lunes, 8 de agosto de 2016
La revolución de Aura
La revolución de Aura (2016) es el primer libro del escritor peruano Javier Sicchar Rondinelli (1976). Antes de ofrecer mi opinión, debo indicar que soy amigo de Javier desde hace once años, cuando estudiábamos una maestría en Literatura en la Universidad de San Marcos y soñábamos con ser escritores.
La novela, según la contratapa, relata la historia de Aura quien "es perseguida por el gobierno del fantasmal y siniestro presidente que todos conocen como El Orador. Ella es la cabecilla del grupo de disidentes que quiere derrocar al gobierno, sin embargo Aura tiene una historia con el partido político de Los Coterráneos que ahora está en el poder y cuyo líder es El Orador. ¿Cómo es que después de ser una ferviente dirigente del partido, decide convertirse en disidente?".
Entre los puntos a favor de la novela, destaco la buena prosa, pues se nota un trabajo con el lenguaje. Sobre todo, me gustan las descripciones impresionistas que tiene el autor al describir paisajes, situaciones, personajes. Destaco también la capacidad para la ficción; es decir, para imaginar escenas y retratarlas de manera verosímil. Por ejemplo, la novela alude al segundo gobierno de Alan García (El Orador), pero a partir de ahí, ficcionaliza y lo retrata como un personaje más malévolo y perverso.
En cuanto a lo negativo o por mejorar, creo que el talón de Aquiles de la novela está en su estructura. Es una historia ambiciosa, que arriesga (existen "muchas voces" de diversos personajes y se narra con constantes saltos en el tiempo); sin embargo, al no estar bien estructurada, la historia se torna algo confusa y caótica y no tenemos claro a dónde apunta la novela. Por ende, el lector tiene que ir atando cabos. Por ejemplo, hasta la página 100, los personajes que parecen principales son Aura y Fernando (un fotógrafo), pero también aparecen otros personajes como Camilo, un hombre misterioso que escribe desde la prisión, Beto, el periodista Pedro Buckley, Roberto, etc. Pero hasta ese momento, aún no vemos la conexión con la historia de Aura y los pequeños capítulos parecen como piezas sueltas de un rompecabezas. Luego, más adelante, Camilo (dirigente de Los Coterráneos y pareja de Aura) cobra mayor protagonismo que Fernando, quien solo al final de la novela recupera interés. Recién los cabos sueltos se van a unir al final de la novela cuando dialogan, en secreto, Aura y Fernando, el fotógrafo. Recién ahí entendemos las motivaciones de la "revolución" de Aura, la relación que tuvo con Camilo, el romance que tuvo con JL (que era el hombre que escribía desde la cárcel), etc. Sin embargo, creo, en mi humilde opinión, que al no tratarse de una novela de misterio (en la que se debe resolver un enigma), el autor debió narrar y explicar la transformación de Aura durante la novela y no recién al final.
En conclusión, La revolución de Aura encierra aspectos positivos y muestra ambición, pero al no haber un dominio de la estructura, el relato pierde fuerza y se vuelve algo caótico. Sin embargo, Javier Sicchar demuestra talento y depende de su perseverancia pulir ese defecto en su próximo libro.
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domingo, 31 de julio de 2016
Diario de un profesor (30)
"¿Cuál es la clave para ser un buen clown?
Tanja Simma (Austria): "La llave para mí es trabajar con el corazón, tienes que aceptar quién eres, con tus fortalezas y debilidades, ser capaz de reírte de tus fallas. Al inicio puede ser doloroso porque es cuando te sientes más vulnerable. Esa es la parte más sensible del clown, porque es gracioso y te ríes, pero también te toca.
Helen Gustin (Francia): "Además, es un trabajo diario. En el escenario, tienes que conectarte con el público, respirar con él, Y para eso hay que trabajar por muchos años. Tu clown solo da pequeños pasos. Cuando tenga 80 años, seguiré aprendiendo cosas nuevas".
