De dónde venimos los cholos (2016) es un libro de crónicas del escritor y periodista peruano Marco Avilés (1978) y representa un salto cualitativo con respecto a su primer libro, Día de visita, que retrataba a un grupo de mujeres del penal Santa Mónica. En Dónde venimos los cholos, Avilés plasma un libro ambicioso sobre el Perú en su gran diversidad racial, cultural, psicológica, económica, social, geográfica, etc. Con ese fin, elabora nueve crónicas que tienen como escenario distintos pueblos o ciudades del Perú, desde los más desconocidos (para el limeño promedio) hasta importantes ciudades como Iquitos y Lima. Sin embargo, como bien señala el mismo cronista, el libro se centra sobre todo en "los cholos e indios, que a pesar de los cataclismos que ha vivido el país, se quedaron a vivir en sus pueblos. En las montañas. En las selvas". Y con ese fin, desarrolla amenas crónicas, muy bien escritas, sobre pueblitos apartados como Chumbivilcas, Churubamba, Río Camisea, Carancas, El Dorado, Huayana. Con ese fin, se interna en aquellos pueblos, y como un curioso antropólogo, nos va narrando las historias de sus habitantes. Por ejemplo, en la crónica "El Dorado", el cronista nos cuenta, a manera de un diario, su travesía a la cocha o laguna del mismo nombre que queda a dos días de distancia de Iquitos. En la laguna El Dorado vive aproximadamente un millar de paiches, un enorme pescado de casi tres metros de altura y más de 130 kilos, el cual se encuentra en peligro de extinción. Avilés narra con pericia de cronista cómo un escuadrón de vigilantes llamados los Yacu Taytas (padres del agua, en quechua) cuida la cocha y ha evitado la extinción del paiche y logrado que su población aumente. Como compensación, el Estado peruano, les permite, una vez al año, y durante un mes, pescar el diez por ciento de paiches de la laguna. Precisamente, Marco Avilés viaja para presenciar aquel espectáculo anual.
En esta, y sus demás crónicas, Avilés nos adentra en un mundo que desconocemos y descubrimos maravillado. Nos retrata con agudeza personajes, situaciones, paisajes que nos hace cuestionarnos sobre quiénes somos y -como el título del libro- de dónde venimos. Nos saca de nuestra zona de confort y nos hace partícipes de historias de personas de carne y hueso de nuestro Perú profundo. Además, la pericia de Avilés para documentar sus crónicas con un diálogo, una descripción precisa, una reflexión, una prosa bien trabajada y recursos literarios, muestra a un autor ya cuajado y que ha escrito un libro de gran valor literario y periodístico.
Sin duda, De dónde venimos los cholos, de Marco Avilés, es una obra que demuestra que la crónica no es un género menor y que, por el contrario, posee un titánico trabajo documental (periodismo) y una gran pericia formal al momento de narrar la historia (literatura). En conclusión, este libro es uno de los mejores del género que se ha escrito en el Perú en los últimos años, y coloca a Avilés como una de sus figuras más relevantes.
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domingo, 19 de enero de 2020
lunes, 13 de mayo de 2019
Elogios criminales
El periodista y escritor Julio Villanueva Chang (1967) es uno de los cronistas peruanos más importantes y reconocidos en Latinoamérica. Sobre todo, es conocido por haber sido el creador y director de la revista Etiqueta Negra. Gracias a este revista, se conoce el trabajo de destacados cronistas de Latinoamérica y Estados Unidos. En nuestro medio, gracias a Villanueva, aparecieron talentosos cronistas como Daniel Tintinger, Juan Manuel Robles, Sergio Vilela, Marco Avilés, entre otros. Todos ellos publicaron libros de crónicas dignos de interés. Con respecto a Villanueva, había publicado antes el libro Mariposas y murciélagos, que era una antología de historias que escribió en su paso por el diario El Comercio. En el 2009, publicó el libro Elogios criminales, en el que hace una recopilación de sus mejores crónicas aparecidas en diversas revistas y diarios nacionales e internacionales, aunque con algunos agregados, correcciones y una crónica inédita "El alcalde ciego".
