Amistad de juventud (1990) es un libro de relatos de la canadiense Alice Munro (1931), ganadora del premio Nobel de literatura el año 2013. Compuesto de diez cuentos, este libro es una clara y rotunda demostración del gran talento de esta escritora nacida en Ontario y que se caracteriza por publicar, básicamente, libros de cuentos con regular frecuencia.
En esta publicación no hay cuento malo, todos son buenos, aunque hay algunos que son obras maestras redondas. Entre ellos, según mi subjetiva opinión, están: "Fotografías del hielo", "Bondad y misericordia", "De otro modo" y "El día de la peluca". Casi todos estos relatos y los demás giran en torno a la vida de mujeres canadienses de clase media, que parecen insatisfechas con la existencia que les ha tocado vivir. Cada cuento está escrito con saltos temporales y abarcan amplios periodos de tiempo en la vida de los protagonistas. Además, diversos personajes giran alrededor de aquellos.
Los relatos arriba mencionados me agradan sobre todo porque penetran más en la vida sentimental y sexual de sus personajes femeninos (infidelidades fuera del matrimonio, celos). Por ejemplo, en "Five Points" una mujer casada comienza a tener una aventura con un hombre menor. En "Naranjas y manzanas", un esposo descubre que su joven y hermosa esposa le coquetea a su amigo, y comienza a sentir celos. En "De otro modo", dos amigas casadas se confiesan, un día, que no son felices en sus matrimonios (pues encuentran a sus esposos muy inocentes) y tienen aventuras con otros hombres. Finalmente, en "El día de la peluca", dos amigas de infancia se encuentran después de más de treinta años y se cuentan qué fue de sus vidas personales y sentimentales... Y todo esto narrado -como ya dijimos- con saltos de tiempo y de espacio, con una prosa en apariencia sencilla pero de una belleza impresionista, y con un mundo propio tal que cada cuento parece una pequeña novela con su propio microcosmos... Tal vez su único punto débil sean sus desenlaces que -en varias ocasiones- parecen demasiado abiertos o te dejan con la sensación de extrañeza.
Sin duda, Alice Munro es una escritora notable que hay que leer sí o sí. El placer está garantizado.
sábado, 21 de abril de 2018
jueves, 12 de abril de 2018
Diario de un profesor (57)
En mi trabajo, tengo compañeros jóvenes de 25 a 28 años. Algunos son muy talentosos y tienen pasta
para la enseñanza: se les nota la pasión y la sensibilidad a leguas. Hay,
especialmente, dos que el año pasado estuvieron trabajando en colegios. Por lo
que sé, obtuvieron muy buenos resultados. Uno de ellos trabajó en un colegio
estatal, en secundaria, y remodeló la abandonada biblioteca con la ayuda de sus
alumnos de quinto de media. Lamentablemente, hace poco me enteré que este año
ambos no van a continuar. Infiero las razones: el trabajo es harto pesado y la paga es muy poca; el estrés es muy fuerte y la recompensa moral (la gratitud de los alumnos) no basta. Como decía Constantino Carvallo, enseñar desgasta física y emocionalmente, y ejercer la docencia con pasión, a lo largo de los años, es una labor titánica.
Es una pena (aunque
comprensible), por tanto, que muchos buenos docentes dejen de enseñar en las
escuelas y prefieran hacerlo en institutos y universidades, donde el estrés es
menor y la paga es mejor (sin ser la gran cosa). Yo mismo enseñé en un colegio privado
solo dos años, y luego di mi salto a un instituto. Y las razones fueron las
arriba mencionadas. El estrés y la poca paga no justificaban el sacrificio.
Además, te topabas con algunos alumnos que ni siquiera valoraban tu esfuerzo y
dedicación. Eso desalienta a muchos jóvenes profesores y los hace alejarse de las
escuelas. Una pena, porque los mejores deberían ir allí.
Por tanto, el Estado y la sociedad deberían incentivar, a través de un mejor
salario y atractivas condiciones laborales, que los profesionales más
destacados quieran enseñar en los colegios. Más aún, sería interesante promover
que los mejores estudiantes, de las universidades e institutos más prestigiosos
y pertenecientes a diversas carreras, enseñen un año en escuelas públicas o
privadas (como un voluntariado o servicio al país). Esto a cambio de un futuro beneficio laboral en las empresas a las que
postulen. Por el momento, solo hay esfuerzos aislados como Enseña Perú y otras ONGs.