Tanja Simma: "Por eso, siempre digo que ser clown es una decisión de vida"
En: diario Correo (26/5/2016)
Pregunto, ¿las respuestas de estas dos mujeres sobre el oficio de clown no se asemejan también al oficio del profesor? Corazón, conocerte a ti mismo, reírte de tus errores, trabajo diario (esfuerzo), conexión con el público (los alumnos), perseverancia, mantener la curiosidad y vocación son claves también para aspirar a ser un buen docente.
Tanja Simma (Austria): "La llave para mí es trabajar con el corazón, tienes que aceptar quién eres, con tus fortalezas y debilidades, ser capaz de reírte de tus fallas. Al inicio puede ser doloroso porque es cuando te sientes más vulnerable. Esa es la parte más sensible del clown, porque es gracioso y te ríes, pero también te toca.
Helen Gustin (Francia): "Además, es un trabajo diario. En el escenario, tienes que conectarte con el público, respirar con él, Y para eso hay que trabajar por muchos años. Tu clown solo da pequeños pasos. Cuando tenga 80 años, seguiré aprendiendo cosas nuevas".
Tanja Simma: "Por eso, siempre digo que ser clown es una decisión de vida"
En: diario Correo (26/5/2016)
Pregunto, ¿las respuestas de estas dos mujeres sobre el oficio de clown no se asemejan también al oficio del profesor? Corazón, conocerte a ti mismo, reírte de tus errores, trabajo diario (esfuerzo), conexión con el público (los alumnos), perseverancia, mantener la curiosidad y vocación son claves también para aspirar a ser un buen docente.
jueves, 21 de julio de 2016
Diario de un profesor (29)
Cuando uno es profesor, trata, en clase, de ser una suerte de ejemplo o modelo para los demás. Incluso, algunos colegas señalan que uno no solo es modelo dentro, sino también fuera de clase. En parte tienen razón. Sin embargo, también creo que la vida privada de un profesor es su vida privada y por tanto, fuera de clase, en su intimidad, no tiene porqué ser un ejemplo. Al fin y al cabo, es un ser humano con virtudes y defectos y que como cualquiera comete errores y a veces es mezquino. En mi caso particular, siempre en clase he tratado de ser respetuoso con los estudiantes y de enseñar con la mayor entrega y compromiso. Más allá de eso, es decir en otros ámbitos, no tengo por qué seguir siendo un modelo de conducta ni nada por el estilo. Recuerdo que en el colegio, nosotros alumnos, veíamos a muchos de nuestros profesores, sobre todo los hombres, como unos lornas que no tenían vida (y eso, porque ellos también se comportaban como supuestos "modelos" de conducta). Sin embargo, ahora que me dedico a la docencia, y converso con colegas, sé que muchas veces los profesores manejan un doble discurso. Hablamos de valores, de honestidad, de respeto, pero muchas veces, en el ámbito privado, no los cumplimos. Así que es preferible no pontificar y, si se desea ser un "modelo" , demostrarlo con los actos y no con las palabras (pues estas se las lleva el viento). Personalmente, me conformo con transmitir a mis alumnos mi pasión por el curso que enseño, a que no pierdan su curiosidad y a que aprendan a respetar a su prójimo.
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lunes, 11 de julio de 2016
Crónica de una noche de discoteca
Llevo años acudiendo a discotecas, sobre todo a partir de los treinta. Hubo un lapso de 6 o 7 años que acudía más a bares, pero en las discotecas, la magia está en que puedes abordar a las chicas sin problemas. Claro, el problema o el asunto radica en que le gustes a la chica y ella acepte bailar contigo. En estos años, he tenido noches buenas, regulares (la gran mayoría) y malas. Noches en que he conocido y bailado con chicas simpáticas, con las cuales luego he salido; otras en las cuales, sin buscarlo, me he visto besándome con completas desconocidas; y otras, en las que me cansaba de ser rechazado, incluso por las menos agraciadas. Es curioso, las discotecas y el rito alrededor del cortejo, encierran una filosofía de vida. A pesar de todo, me gusta el ambiente de las discotecas: la música, el humo, el trago, las luces, las jóvenes con tops y jeans apretados, o sexys vestidos, bailando de manera sensual.