El libro está compuesto de seis crónicas: tres breves sobre el dentista del escritor Gabriel García Márquez; el cineasta alemán Werner Herzog, quien dirigió dos películas en el Perú en los años 70s y 80s, siendo la más conocida Fitzcarraldo; el célebre cronista polaco Ryszard Kapuscinski, quien le concedió una entrevista a Chang en el 2001. La otra crónica, de extensión mediana, es sobre el famoso tenor peruano Juan Diego Flores, a quien entrevistó en el 2006, y de quien realiza un perfil basado en su infancia, sus amistades, su familia, la llegada de la fama, sus inicios, su personalidad. Las dos crónicas más extensas (más de 70 páginas cada una) giran sobre Apolinar Salcedo, un alcalde ciego de la ciudad de Cali (Colombia), quien fue destituido de su cargo en el 2007 por la Procuradoría de la Nación; y el chef catalán Ferran Adria, considera un genio o "extraterrestre de la cocina".
Cada una de estas crónicas o perfiles ahondan en la personalidad de cada uno de estos célebres y curiosos personajes, los cuales -tal como señala el reputado cronista Jon Lee Anderson en el prólogo- son gente obsesiva con su trabajo. A esto, Villanueva Chang le agrega un sobrio y elegante trabajo con el lenguaje, pero sobre todo, una genuina curiosidad y meticulosidad por penetrar en el mundo de cada uno de estos individuos. Villanueva Chang, con paciencia de investigador y gran capacidad de observación, nos va brindando información sobre cada uno de ellos y va delineando sus personalidades. Es cierto, sin embargo, que al leer a Villanueva uno encuentra similitudes en el estilo que emplea en comparación con otros cronistas peruanos surgidos de la cantera de Etiqueta Negra; es decir, sus estilos son parecidos. No se distingue, por tanto, al menos desde mi impresión, un estilo peculiar o particular.
Por otro lado, entre las crónicas que más me agradaron están la del cineasta alemán Werner Herzog y la del alcalde ciego Apolinar Salcedo, ya que no gira solo sobre él, sino también sobre la vida en Colombia, en la ciudad de Cali y los problemas que los aquejan: la violencia de las FARC, el narcotráfico, la pasividad y superficialidad de parte de los ciudadanos, etc,
En suma, hay que leer Elogios criminales, de Villanueva Chang, ya que sin ser una obra maestra o poseer una prosa de alto nivel, sí muestra a un escritor-periodista apasionado por sus personajes, con un gran trabajo de investigación a cuestas y una excelente capacidad de observación para crear perfiles interesantísimos.
El libro está compuesto de seis crónicas: tres breves sobre el dentista del escritor Gabriel García Márquez; el cineasta alemán Werner Herzog, quien dirigió dos películas en el Perú en los años 70s y 80s, siendo la más conocida Fitzcarraldo; el célebre cronista polaco Ryszard Kapuscinski, quien le concedió una entrevista a Chang en el 2001. La otra crónica, de extensión mediana, es sobre el famoso tenor peruano Juan Diego Flores, a quien entrevistó en el 2006, y de quien realiza un perfil basado en su infancia, sus amistades, su familia, la llegada de la fama, sus inicios, su personalidad. Las dos crónicas más extensas (más de 70 páginas cada una) giran sobre Apolinar Salcedo, un alcalde ciego de la ciudad de Cali (Colombia), quien fue destituido de su cargo en el 2007 por la Procuradoría de la Nación; y el chef catalán Ferran Adria, considera un genio o "extraterrestre de la cocina".
Cada una de estas crónicas o perfiles ahondan en la personalidad de cada uno de estos célebres y curiosos personajes, los cuales -tal como señala el reputado cronista Jon Lee Anderson en el prólogo- son gente obsesiva con su trabajo. A esto, Villanueva Chang le agrega un sobrio y elegante trabajo con el lenguaje, pero sobre todo, una genuina curiosidad y meticulosidad por penetrar en el mundo de cada uno de estos individuos. Villanueva Chang, con paciencia de investigador y gran capacidad de observación, nos va brindando información sobre cada uno de ellos y va delineando sus personalidades. Es cierto, sin embargo, que al leer a Villanueva uno encuentra similitudes en el estilo que emplea en comparación con otros cronistas peruanos surgidos de la cantera de Etiqueta Negra; es decir, sus estilos son parecidos. No se distingue, por tanto, al menos desde mi impresión, un estilo peculiar o particular.