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miércoles, 14 de marzo de 2018
Diario de un profesor (56)
Extraído de un fragmento del cuento "Agárrame fuerte, no me sueltes", de la canadiense Alice Munro, premio Nobel de Literatura 2013
"...Más bien parecía un hombre que se tenía en tan buen concepto que podía permitirse ser algo dejado. Tenía un cuerpo robusto y fuerte. Un rostro cuadrado y lozano, cabello blanco ahuecado que le surgía como un adorno vigoroso alrededor de la frente. Estaba encantado de que ella (Hazel) le hubiese tomado por el camarero, como si eso pudiera ser una especie de jugarreta que él le hubiese gastado. En la clase ella le habría tomado por un posible alborotador, no de los ruidosos ni de los tontos, ni de la clase definitivamente despectiva y hastiada, sino de los que se sientan en la parte de atrás de la clase, inteligentes e indolentes, y hacen observaciones de las que no puedes estar totalmente seguro. Subversión mansa, astuta y decidida..., una de las cosas más difíciles de erradicar en una clase. Lo que hay que hacer (Hazel les había dicho esto a los profesores más jóvenes, o a aquellos que tendían a desanimarse más fácilmente que ella), lo que hay que hacer es encontrar alguna manera de desafiar su inteligencia. Convertirla en una herramienta, no en un juguete. La inteligencia de una persona así está infrautilizada".
"...Más bien parecía un hombre que se tenía en tan buen concepto que podía permitirse ser algo dejado. Tenía un cuerpo robusto y fuerte. Un rostro cuadrado y lozano, cabello blanco ahuecado que le surgía como un adorno vigoroso alrededor de la frente. Estaba encantado de que ella (Hazel) le hubiese tomado por el camarero, como si eso pudiera ser una especie de jugarreta que él le hubiese gastado. En la clase ella le habría tomado por un posible alborotador, no de los ruidosos ni de los tontos, ni de la clase definitivamente despectiva y hastiada, sino de los que se sientan en la parte de atrás de la clase, inteligentes e indolentes, y hacen observaciones de las que no puedes estar totalmente seguro. Subversión mansa, astuta y decidida..., una de las cosas más difíciles de erradicar en una clase. Lo que hay que hacer (Hazel les había dicho esto a los profesores más jóvenes, o a aquellos que tendían a desanimarse más fácilmente que ella), lo que hay que hacer es encontrar alguna manera de desafiar su inteligencia. Convertirla en una herramienta, no en un juguete. La inteligencia de una persona así está infrautilizada".
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miércoles, 7 de marzo de 2018
Orientación vocacional
Hoy visité la biblioteca de mi ex universidad y me topé con este libro por azar. Compuesto de veintinueve pequeños relatos (de 2 a 5 caras) sobre el colegio y los compañeros del narrador, hojeé un par y me enganché con la entretenida lectura. Fue así que "malgasté" toda la mañana en acabar este divertido libro del autor peruano Pierre Castro Sandoval (Trujillo, 1979) titulado Orientación vocacional.
Cada pequeño cuento está acompañado de ilustraciones del mismo escritor. Lo que más llama la atención de estos relatos es el humor que destilan y el uso de lisuras (putamadre, conchatumadre, huevonazo, huevonazazazazaso, pinga, culo, hijodeputa, tetazas, etc.) de un modo literario. Es decir, estas lisuras están bien empleadas y, además de formar parte del estilo del autor, permiten reflejar el lenguaje desenfadado e irreverente de los adolescentes de los 90s.
Este libro es un regreso a la infancia y adolescencia del narrador, quien evoca con irreverencia, humor e incluso, en ocasiones, con nostalgia, a aquellos compañeros y compañeras que compartieron aulas con él. Por supuesto, hay cuentos más logrados que otros, pero haciendo el balance, el saldo es positivo. Uno como lector lee entretenido las anécdotas y mataperradas de estos escolares en la época de los videojuegos (Mario Bros, Double Dragon), el yogurt Milkito, los ticoticos, y no puede dejar de identificarse y pensar -con una sonrisa resignada- que ser adolescente es sinónimo de inmadurez y palomillada.
Cada pequeño cuento está acompañado de ilustraciones del mismo escritor. Lo que más llama la atención de estos relatos es el humor que destilan y el uso de lisuras (putamadre, conchatumadre, huevonazo, huevonazazazazaso, pinga, culo, hijodeputa, tetazas, etc.) de un modo literario. Es decir, estas lisuras están bien empleadas y, además de formar parte del estilo del autor, permiten reflejar el lenguaje desenfadado e irreverente de los adolescentes de los 90s.
Este libro es un regreso a la infancia y adolescencia del narrador, quien evoca con irreverencia, humor e incluso, en ocasiones, con nostalgia, a aquellos compañeros y compañeras que compartieron aulas con él. Por supuesto, hay cuentos más logrados que otros, pero haciendo el balance, el saldo es positivo. Uno como lector lee entretenido las anécdotas y mataperradas de estos escolares en la época de los videojuegos (Mario Bros, Double Dragon), el yogurt Milkito, los ticoticos, y no puede dejar de identificarse y pensar -con una sonrisa resignada- que ser adolescente es sinónimo de inmadurez y palomillada.
lunes, 26 de febrero de 2018
El libro de los amores ridículos
Leí El libro de los
amores ridículos (1968), del checo Milan Kundera (1929), en el último año
de la universidad. Me gustó mucho (antes había leído su novela La insoportable levedad del ser, que
también me agradó bastante). El libro de
los amores ridículos, recordaba, era un conjunto de relatos divertidos
sobre el amor y que, a través del narrador, se filosofa en torno a este
sentimiento. Recordaba también que tres cuentos me habían gustado en especial.