Aquel sábado, acudí a una disco en Chacarilla. Fui con mi grupo de amigos: tres compinches de la universidad. Al ingresar, a la medianoche, la fiesta ya estaba iniciada y había mujeres muy guapas. Pedí una chelita, porque ya habíamos tomado un par afuera. Me separé un poco de mi grupo y contemplé a tres amigas, de unos 25 años, con ceñidos vestidos negros, conversando entre ellas. Una de ellas, blancona, de lentecitos, cabello castaño largo, rostro coqueto y bonita figura, llamó mi atención. Luego de unos minutos, me acerqué y la invité a bailar con una sonrisa. Ella me miró, examinándome, y me señaló de manera educada que por ahora "no", que "más tarde". Como ya conozco ese floro, le pregunté si era de verdad ese "más tarde" y ella me contesto que sí. "¡Te tomo la palabra!", le dije. "¡Vengo en media hora!", agregué, y ella me sonrió. Me alejé y volví con mis amigos.
A los cuarenta minutos, regresé y la encontré aún con sus amigas. Me acerqué, pero ahora ella me miró con semblante adusto y me señaló seria que no quería bailar. Le repliqué que no estaba cumpliendo con su palabra, pero ni caso me hizo. "¡Mujeres!", maldije mientras me retiraba derrotado. Sin embargo, luego de media hora, mientras meaba en el baño, que estaba a unos metros de donde estaba ella y su grupo, se me vino la idea de insistirle una vez más, total, no perdía nada y hasta le podía gustar (o molestar) mi actitud. Entonces, me acerqué a ella y le dije que quería hablarle un minuto. Una de sus amigas, me señaló ofuscada: "¡Pero ya te dijo que no!", sin embargo, ella aceptó e incluso esbozó una sonrisa como si le gustara mi atrevimiento. Le pedí entonces para bailar nuevamente, al menos una canción. La chica me sonrió, guardó silencio un par de segundos, pero al final volvió a negarse aunque, ahora, de manera educada,. Yo me resigné y le extendí la mano, como despedida, y ella me dio su suave mano. Luego me alejé y me volví a reincorporar a mi grupo de amigos.
No recuerdo si tuvimos suerte ese día. Creo que llegamos a bailar con un grupo de chicas, pero a la media hora se marcharon, y nos quedamos solos conversando y mirando cómo los chibolos se divertían y sacaban plan. Y mientras contemplaba aquel espectáculo, solo, pensé en cómo los años habían transcurrido tan rápido y ahora yo, pasando la barrera de los 35, me sentí algo tío para estas chibolas de veinte o poco más. Como a las 2 y 30 a.m., me dirijo al baño, y observo en la pista de baile, entre asombrado y con espíritu de deportista que sabe perder, a la chica que me había choteado, besándose de lo más apasionada y cariñosa con un patita. El chibolo era más alto, más joven, más fornido y guapo que yo e incluso hasta bailaba mejor. Me reí para mis adentros y pensé: "¡Así es la vida. Cachacienta como ella sola!". Y proseguí mi camino al baño.
Aquel sábado, acudí a una disco en Chacarilla. Fui con mi grupo de amigos: tres compinches de la universidad. Al ingresar, a la medianoche, la fiesta ya estaba iniciada y había mujeres muy guapas. Pedí una chelita, porque ya habíamos tomado un par afuera. Me separé un poco de mi grupo y contemplé a tres amigas, de unos 25 años, con ceñidos vestidos negros, conversando entre ellas. Una de ellas, blancona, de lentecitos, cabello castaño largo, rostro coqueto y bonita figura, llamó mi atención. Luego de unos minutos, me acerqué y la invité a bailar con una sonrisa. Ella me miró, examinándome, y me señaló de manera educada que por ahora "no", que "más tarde". Como ya conozco ese floro, le pregunté si era de verdad ese "más tarde" y ella me contesto que sí. "¡Te tomo la palabra!", le dije. "¡Vengo en media hora!", agregué, y ella me sonrió. Me alejé y volví con mis amigos.