Por otro lado, entre las crónicas que más me agradaron están la del cineasta alemán Werner Herzog y la del alcalde ciego Apolinar Salcedo, ya que no gira solo sobre él, sino también sobre la vida en Colombia, en la ciudad de Cali y los problemas que los aquejan: la violencia de las FARC, el narcotráfico, la pasividad y superficialidad de parte de los ciudadanos, etc,
En suma, hay que leer Elogios criminales, de Villanueva Chang, ya que sin ser una obra maestra o poseer una prosa de alto nivel, sí muestra a un escritor-periodista apasionado por sus personajes, con un gran trabajo de investigación a cuestas y una excelente capacidad de observación para crear perfiles interesantísimos.
martes, 31 de enero de 2017
El maldito indiferente
En el terreno amoroso la
indiferencia es un talento. Uno cuyo dominio requiere años de práctica,
disciplina y perseverancia. Tal inversión de tiempo vale la pena, porque un
indiferente obtiene una envidiable rentabilidad sentimental. Si no, cómo
explicar que la mayoría de mujeres se descorazone y corte las venas, no por el
tipo sensible que las halaga y la corteja, sino, precisamente, por el
indiferente, el que no les hace caso, el que las maltrata con el frío machete
de su desamor. Eso de que el chico bueno se queda con la chica es una mentira
de las películas de HBO. En la vida real, los malos lideran la tabla.
Para los indiferentes, la estrategia de seducción se plantea al revés de lo convencional y consiste en ignorar, en retirarle tu atención al objeto deseado, en hacer gala de una impertérrita seguridad, solo comparable con la de los más exitosos ídolos deportivos o los más entronizados galanes de culebrones. Los tipos que exudan ese relajo conchudo y desinteresado ejercen un extraño magnetismo.
Tengo amigos cuya filosofía consiste en no involucrarse, y debo admitir que la pasan genial: sus novias babean por ellos y siempre hay chicas que los están buscando. Hasta hoy no lo entiendo. Ellos actúan como caballos y, para mi asombro, las mujeres les pasan por alto todos sus desplantes, sus arrogancias y su luctuosa falta de consideración. Creo que esa suerte solo pueden disfrutarla los hombres que adolecen de ese sentimentalismo calzonudo que a otros nos ha tocado padecer. A mí –y este blog es una prueba de eso– me cuesta utilizar la estrategia adecuada e interpretar al sujeto indiferente, al pragmático, al vaquero maloso e impasible que patea la puerta del bar, seca una jarra de cerveza, escupe al suelo y se lleva sobre un hombro a la muchacha más linda del pueblo.
No puedo ser tan Clint Eastwood de la noche a la mañana cuando me he pasado toda la vida siendo más paparulo que John Cusack. No puedo ser el rudo y tatuado Tommy Lee cuando tengo la cara bovina del vocalista de los Hombres G cuando canta ‘Devuélveme a mi chica’. No puedo tronar los dedos como el Fonzie de ‘Happy Days’ cuando me he esmerado en trastabillar como Potsy Weber.
Yo solía pensar con ingenuidad que las relaciones de pareja se sostenían sobre la base de la espontaneidad, la autenticidad y la sinceridad. Pero cada día me convenzo de que esa es una utopía reblandecida. Las relaciones son un ajedrez, un ‘tira y afloja’, un calculado juego de táctica casi militar. Increíblemente, hay gente que se especializa en eso. El canadiense Erik von Markovik, por ejemplo, autor del libro ‘Mystery Method’, que enseña a conquistar mujeres paso a paso. Uno de sus alumnos fue el norteamericano Neill Strauss, que escribió el best seller ‘The Game’, donde cuenta cómo llego a ser un seductor profesional. Para los dos, la indiferencia es un virtuosismo.