Pero, sobre todo, me acordaba del cuento “El falso autostop” que me parecía
originalísimo y una obra maestra, y que en el 2003 se realizó, incluso, una
versión teatral en el centro cultural de la Católica.
Pues bien, acabo de releer el libro de Kundera después de 15
años y me he divertido leyéndolo. He vuelto a comprobar la belleza de los cuentos
arriba mencionados, y, más aún, he descubierto un par de relatos más que son igual
de valiosos. Por ejemplo, el primero “Nadie se va a reír” es la entretenida
historia de un profesor mujeriego que se niega a escribir una reseña elogiosa a
un tipo, y trata de eludirlo con cualquier artimaña. Esto pone en aprietos a la
estudiante que es su pareja. El segundo cuento, “La dorada manzana del deseo”
es una buena historia sobre un hombre casado que se dedica a flirtear con las chicas
que conoce; sin embargo, nunca llega a mayores, pues es fiel a su mujer. El
desenlace, no obstante, no es tan bueno. “El falso autostop”, tercer relato, es una
obra maestra y cuenta la historia de una pareja de veinteañeros, que en el
inicio de sus vacaciones -en el auto que conduce uno de ellos- comienzan a
actuar como si fueran extraños, y eso rebela sus inseguridades, miedos y sus
ocultas personalidades. El cuarto cuento (“Symposion”) y el sexto (“El doctor
Havel al cabo de veinte años”) giran en torno a un grupo doctores, en especial
el doctor Havel (un hombre mujeriego). A pesar de que son interesantes y
entretenidos, son los más flojos del conjunto. Quizá porque abusan de las
reflexiones filosóficas del narrador acerca del comportamiento de sus
personajes. Ojo, la mayoría de las reflexiones del narrador son muy
interesantes en casi todas las historias, pero sobre todo en estos cuentos se percibe
cierto abuso e interfieren de cierta forma con la trama (especialmente en “Symposion”).
Pese a eso, como ya dijimos, son dignos de interés y de ágil lectura.
El quinto relato “Que los muertos viejos dejen sitio a los
muertos jóvenes” es uno de los mejores del conjunto. Narra el reencuentro de un
hombre de 35 y una mujer de 54, que quince años atrás tuvieron una aventura. Ya en el departamento de él (ambos infelices con sus vidas actuales
y más viejos), decidirán si vuelven a tener una aventura. Finalmente, “Eduard y
dios” es el divertido último cuento. Trata sobre un joven profesor que sale con
una chica y quiere acostarse con ella; pero ella, que cree en dios, lo rechaza
porque eso iría contra uno de los mandamientos de dios (“No fornicarás”). Él, por
tanto, fingirá creer para poder ablandarla y así lograr su cometido. Eso lo
meterá en graciosos enredos.
En suma, El libro de los
amores ridículos, de Milan Kundera, pese a sus leves defectos, es un
excelente libro que vale la pena leer. El placer está garantizado sin lugar a dudas.
¡Muy recomendable!
jueves, 15 de febrero de 2018
Diario de un profesor (55)
Llego a la sala de profesores de la universidad donde laboro hace un par de años. Solo hay cuatro o cinco docentes concentrados frente a las computadoras. La sala es de tamaño regular: poco más de un aula de clase. Paso de largo, sin saludar, y me siento frente a una computadora, en una fila, en la que estoy solo. Al rato, van llegando otros profesores. Se sientan a mi costado, pero la gran mayoría toma asiento y no saluda. A veces, volteo el rostro, y uno me devuelve la mirada, y nos saludamos. Pero son solo excepciones... Cuento esto, porque en la sala de profesores del colegio y el instituto donde enseñaba antes, todos nos saludábamos y conversábamos con amabilidad, como si fuéramos una familia. Pero en esta prestigiosa universidad donde laboro, pese a que siempre veo los mismos rostros, el trato entre docentes es más frío e impersonal. Tal vez sea, porque al ser una institución mucho más grande, y contar con numerosos profesores, se produce este fenómeno...Yo mismo me he contagiado de esta dinámica. Antes, cuando recién ingresé, saludaba cuando entraba a la sala de docentes, pero luego, al ver que solo unos pocos me devolvían el saludo o se sentaban junto a mí sin proferir palabra, comencé a adoptar el mismo comportamiento. Ahora, a lo más, solo saludo a quienes se sientan a mi costado.... Pero pregunto, ¿acaso no somos profesores y, por ende, deberíamos cultivar las buenas maneras, esas buenas maneras que intentamos transmitir a nuestros alumnos y que hacen, de manera casi imperceptible, que nuestras vidas sean más ricas y humanas? ¿acaso esa falta de cordialidad hacia el prójimo demuestra que nosotros como docentes de repente sabemos mucho de nuestra materia pero no de la educación más básica y fundamental, esa que está en los pequeños detalles?
