajar, a trabajar, a buscar su esencia que había perdido (esa niña que jugaba al tenis con amor y en el cual el tenis era su vida). Y finalmente, lo consiguió.


sábado, 23 de agosto de 2014

Lucy


Luc Besson (1959), el director francés, vuelve con fuerza con “Lucy” (2014), su nueva película, de ciencia ficción, protagonizada por la guapa Scarlett Johansson y Morgan Freeman. Veinte años después del estreno de la inolvidable “El profesional”, y luego de una película regularona, “Mala vita” (2013), que hacía pensar que su nivel creativo iba en descenso, Besson nos vuelve a demostrar que su genio sigue intacto. La prueba contundente de esto es “Lucy”, película que exuda talento y genio por todos lados y que en su primera semana de estreno en Estados Unidos y Canadá ha sido un éxito de taquilla y de crítica.

La historia comienza como una clásica historia de Besson sobre drogas y mafiosos, en la cual Lucy –interpretada magistralmente por Johansson– es obligada a hacer de burrier por unos mafiosos chinos. Sin embargo, esta sufre un percance y tras una paliza, la droga, que es una droga nueva y muy poderosa, y que está dentro de su cuerpo, se esparce y hace que desarrolle habilidades y poderes sobrenaturales que se van incrementando cada vez más. Con la ayuda de estos poderes, trata de cobrar venganza y encontrarle un sentido a su vida sabiendo que no le queda mucho tiempo.  Como en las películas de Besson, quien es guionista y director, este argumento podría parecer intrascendente,  sin embargo el genio del director francés hace que esta cinta brille y uno como espectador quede perplejo de tanta belleza visual que arroja el inmenso ecran.  Porque en Besson, si hay una lección que nos deja, es que en el arte cualquier tema es bueno y que lo más importante no es tanto lo que cuentas, sino sobre todo cómo lo cuentas. Y es ahí cuando Besson hace arte sublime. Una película de acción, de drogas, de disparos, de sangre, se vuelve en una puesta en escena que maravilla. Otra cosa más, Besson aquí vuelve a apostar por un personaje femenino  como protagonista (recordemos a Nikita, Matilda, Mila Jovovich en “El quinto elemento” y en “Juana de Arco”) y vaya que crea otro personaje de antología, rico, llenos  de matices, fuerte y a la vez vulnerable.

A los que hemos seguido parte de la carrera de Besson, nos alegra mucho esta nueva película. Sabemos que se convertirá en un nuevo clásico del cine y en una cinta que enriquecerá su ya inolvidable obra. Solo me queda destacar que celebramos su gran regreso, que aún esperamos más de él (ver si nos puede seguir regalando su talento con otras historias) y resaltar que con el peso de los años, lo siguen acompañando sus fieles compinches de varias y espléndidas batallas: Eric  Serra (en la música) y Thierry Arbogast (en la fotografía). ¡Gracias, Luc!

martes, 29 de julio de 2014

Introducción (o lo que pudo ser una introducción)

Hace poco más de un año escribí una introducción para el libro que estoy escribiendo. Ayer la releí y sentí que estaba de más, que no era necesario incluir una presentación, proemio e introducción en un libro. Mejor es que el libro se defienda solito. Pero para que no quede en el olvido, incluyo esto que pudo ser una introducción y no fue:


                                                                           ***
Escribo esto a mitad del libro, y lo hago porque tengo una pena en el corazón. Hace tres meses conocí a una cuzqueña linda en una discoteca. Primera vez que conocía a alguien en serio en una discoteca, donde lo normal es tener solo aventuras. Hicimos química de inmediato y salimos una vez junto con sus amigas. No miento, fue una de las salidas más bonitas que tuve en mi vida. Pensé: yo quiero una chica así. Y ese día, no pude contener mis ganas, le dije que me parecía linda y que quería conocerla. Ella aceptó y acordamos salir para conocernos. Pero su trabajo y falta de tiempo impidió que esto ocurriera un par de veces. Sin embargo, conforme las semanas pasaban, ella comenzó a poner excusas cada vez más inverosímiles y comencé a sospechar que su interés estaba disminuyendo. Me esforcé entonces por hacer méritos para salir con ella, pero parece que no dio resultado. Hace tres semanas fue la última vez que hablamos por teléfono y le confesé nuevamente mi gran interés, pero ella se excuso diciendo que estaba ocupada, que acababa de salir de una relación y que me veía como amigo. Y yo ahora, a pesar de mantener ese gran interés, he tenido que hacer de tripas corazón y no he vuelto a insistirle. En estas semanas no la he llamado, a pesar que ganas no me han faltado. Y esta sensación de vacío, pena, nostalgia por algo que pudo ser y parece que no será, me deja apenado. Sin embargo, viéndolo desde un plano más amplio y optimista, pienso que sí me sirve de repente no para escribir una historia de ella (porque faltó que sucedieran más cosas), pero sí para dar pie a este libro, para recoger emociones que me hicieron recordar historias pasadas, para recordar que a pesar de la evidente pena, esta pasa y la alegría y la sonrisa vuelven a aparecer. Me gustaría pensar que la historia con esa chica (la cuzqueñita) va a acabar en una final feliz, en un final a lo Charles Chaplin en Tiempos modernos o La quimera de oro, pero eso es incierto. Sin embargo, el tiempo pasa y lo más importante, a pesar de las derrotas amorosas y que a veces nos provoque llorar, es mantener la sonrisa, el optimismo. Sí, eso es, mantener la sonrisa, el optimismo y pensar que eso que sueñas pasará.

 

sábado, 19 de julio de 2014

Necesario pero no suficiente


“Necesario, pero no suficiente” (2000) es una “novela empresarial” de Eliyahu M. Goldratt, autor de bestsellers como “La meta”, “No es cuestión de suerte”, “Cadena crítica”. Lo leí por motivos de trabajo y porque lo encontré de casualidad sobre el escritorio de mi hermano: me llamó la atención que tenía el rótulo de “novela empresarial” y como nunca había leído algo similar me embarqué en la aventura.

La novela gira sobre una empresa de software, a finales de los 90s, que ha llegado a su techo, o cree haberlo llegado, y tiene que buscar ampliar su mercado para no estancarse y seguir creciendo con las altas tasas de los últimos años. La historia empieza bien y se centra en el director de la empresa  -el brillante y ambicioso Scott- y sus más cercanos colaboradores (Maggie, Lenny, Gail); poco a poco  vamos conociendo los nuevos retos que se le impone a la empresa de software en el mercado. Narrada de manera ágil y con cuidado del lenguaje (al menos en la primera parte) la historia fluye muy bien hasta la mitad o poco más (el libro tiene 259 páginas), pero en la última parte la novela se vuelve demasiado técnica y didáctica con el fin de que el autor explique a fondo su Teoría de las Limitaciones (TOC) y soluciones que competen solo a personas que trabajan en plantas, almacenes y tienen que lidiar con existencias y  stocks. Lo que queda claro luego de leer esta novela es que una empresa de software (u otra cualquiera) siempre debe estar innovando y buscando reinventarse, ya que es la única forma de seguir creciendo. E incluso cuando crees que ya estás llegando a tu techo, siempre falta bastante, solo es cuestión de ampliar la perspectiva y ser buen observador de lo que ocurre alrededor.