Por ejemplo, este es un caso típico que ilustra el valor tangible de la personalidad indiferente. Cuando estás con una chica, tu cerebro deja de pensar (eventualmente) en las demás mujeres. Ganas en aplomo porque ya conseguiste a la chica que te gustaba. Eres un hombre feliz que ha saciado su deseo. Las feromonas de tu cuerpo empiezan a despedir químicos solo perceptibles por el olfato femenino, y entonces ocurre lo impensado: todas las mujeres se empiezan a fijar en ti, sobre todo las que nunca en su putañera vida te hicieron caso. Como ahora les eres indiferente, te has convertido en un ejemplar atractivo. ¿¿No es injusto??
Las mujeres administran convenientemente el barato pregón del “quiero un chico diferente”, pero es mentira. Puede haber legiones de chicos emotivos y sentimentales detrás de ellas, pugnando por una oportunidad, pero al final eligen al mismo típico galifardón macho e inmaduro que, sin dudas, les romperá el corazón. En lugar de decir que quieren un chico “diferente”, deberían proclamar “quiero un chico INdiferente”. Sería más honesto de su parte.
Para los indiferentes, la estrategia de seducción se plantea al revés de lo convencional y consiste en ignorar, en retirarle tu atención al objeto deseado, en hacer gala de una impertérrita seguridad, solo comparable con la de los más exitosos ídolos deportivos o los más entronizados galanes de culebrones. Los tipos que exudan ese relajo conchudo y desinteresado ejercen un extraño magnetismo.
Tengo amigos cuya filosofía consiste en no involucrarse, y debo admitir que la pasan genial: sus novias babean por ellos y siempre hay chicas que los están buscando. Hasta hoy no lo entiendo. Ellos actúan como caballos y, para mi asombro, las mujeres les pasan por alto todos sus desplantes, sus arrogancias y su luctuosa falta de consideración. Creo que esa suerte solo pueden disfrutarla los hombres que adolecen de ese sentimentalismo calzonudo que a otros nos ha tocado padecer. A mí –y este blog es una prueba de eso– me cuesta utilizar la estrategia adecuada e interpretar al sujeto indiferente, al pragmático, al vaquero maloso e impasible que patea la puerta del bar, seca una jarra de cerveza, escupe al suelo y se lleva sobre un hombro a la muchacha más linda del pueblo.
No puedo ser tan Clint Eastwood de la noche a la mañana cuando me he pasado toda la vida siendo más paparulo que John Cusack. No puedo ser el rudo y tatuado Tommy Lee cuando tengo la cara bovina del vocalista de los Hombres G cuando canta ‘Devuélveme a mi chica’. No puedo tronar los dedos como el Fonzie de ‘Happy Days’ cuando me he esmerado en trastabillar como Potsy Weber.
Yo solía pensar con ingenuidad que las relaciones de pareja se sostenían sobre la base de la espontaneidad, la autenticidad y la sinceridad. Pero cada día me convenzo de que esa es una utopía reblandecida. Las relaciones son un ajedrez, un ‘tira y afloja’, un calculado juego de táctica casi militar. Increíblemente, hay gente que se especializa en eso. El canadiense Erik von Markovik, por ejemplo, autor del libro ‘Mystery Method’, que enseña a conquistar mujeres paso a paso. Uno de sus alumnos fue el norteamericano Neill Strauss, que escribió el best seller ‘The Game’, donde cuenta cómo llego a ser un seductor profesional. Para los dos, la indiferencia es un virtuosismo.
Por ejemplo, este es un caso típico que ilustra el valor tangible de la personalidad indiferente. Cuando estás con una chica, tu cerebro deja de pensar (eventualmente) en las demás mujeres. Ganas en aplomo porque ya conseguiste a la chica que te gustaba. Eres un hombre feliz que ha saciado su deseo. Las feromonas de tu cuerpo empiezan a despedir químicos solo perceptibles por el olfato femenino, y entonces ocurre lo impensado: todas las mujeres se empiezan a fijar en ti, sobre todo las que nunca en su putañera vida te hicieron caso. Como ahora les eres indiferente, te has convertido en un ejemplar atractivo. ¿¿No es injusto??