A los cuarenta minutos, regresé y la encontré aún con sus amigas. Me acerqué, pero ahora ella me miró con semblante adusto y me señaló seria que no quería bailar. Le repliqué que no estaba cumpliendo con su palabra, pero ni caso me hizo. "¡Mujeres!", maldije mientras me retiraba derrotado. Sin embargo, luego de media hora, mientras meaba en el baño, que estaba a unos metros de donde estaba ella y su grupo, se me vino la idea de insistirle una vez más, total, no perdía nada y hasta le podía gustar (o molestar) mi actitud. Entonces, me acerqué a ella y le dije que quería hablarle un minuto. Una de sus amigas, me señaló ofuscada: "¡Pero ya te dijo que no!", sin embargo, ella aceptó e incluso esbozó una sonrisa como si le gustara mi atrevimiento. Le pedí entonces para bailar nuevamente, al menos una canción. La chica me sonrió, guardó silencio un par de segundos, pero al final volvió a negarse aunque, ahora, de manera educada,. Yo me resigné y le extendí la mano, como despedida, y ella me dio su suave mano. Luego me alejé y me volví a reincorporar a mi grupo de amigos.
No recuerdo si tuvimos suerte ese día. Creo que llegamos a bailar con un grupo de chicas, pero a la media hora se marcharon, y nos quedamos solos conversando y mirando cómo los chibolos se divertían y sacaban plan. Y mientras contemplaba aquel espectáculo, solo, pensé en cómo los años habían transcurrido tan rápido y ahora yo, pasando la barrera de los 35, me sentí algo tío para estas chibolas de veinte o poco más. Como a las 2 y 30 a.m., me dirijo al baño, y observo en la pista de baile, entre asombrado y con espíritu de deportista que sabe perder, a la chica que me había choteado, besándose de lo más apasionada y cariñosa con un patita. El chibolo era más alto, más joven, más fornido y guapo que yo e incluso hasta bailaba mejor. Me reí para mis adentros y pensé: "¡Así es la vida. Cachacienta como ella sola!". Y proseguí mi camino al baño.
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miércoles, 29 de junio de 2016
Narrativa norteamericana clásica (Antología)
Acabo de leer una espléndida antología de cuentos estadounidenses (del siglo XIX e inicios del XX), de la editorial peruana Ecoma, a cargo del editor Eduardo Congrains Martín (¿es Enrique Congrains el autor de "El niño de junto al cielo"?), de 1973, y he quedado maravillado. Muy buena antología, que incluso cuenta con una interesante introducción del crítico Tomás G. Escajadillo. Todos los cuentos, salvo uno o dos, son buenos y sirven para ofrecer un fresco sobre la rica narrativa norteamericana antes de que aparezcan los grandes y modernos escritores estadounidenses del siglo XX: Ernest Hemingway y William Falkner.
Entre los autores y cuentos que sobresalen, tenemos los siguientes: "Rip Van Winkle", de Washington Irving, un cuento que empieza realista pero deriva en lo fantástico; el clásico "El barril del amontillado", de Edgar Allan Poe; el cuento largo clásico "Bartleby", de Herman Melville; el divertidísimo "La célebre rana saltadora del distrito de Calaveras" de Mark Twain; el relato "La suerte de Roaring Camp", de Bret Harte, que conmueve por su trágico desenlace y por retratar la vida del salvaje Oeste; "Un suceso en el Puente", de Ambrose Bierce, que es la historia de un hombre que va a ser ahorcado y se nos cuenta su historia con saltos de tiempo y un desenlace inesperado. Además, tenemos el instrospectivo y excelente relato "Cuatro encuentros", de Henry James; el magnífico "El hotel azul", de Stephen Crane, tal vez, el mejor cuento de la antología junto con "Preparar un fuego", de Jack London. Finalmente, destacan el entrañable "Phoebe, la ausente", de Theodore Dreiser; el excelente cuento introspectivo "El caso de Pablo", de la narradora Willa Cather (la única mujer de la antología) y "Quisiera saber por qué", de Sherwood Anderson, a pesar que el conflicto del protagonista adolescente, en la época actual, ya resulta caduco.