En suma, esta novela inicia bien, pero luego se vuelve demasiado didáctica y técnica y se presta solo para que el autor explique su Teoría de las Limitaciones, que puede interesar a cualquier empresario o gente vinculada al ramo.  

domingo, 13 de julio de 2014

Mundial de fútbol Brasil 2014

Recuerdo la frase de Albert Camus de que “el fútbol es como la vida”. Lo comprobé o lo verifiqué con certeza luego de ver el Mundial del Brasil 2014, en el cual Alemania se llevó la copa derrotando al equipo argentino (1 a 0). Y sí, el fútbol es como la vida porque en un partido se ve lo mejor y lo peor del ser humano, se ven escenas conmovedoras, de juego limpio, de hermandad, de valentía, de trabajo en equipo, de ganas de dejar lo mejor de uno mismo; pero también se ven faltas certeras y de mala entraña, partidos para el olvido y la sensación de que se trata de un deporte primitivo carente de mística.
   Pero luego de ver el mundial, y ver cómo cayeron selecciones favoritas como España o Brasil, se entiende que es como la vida. Porque incluso los grandes caen, tienen días pésimos en que la derrota los envuelve, pero eso sirve, finalmente, para reflexionar, levantarse y seguir adelante. Brasil, luego de este par de calamitosas derrotas, sabrá, estoy seguro, recuperar la humildad y trabajar en silencio para recuperar el sitial que ostentan: ser la potencia mundial en fútbol.
   Alemania, por su parte demostró, regularidad en su fútbol, en su sistema, en una apuesta por un trabajo a largo plazo que dio frutos en este mundial. En Sudáfrica 2010, quedaron terceros, con un equipo de jovencitos, y ya se perfilaba como favorita para este mundial. Argentina, por su parte, mejoró de manera notable y si no ganó el Mundial fue por suerte o porque su máxima figura, Lionel Messi, no estuvo en su mejor noche. La vida le sabrá dar una revancha.
   Esto también se traslada a equipos como Costa Rica que dio la sorpresa quedando primero en su grupo derrotando a grandes selecciones como Italia y Uruguay. Esto fue un ejemplo de que trabajando serio y con un trabajo de mentalidad se puede llegar lejos.  
   Lo mismo ocurre con los jugadores. Hubo grandes jugadores que tuvieron opacas actuaciones, es el caso de Cristiano Ronaldo. Messi tuvo una regular participación, aunque fue figura indiscutible en la primera parte del torneo. El holandés Robben demostró ser un gran jugador y estoy seguro pasó a la historia del fútbol y quedó en la memoria de muchos niños que vieron por primera vez un mundial. Con qué gusto jugaba el condenado pelado. Parecía un chiquillo de colegio que sale al recreo dispuesto a divertirse con la pelota. Parecía como quisiera pasar a la historia y dejar la última gota.
  En suma, muchas postales para el recuerdo nos dejó este mundial, incluido la mordida que le propinó el uruguayo Luisito Suárez al defensa italiano, pero sobre todo nos hizo o me hizo entender a cabalidad esa sentencia del escritor y filósofo francés Albert Camus: “La vida es como el fútbol”. Sin lugar a dudas.

martes, 17 de junio de 2014

Vacas, cerdos, guerras y brujas


En la universidad leí “Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura” (1974), del antropólogo  Marvin Harris y siempre me quedé con ganas de algún día releerlo y captar las cosas que se me pasaron. Claro que capté lo esencial. Es decir, un libro en el que el antropólogo Harris trata de explicar las razones prácticas o racionales que se esconden detrás de ciertos enigmas o costumbres culturales a simple vista irracionales o sin explicación lógica. Pues bien, ahora que lo he releído confirmo que el libro es valioso y encierra ensayos muy interesantes, aunque unos mejores que otros.
El libro se divide en 11 ensayos y un epílogo. Sin embargo, todos los ensayos, tal como menciona el autor en la introducción, están hilados y se relacionan. Es decir, que para entender, por ejemplo, el ensayo “Mesías” (que es el sétimo ensayo) hay que leer los anteriores.
En el primer ensayo, Harris explica el motivo de por qué los hindúes no comen carne de vaca; en el segundo, por qué los judíos y musulmanes no comen carne de cerdo; en el tercero, habla de las bases prácticas de las guerras primitivas; en el cuarto, explica que el dominio sexual no depende de las características físicas de cada género, sino de quién controla la tecnología de la defensa y la agresión; en el quinto, explica el sentido práctico de la búsqueda de estatus en las sociedades. En otros ensayos, refiere cómo Jesús no fue un mesías pacífico. Pero sus discípulos trataron de borrar esas huellas; en otro explica el fenómeno de la caza de brujas entre los siglos 13 y 17. Harris aquí sostiene que el fenómeno de las brujas fue creada por las clases gobernantes y la Iglesia como medio de suprimir las sublevaciones del pueblo, liberarse de su responsabilidad y que el pueblo achaque la razón de su pobreza y sus desgracias a las “brujas”. Finalmente, en el último ensayo habla de la contracultura como una rebeldía inofensiva que no daña al sistema y que permite mantener las desigualdades contemporáneas.