Las mujeres administran convenientemente el barato pregón del “quiero un chico diferente”, pero es mentira. Puede haber legiones de chicos emotivos y sentimentales detrás de ellas, pugnando por una oportunidad, pero al final eligen al mismo típico galifardón macho e inmaduro que, sin dudas, les romperá el corazón. En lugar de decir que quieren un chico “diferente”, deberían proclamar “quiero un chico INdiferente”. Sería más honesto de su parte.
Renato Cisneros (Blog Busco novia, 28/5/2007)
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lunes, 11 de julio de 2016
Crónica de una noche de discoteca
Llevo años acudiendo a discotecas, sobre todo a partir de los treinta. Hubo un lapso de 6 o 7 años que acudía más a bares, pero en las discotecas, la magia está en que puedes abordar a las chicas sin problemas. Claro, el problema o el asunto radica en que le gustes a la chica y ella acepte bailar contigo. En estos años, he tenido noches buenas, regulares (la gran mayoría) y malas. Noches en que he conocido y bailado con chicas simpáticas, con las cuales luego he salido; otras en las cuales, sin buscarlo, me he visto besándome con completas desconocidas; y otras, en las que me cansaba de ser rechazado, incluso por las menos agraciadas. Es curioso, las discotecas y el rito alrededor del cortejo, encierran una filosofía de vida. A pesar de todo, me gusta el ambiente de las discotecas: la música, el humo, el trago, las luces, las jóvenes con tops y jeans apretados, o sexys vestidos, bailando de manera sensual.
Aquel sábado, acudí a una disco en Chacarilla. Fui con mi grupo de amigos: tres compinches de la universidad. Al ingresar, a la medianoche, la fiesta ya estaba iniciada y había mujeres muy guapas. Pedí una chelita, porque ya habíamos tomado un par afuera. Me separé un poco de mi grupo y contemplé a tres amigas, de unos 25 años, con ceñidos vestidos negros, conversando entre ellas. Una de ellas, blancona, de lentecitos, cabello castaño largo, rostro coqueto y bonita figura, llamó mi atención. Luego de unos minutos, me acerqué y la invité a bailar con una sonrisa. Ella me miró, examinándome, y me señaló de manera educada que por ahora "no", que "más tarde". Como ya conozco ese floro, le pregunté si era de verdad ese "más tarde" y ella me contesto que sí. "¡Te tomo la palabra!", le dije. "¡Vengo en media hora!", agregué, y ella me sonrió. Me alejé y volví con mis amigos.
A los cuarenta minutos, regresé y la encontré aún con sus amigas. Me acerqué, pero ahora ella me miró con semblante adusto y me señaló seria que no quería bailar. Le repliqué que no estaba cumpliendo con su palabra, pero ni caso me hizo. "¡Mujeres!", maldije mientras me retiraba derrotado. Sin embargo, luego de media hora, mientras meaba en el baño, que estaba a unos metros de donde estaba ella y su grupo, se me vino la idea de insistirle una vez más, total, no perdía nada y hasta le podía gustar (o molestar) mi actitud. Entonces, me acerqué a ella y le dije que quería hablarle un minuto. Una de sus amigas, me señaló ofuscada: "¡Pero ya te dijo que no!", sin embargo, ella aceptó e incluso esbozó una sonrisa como si le gustara mi atrevimiento. Le pedí entonces para bailar nuevamente, al menos una canción. La chica me sonrió, guardó silencio un par de segundos, pero al final volvió a negarse aunque, ahora, de manera educada,. Yo me resigné y le extendí la mano, como despedida, y ella me dio su suave mano. Luego me alejé y me volví a reincorporar a mi grupo de amigos.
No recuerdo si tuvimos suerte ese día. Creo que llegamos a bailar con un grupo de chicas, pero a la media hora se marcharon, y nos quedamos solos conversando y mirando cómo los chibolos se divertían y sacaban plan. Y mientras contemplaba aquel espectáculo, solo, pensé en cómo los años habían transcurrido tan rápido y ahora yo, pasando la barrera de los 35, me sentí algo tío para estas chibolas de veinte o poco más. Como a las 2 y 30 a.m., me dirijo al baño, y observo en la pista de baile, entre asombrado y con espíritu de deportista que sabe perder, a la chica que me había choteado, besándose de lo más apasionada y cariñosa con un patita. El chibolo era más alto, más joven, más fornido y guapo que yo e incluso hasta bailaba mejor. Me reí para mis adentros y pensé: "¡Así es la vida. Cachacienta como ella sola!". Y proseguí mi camino al baño.