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miércoles, 7 de febrero de 2018
Destierro
Según el crítico y poeta José Carlos Yrigoyen, la novela corta Destierro, de Alina Gadea (1966), ha sido una de las mejores novelas peruanas del 2017. Acabo de leerla en la simpática edición de editorial Planeta bajo su sello Emecé cruz del sur. Tengo la impresión de que se trata de un libro de interés, escrito con una prosa de aliento poético, que muestra a una narradora con talento. La historia gira en torno a la separación de una pareja de esposos; y cada pequeño capítulo (de una a tres páginas como máximo) nos muestra, a manera de pincelazos breves pero rotundos, los instantes previos y posteriores a la ruptura y el divorcio. A su vez, valiéndose la autora Alina Gadea del psiconálisis, desarrolla capítulos donde la narradora (la esposa) cuenta detalles de su infancia y la de su esposo (ambos bajo el dominio de madres autoritarias y represivas) que explican, de cierta manera, el por qué del fracaso de la relación entre ambos.
Gadea, como señala la contraportada, se vale de una prosa fragmentaria que te suelta breves episodios de lo que fue la relación y el por qué de la ruptura. Por ejemplo, que el esposo, un militar, era un hombre que estaba ausente mientras ella se encargaba sola de la crianza de sus hijos. Esta prosa escindida, fragmentaria, brinda información valiosa, pero también deja al lector con preguntas, con cabos sueltos, como piezas de un rompecabezas que él mismo deberá armar.
Lo mejor de esta novela corta, además de su prosa poética, es el desenlace; y no tanto, por lo que ocurre, sino por cómo lo narra. La escena en que ambos firman los papeles del divorcio en una notaría, y ella es presa de la dudas y del temor, y luego de la firma, se derrumba a los hombros del ex esposo, está muy bien contada y conmueve. Igual ocurre con la muerte de su madre, esa mujer autoritaria, castradora, que al final de su vida ha perdido la memoria, y antes de morir tiene un arrebato de lucidez y le pide perdón a su hija. Finalmente, la escena final, en que la narradora (la esposa), a pesar de estar devastada con la separación, se dirige al acantilado en Miraflores, y en vez de lanzarse y terminar con su vida (como le había pasado por la mente), decide volar en parapente con un instructor, y desde lo alto del cielo azul, al ver la ciudad de Lima y sus calles y casas en miniatura, y tras respirar hondo y serenarse, se da cuenta que la vida continúa y que ella ya no es "una locomotora a punto de descarrilarse" ni ha naufragado.
En síntesis, Destierro es una novela corta interesante y muy recomendable. Y muestra que en el Perú hay también escritoras de talento.
Gadea, como señala la contraportada, se vale de una prosa fragmentaria que te suelta breves episodios de lo que fue la relación y el por qué de la ruptura. Por ejemplo, que el esposo, un militar, era un hombre que estaba ausente mientras ella se encargaba sola de la crianza de sus hijos. Esta prosa escindida, fragmentaria, brinda información valiosa, pero también deja al lector con preguntas, con cabos sueltos, como piezas de un rompecabezas que él mismo deberá armar.
Lo mejor de esta novela corta, además de su prosa poética, es el desenlace; y no tanto, por lo que ocurre, sino por cómo lo narra. La escena en que ambos firman los papeles del divorcio en una notaría, y ella es presa de la dudas y del temor, y luego de la firma, se derrumba a los hombros del ex esposo, está muy bien contada y conmueve. Igual ocurre con la muerte de su madre, esa mujer autoritaria, castradora, que al final de su vida ha perdido la memoria, y antes de morir tiene un arrebato de lucidez y le pide perdón a su hija. Finalmente, la escena final, en que la narradora (la esposa), a pesar de estar devastada con la separación, se dirige al acantilado en Miraflores, y en vez de lanzarse y terminar con su vida (como le había pasado por la mente), decide volar en parapente con un instructor, y desde lo alto del cielo azul, al ver la ciudad de Lima y sus calles y casas en miniatura, y tras respirar hondo y serenarse, se da cuenta que la vida continúa y que ella ya no es "una locomotora a punto de descarrilarse" ni ha naufragado.
En síntesis, Destierro es una novela corta interesante y muy recomendable. Y muestra que en el Perú hay también escritoras de talento.
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