En síntesis, esta antología norteamericana de editorial Ecoma está muy bien hecha y cumple con el objetivo de ofrecernos una rica visión sobre la narativa norteamericana clásica del siglo XIX e inicios del XX. ¡Muy recomendable!
Entre los autores y cuentos que sobresalen, tenemos los siguientes: "Rip Van Winkle", de Washington Irving, un cuento que empieza realista pero deriva en lo fantástico; el clásico "El barril del amontillado", de Edgar Allan Poe; el cuento largo clásico "Bartleby", de Herman Melville; el divertidísimo "La célebre rana saltadora del distrito de Calaveras" de Mark Twain; el relato "La suerte de Roaring Camp", de Bret Harte, que conmueve por su trágico desenlace y por retratar la vida del salvaje Oeste; "Un suceso en el Puente", de Ambrose Bierce, que es la historia de un hombre que va a ser ahorcado y se nos cuenta su historia con saltos de tiempo y un desenlace inesperado. Además, tenemos el instrospectivo y excelente relato "Cuatro encuentros", de Henry James; el magnífico "El hotel azul", de Stephen Crane, tal vez, el mejor cuento de la antología junto con "Preparar un fuego", de Jack London. Finalmente, destacan el entrañable "Phoebe, la ausente", de Theodore Dreiser; el excelente cuento introspectivo "El caso de Pablo", de la narradora Willa Cather (la única mujer de la antología) y "Quisiera saber por qué", de Sherwood Anderson, a pesar que el conflicto del protagonista adolescente, en la época actual, ya resulta caduco.
En síntesis, esta antología norteamericana de editorial Ecoma está muy bien hecha y cumple con el objetivo de ofrecernos una rica visión sobre la narativa norteamericana clásica del siglo XIX e inicios del XX. ¡Muy recomendable!
lunes, 20 de junio de 2016
Si me hiciera un tatuaje...
Si me hiciera un tatuaje, me colocaría, en mi antebrazo izquierdo, al igual que el tenista suizo Stanilas Wawrinka,el siguiente pensamiento motivador del dramaturgo irlandés Samuel Becket. Francamente, hermoso.
"Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better" (Samuel Becket)
Traducción:
"Siempre intentaste. Siempre fallaste. No importa. Intenta otra vez. Falla de nuevo. Falla mejor".
"Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better" (Samuel Becket)
Traducción:
"Siempre intentaste. Siempre fallaste. No importa. Intenta otra vez. Falla de nuevo. Falla mejor".
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martes, 14 de junio de 2016
¿Vale la pena seguir escribiendo?
Me falta corregir un cuento, para terminar mi libro. La verdad siento, salvo uno que otro relato, que el libro aún no cuaja y falta trabajarlo más (pero ya llevó años trabajando éste y ya es hora de concluirlo). No importa, ya me prometí que de este año no pasa. Por otro lado, en estos meses de escritura o corrección final he sido consciente, más que antes, de mis limitaciones, de la sensación o casi certeza de ser "un escritor limitado". Sin embargo, eso no me desanima a terminar mi libro y hacerlo lo mejor que pueda con mi pequeño talento. Creo que el problema no radica en si tienes un gran o pequeño o nulo talento, la cuestión está en escibir eso que te nace de las entrañas y dar tu vida por eso. Escribir, al fin y al cabo, es una deuda contigo mismo y no con los demás (aunque, claro, lo ideal es que lo que escribas tenga calidad y conecte con los lectores).