Aquel sábado, acudí a una disco en Chacarilla. Fui con mi grupo de amigos: tres compinches de la universidad. Al ingresar, a la medianoche, la fiesta ya estaba iniciada y había mujeres muy guapas. Pedí una chelita, porque ya habíamos tomado un par afuera. Me separé un poco de mi grupo y contemplé a tres amigas, de unos 25 años, con ceñidos vestidos negros, conversando entre ellas. Una de ellas, blancona, de lentecitos, cabello castaño largo, rostro coqueto y bonita figura, llamó mi atención. Luego de unos minutos, me acerqué y la invité a bailar con una sonrisa. Ella me miró, examinándome, y me señaló de manera educada que por ahora "no", que "más tarde". Como ya conozco ese floro, le pregunté si era de verdad ese "más tarde" y ella me contesto que sí. "¡Te tomo la palabra!", le dije. "¡Vengo en media hora!", agregué, y ella me sonrió. Me alejé y volví con mis amigos.
A los cuarenta minutos, regresé y la encontré aún con sus amigas. Me acerqué, pero ahora ella me miró con semblante adusto y me señaló seria que no quería bailar. Le repliqué que no estaba cumpliendo con su palabra, pero ni caso me hizo. "¡Mujeres!", maldije mientras me retiraba derrotado. Sin embargo, luego de media hora, mientras meaba en el baño, que estaba a unos metros de donde estaba ella y su grupo, se me vino la idea de insistirle una vez más, total, no perdía nada y hasta le podía gustar (o molestar) mi actitud. Entonces, me acerqué a ella y le dije que quería hablarle un minuto. Una de sus amigas, me señaló ofuscada: "¡Pero ya te dijo que no!", sin embargo, ella aceptó e incluso esbozó una sonrisa como si le gustara mi atrevimiento. Le pedí entonces para bailar nuevamente, al menos una canción. La chica me sonrió, guardó silencio un par de segundos, pero al final volvió a negarse aunque, ahora, de manera educada,. Yo me resigné y le extendí la mano, como despedida, y ella me dio su suave mano. Luego me alejé y me volví a reincorporar a mi grupo de amigos.
No recuerdo si tuvimos suerte ese día. Creo que llegamos a bailar con un grupo de chicas, pero a la media hora se marcharon, y nos quedamos solos conversando y mirando cómo los chibolos se divertían y sacaban plan. Y mientras contemplaba aquel espectáculo, solo, pensé en cómo los años habían transcurrido tan rápido y ahora yo, pasando la barrera de los 35, me sentí algo tío para estas chibolas de veinte o poco más. Como a las 2 y 30 a.m., me dirijo al baño, y observo en la pista de baile, entre asombrado y con espíritu de deportista que sabe perder, a la chica que me había choteado, besándose de lo más apasionada y cariñosa con un patita. El chibolo era más alto, más joven, más fornido y guapo que yo e incluso hasta bailaba mejor. Me reí para mis adentros y pensé: "¡Así es la vida. Cachacienta como ella sola!". Y proseguí mi camino al baño.
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miércoles, 6 de marzo de 2013
Arequipa (crónica)
Ubicado al sur de Lima, a poco más de mil kilómetros, y con
casi 900 mil habitantes, Arequipa (fundada en 1540) es una de las ciudades más
importantes y representativas del Perú y, además, es la capital de la provincia de Arequipa, que
es una de las 8 provincias del departamento del mismo nombre. Mi padre que es de Caravelí (otra de las
provincias del departamento de Arequipa) me hizo visitar su tierra innumerables
veces, y me hizo, sin querer, coger cariño a aquel departamento. Pero nunca
había viajado a la provincia de Arequipa, y específicamente a la ciudad y capital
del mismo nombre.