En suma, el libro de Harris es un libro agudo y lúcido que analiza varios fenómenos de  la cultura que detrás de su irracionalidad esconden variables prácticas. Y en conjunto, estos ensayos logran ofrecer un buen panorama para entender mejor lo que ha ocurrido y ocurre a nuestro alrededor. Por tanto, este libro no ha perdido actualidad y es de lectura obligada.

martes, 27 de mayo de 2014

Todos eran mis hijos


El domingo fui al teatro Británico, en Miraflores, a ver “Todos eran mis hijos”, del dramaturgo estadounidense Arthur Miller y adaptada por Claudio Tolcachir. La obra es dirigida por Carlos Tolentino y está protagonizada por el argentino Víctor Hugo Vieyra y los peruanos Attilia Boschetti, Sebastián Reátegui, Natalia Cárdenas, Francisco Cabrera, Claudia Bérninzon, entre otros.

La obra se ambienta luego de la 2da Guerra Mundial y el conflicto se centra en la responsabilidad del señor Joe Keller por haber vendido armas defectuosas al ejército estadounidense y que provocó  la muerte de 21 pilotos. Uno de esos pilotos es su hijo (Larry Keller). El Sr. Keller es absuelto en un juicio, pero su socio es encerrado en la cárcel. La historia, sin embargo, inicia cuando Chris Keller (el hijo) anuncia la llegada de Ann (hija del antiguo socio del Sr. Keller) a quien pedirá en matrimonio. Y esto provoca que el pasado turbio del Sr. Keller aflore de nuevo para él y su familia.

Dividida en tres actos, la obra va alcanzando intensidad conforme transcurre. El primer acto culmina con el anuncio de la llegada a la casa de los Keller del hermano de Ann, George Deever, hijo del antiguo socio del Sr. Keller. El segundo acto culmina, por su parte, cuando el Sr. Keller y su hijo se entrampan en una discusión, sobre la responsabilidad de aquel en la muerte de los 21 pilotos. El Sr. Keller termina aceptando su responsabilidad, pero escudándose de que fue un error involuntario y además tenía que sacar adelante a su familia. Finalmente, en el último acto, la verdad oculta por tanto tiempo (la responsabilidad del Sr. Keller en la muerte de su hijo), sale a la luz y desencadena una tragedia.
Como público, uno va a presenciando esa verdad que personifican los actores en el escenario. Y se va envolviendo en la historia y el conflicto que viven. Gracias a las brillantes actuaciones de Víctor Vieyra y Atilia Boschetti y las destacadas del resto del elenco, la historia de Miller y la puesta de Tolentino cobran vuelo y alcanzan tal grado de verdad, que uno como público termina cautivado y emocionado con el clímax y el desenlace de la obra. Al final, cuando el elenco sale a saludar a la gente, no le queda a uno más que pararse de su butaca y aplaudir porque sabe que ese grupo de actores ha dado su vida en el escenario. En suma, ¡no hay que perderse esta obra que va hasta la mitad de junio, de jueves a lunes, a las 8 pm., en el Británico: “Todos eran mis hijos!”