No obstante, lo que sí me ha hecho dudar sobre seguir escribiendo, luego de terminar este libro, es si realmente vale la pena escribir. Personalmente, durante el proceso de corrección final, me he sentido muy sensible (demasiado diría yo) y he sentido, emocionalmente, que me siento más débil, con menos confianza en mí; es decir, como si en vez de fortalecer mi mente, mi actitud, estuviera regresando a aquellas épocas de inseguridad adolescente. Y es que valgan verdades, la literatura, en gran medida, está poblada de protagonistas insatisfechos, perdedores, quebrados emocionalmente, vacíos, heridos, solitarios, que no conectan con la gente o el mundo que lo rodea. Y ahora que uno ya es adulto, y tiene que fortalecer su actitud positiva frente a la vida, estos personajes de la literatura no contribuyen a esa meta. Igualmente, escribir nace de una herida y volver a recordar esas heridas, que ya tenías olvidadas o cicatrizadas, duelen y afectan el alma. Por eso, me pregunto, ¿vale la pena seguir escribiendo? Por otro lado, sé que escribir a veces es una terapia, que te ayuda a conocerte a ti mismo, pero una vez que ya te conociste, ¿no es mejor olvidar el pasado y labrar un futuro exitoso?
Una solución a lo anterior, pienso, sería dejar de escribir historias tristes, melancólicas, que no hablen de derrotas o fracasos, sino de triunfos. ¿Pero eso no empobrecería mis relatos? Lo más seguro es que sí. Finalmente, la literatura no da dinero, y a mi edad, ya uno es consciente, de la importancia de lo material, que no lo es todo (por supuesto), pero sí es fundamental para necesidades básicas de la vida. Entonces, me pregunto, ¿no será hora de dejar de pensar en seguir escribiendo y comenzar a asegurar mi futuro económico a pesar de que, en el fondo, eso no te dé la felicidad? ¡Hay que buscar el punto medio, esa es la cuestión!
En todo caso, voy a terminar de escribir ese bendito libro y luego ya veré.
No obstante, lo que sí me ha hecho dudar sobre seguir escribiendo, luego de terminar este libro, es si realmente vale la pena escribir. Personalmente, durante el proceso de corrección final, me he sentido muy sensible (demasiado diría yo) y he sentido, emocionalmente, que me siento más débil, con menos confianza en mí; es decir, como si en vez de fortalecer mi mente, mi actitud, estuviera regresando a aquellas épocas de inseguridad adolescente. Y es que valgan verdades, la literatura, en gran medida, está poblada de protagonistas insatisfechos, perdedores, quebrados emocionalmente, vacíos, heridos, solitarios, que no conectan con la gente o el mundo que lo rodea. Y ahora que uno ya es adulto, y tiene que fortalecer su actitud positiva frente a la vida, estos personajes de la literatura no contribuyen a esa meta. Igualmente, escribir nace de una herida y volver a recordar esas heridas, que ya tenías olvidadas o cicatrizadas, duelen y afectan el alma. Por eso, me pregunto, ¿vale la pena seguir escribiendo? Por otro lado, sé que escribir a veces es una terapia, que te ayuda a conocerte a ti mismo, pero una vez que ya te conociste, ¿no es mejor olvidar el pasado y labrar un futuro exitoso?
Una solución a lo anterior, pienso, sería dejar de escribir historias tristes, melancólicas, que no hablen de derrotas o fracasos, sino de triunfos. ¿Pero eso no empobrecería mis relatos? Lo más seguro es que sí. Finalmente, la literatura no da dinero, y a mi edad, ya uno es consciente, de la importancia de lo material, que no lo es todo (por supuesto), pero sí es fundamental para necesidades básicas de la vida. Entonces, me pregunto, ¿no será hora de dejar de pensar en seguir escribiendo y comenzar a asegurar mi futuro económico a pesar de que, en el fondo, eso no te dé la felicidad? ¡Hay que buscar el punto medio, esa es la cuestión!
En todo caso, voy a terminar de escribir ese bendito libro y luego ya veré.
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