Hace un par de años alimentaba el sueño de conocer la Ciudad
Blanca, observar el volcán El Misti (que ahora ya no se aprecia con
claridad), reconocer el dejo de los “characatos” (que se me confundía con el
acento cusqueño), probar su comida, visitar sus iglesias y monasterios, ver a
sus mujeres; en suma, reconocer esa ciudad que venía precedida de una buena y
mala fama y que había parido a personas ilustres y otras no tanto. El año pasado
estuve a punto de viajar, pero el destino y mi voluntad se tropezaron y no pude
cumplir mi sueño. Sin embargo, este año mi voluntad se impuso y viajé el último
viernes a la Ciudad Blanca. Luego de 16
horas de viaje en bus, llegué al terrapuerto de la ciudad. Me hospedé en un
hotel barato y cómodo a cinco cuadras de la Plaza de Armas. Fui solo, aunque
tenía el teléfono de un primo mayor. Y fui solo básicamente porque quería vivir
la experiencia de ese mochilero que nunca fui y que solo se me pasó por la cabeza
cuando leí a los beatniks.
La ciudad de Arequipa, con sus casi 900 mil habitantes, aún
es una mezcla de campo y ciudad. Y aunque es cierto, que el cemento le va
quitando mayor espacio a la campiña, ésta todavía se encuentra presente de
manera visible y evidente. Sería bueno, por tanto, que haya un crecimiento
armonioso, que permita que la campiña mantenga su importante presencia. Por
otro lado, y como toda ciudad en expansión, Arequipa está poblada de taxis y
los distritos que lo componen (más de veinte) muestran las evidentes diferencias
sociales. Aquí también hay barrios más “pitucos” que otros. Y el Centro de
Arequipa es aún un lugar céntrico de recorrido diario para el poblador promedio
de la ciudad. Así, caminar por la Plaza de Armas, los portales de la plaza, las
iglesias y las calles aledañas es un placer para un primerizo turista como yo. Sentarse
en las banquitas de color verde, casi siempre llenas, y ver a la gente y a las
palomas y a los turistas y a los fotógrafos, todos en plena escena de la obra
Vida, bajo el sol o la lluvia, es para emocionarse o quedarse arrobado. Igual
sensación es recorrer la Catedral de Arequipa, el Convento de Santa Catalina,
la Compañía de Jesús: resultan un viaje en el tiempo, de aquellos seres humanos
que nos precedieron y que tuvieron sueños iguales o similares a los nuestros;
niños, adultos, jóvenes, viviendo bajo otras
costumbres –otras formas- pero en esencia los mismos en el fondo.
Y yo en medio de todo esto, solo conmigo mismo y con solo
mi vista y mi cámara fotográfica, dispuesto a captar algún detalle que grabe
en mi mente y luego pueda transmitir a través de las palabras. Arequipa, esa
ciudad que Abraham Valdelomar, hace 100 años, retrató en algunas de sus bellas
crónicas. Y así fue que, acompañado de mi Guía de Viajero de Rafo León, comencé
a escarbar en la ciudad. El primer día,
visité, con la ayuda de un guía y previo pago de entrada, la Catedral de
Arequipa, luego me fui a almorzar, a uno de los altos de un portal, un rico rocoto relleno acompañado de pastel de
papa, chicharrón, además de un pisco sour. Simplemente delicioso. Luego de una
reparadora siesta en mi cuarto de hotel (“La posada del characato”), a las 7
pm, con un librito a cuestas y la revista arequipeña El búho, me fui al café La
Bóveda, ubicada en uno de los portales de La Plaza de Armas, y caracterizado
por su ambiente bohemio, y me puse a leer acompañado de un buen café y un sánguche.
Para redondear, me fue a juerguear a la Casona Fórum, ubicada al finalizar la
calle San Francisco. Este local es excelente, y además de una buena discoteca,
tiene 4 espacios diferentes, muy bien decorados, que funcionan como Pubs-Bares. Así, luego de unos previos en la barra del Bar Retro, me fui a tonear y bailé y conversé con algunas arequipeñas. Síntesis: las mujeres son iguales en todos lados: están las bonitas que son sencillas y las creídas que ni siquiera son guapas.
Al día siguiente, hice un tour por la ciudad y sus diversos
distritos que me costó 35 soles. Pude conocer el mirador de Yanahuara, comer el
clásico Queso Helado, montar caballos en el distrito de Sabandía; ver, desde el
segundo piso de un bus, los contrastes de la ciudad además de su belleza; hacer
algunos amigos –una chica piurana y un mexicano-con los que luego del tour
fuimos a una picantería (La Nueva Palomino) a comer un rico rocoto relleno
acompañado de su pastel de papa y una cerveza Arequipeña. Otra vez delicioso,
además de una excelente conversación. Luego, se sumaron mi primo y mis
sobrinos, y tras el almuerzo, me llevaron en su auto a conocer la parte
céntrica de la ciudad: sus centros comerciales y alguna que otra zona no tan
céntrica pero sí de interés. Finalizamos esa noche viendo, en un centro
comercial, la película Los Miserables. Notable cuando Anne Hathaway canta e interpreta "I dreamed a dream".
Al día siguiente, temprano, me dirigí al Convento de Santa
Catalina a hacer el recorrido respectivo. 35 soles la entrada, además de 20
soles para la guía. Pero la verdad es que valió la pena. No tenía la menor idea del mundo que se ocultaba ahí. Dicho
convento además de ser hermoso y reflejar la historia de la orden de las
dominicas, es toda una ciudadela compuesta de salones, habitaciones, colegio,
huerta, cementerio, mirador, cocinas, etc. Tras la visita, enrumbé a comer rico al
restaurante de Gastón Acurio, "Chicha", y me pedí una rica ocopa. La atención de
primera. Luego de la siesta respectiva, en mi cuarto de hotel, ya de noche,
repetí la rutina del sábado. Primero al café La Bóveda, para leer un rato “La
vida exagerada de Martín Romaña” de Bryce Echenique (el primer día, una alumna
del instituto limeño donde enseño me reconoció y se me acercó a saludar con mucho
cariño; el segundo día, un joven poeta se me acercó a vender un poemario suyo y
terminé charlando con él un rato y le compré su poemario). Después me fui a la
Casona Forum y me tomé varios traguitos en la barra de Retro (uno de los cuatro
espacios): para ser exactos un chilcano, un ballentines y una cerveza
arequipeña (mi primer día tomé un mojito y un cuba libre) y acabé charlando con
la chica de la barra que me confesó que estudiaba sicología y que de joven
había querido ingresar al monasterio. Bonita conversación , de esas que rara
vez ocurren.
Mi último día en Arequipa,
(ya que el martes a las 3 p.m. partía a Lima), aproveché a visitar
nuevamente la Biblioteca Mario Vargas Llosa, la cual es una verdadera
maravilla. Está hecha de sillar, con techos en bóveda, y dicen que antes funcionó ahí una entidad
importante del municipio. Tiene una sala de lectura, otras más pequeñas en un segundo piso, una
hemeroteca, una sala de libros de consulta, un auditorio, una grande y hermosa
sala –con cómodos sillones negros- compuesto de numerosos estantes en los cuales están ubicados novelas de todas
las épocas y nacionalidades, en muy bellas ediciones. Francamente una maravilla.
Cualquiera, puede ingresar y sentarse en esos sillones y deleitarse con esas
hermosas novelas. Por si fuera poco, también hay una sala de exhibición con las
obras del gran Vargas Llosa, en español e idiomas extranjeros. Por supuesto,
que me tomé fotos hasta decir basta. Estaba más feliz que perro con dos colas.
Me despedí de Arequipa, finalmente, antes de partir al terrapuerto a tomar mi bus a Lima, comprando chocolates en La Ibérica. Y así fue como este viaje terminó, breve, fugaz, pero hermoso, y prometiéndome que en el futuro volvería a conocer el Valle del Colca y las playas de Mollendo y así ir conociendo y descubriendo cada vez más ese departamento y la provincia de Arequipa que me resultan mágicos e infinitos.
Posdata: Tres cosas que me llamaron la atención en mi viaje a Arequipa y omití mencionar: chicas jóvenes que manejan sus motos; los quioscos de revistas están abiertos hasta bien entrada la noche; y los buses de basura, mientras los trabajadores recogen los desperdicios, hacen sonar música clásica a través de sus parlantes.
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