domingo, 9 de febrero de 2025

La vegetariana

 

Han Kang (1970) es una escritora de Corea del Sur que ganó el premio Nobel de Literatura el año 2024. Una de sus novelas más conocidas es La vegetariana, publicada el 2007, y a continuación voy a comentarla.

Primero, no es una novela extensa, ya que abarca poco más de 150 páginas. La trama se centra en Yeonghye, una esposa joven que un día decide dejar de comer carne. Esto altera drásticamente su vida como la de las personas cercanas que la rodean.

Segundo, aunque es una novela que resulta interesante y perturbadora (con una sensibilidad propia de su autora), no la podría considerar un libro ambicioso a la altura de las grandes obras de la literatura. Tampoco es una novela que muestre la idiosincracia de la cultura coreana, por el contrario, la historia podría desarrollarse en cualquier lugar del mundo, salvo por la alusión a la comida típica del lugar. Incluso, sus personajes principales, por sus formas de pensar y actuar, no muestran diferencias culturales particulares.

Tercero, la novela está dividida en tres partes: la primera es contada desde el punto de vista del esposo de la protagonista Yeonghye; la segunda es narrada por el cuñado que es un artista; y la última es narrada desde el punto de vista de la hermana de Yeonghye. Los tres relatan la historia en torno al vínculo que mantienen con la protagonista, quien en un momento decide ya no solo dejar de comer carne, sino también cualquier tipo de alimento. 

Cuarto, como bien señalan los críticos, el tema de la carne y el ser vegetariana por parte de la protagonista, es solo una lectura de nivel denotativo. La novela posee otras interpretaciones más simbólicas o metafóricas (según la interpretación del lector). No es casual que, al final de la historia, la protagonista desee convertirse en un vegetal o un árbol, cuyas manos estén enraizadas al suelo. Es como si la inanición de Yeonghye sea una forma de rebelarse contra las normas de la sociedad que dicta las normas a seguir. Ella escoge morir por decisión propia y no impuesta.  

Quinto, la prosa de Han Kang es sencilla y bella. Además, lo tres capítulos están muy bien escritos y estructurados. Incluso, el primero de ellos puede ser un potente relato por sí mismo. Sin embargo, hay que indicar que el último capítulo muestra un desenlace abierto, ya que da a entender que la hermana (que es aparentemente más racional que Yeonghye) termina siendo arrastrada por el deliriro de la protagonista. O, en todo caso, ella también desea, en el fondo, seguir los pasos de Yeongye y escapar de esta sociedad que nos reprime (alude a la figura del pájaro). 

En suma, sin ser una obra maestra o que muestre una gran ambición, La vegetariana es una buena novela que muestra a su autora, Han Kang, la cual posee un mundo propio, con imágenes potentes, que dejan al lector conmovido e intrigado.

 

jueves, 23 de enero de 2025

La caída de los gigantes

 

La caída de los gigantes es una novela del galés Ken Follet (1949) que se publicó en el año 2010. Follet es un autor conocido mundialmente por escribir varios best sellers. Precisamente, La caída de los gigantes forma parte de una ambiciosa saga histórica de 3 obras que abarcan todo el siglo XX. Esta novela es la que da inicio a esta trilogía y aborda la vida de 5 familias de Gales, Inglaterra, Estados Unidos, Rusia y Alemania que abarca el periodo de 1911 a 1924. Es decir, la historia de estas familias, de diversas condiciones económicas y cuyas vidas se entrecruzan, se desarrollan en el contexto de la Primera guerra mundial (1914-1919) y la Revolución rusa (1917).

En este libro Ken Follet demuestra su talento para construir novelas históricas que, pese a tener más de mil páginas, posee una buena prosa y una estructura bien diseñada que parece una pieza de relojería. Follet te sumerge en su historia rápidamente y te lleva a vivir la aventura de sus decenas de personajes en medio de hechos históricos tan trascendentales. Asimismo, a Follet, como se aprecia, le gusta mostrar personajes femeninos que luchan por sus derechos en una época en la que la mujer estaba relegada. Por ejemplo, los personajes de Ethel Williams y Maud Fitzherbert, pese a pertenecer a clases sociales diferentes, luchan por el voto de la mujer y por mejores condiciones de empleo y salario en Inglaterra. Igualmente, muestra la lucha de los obreros rusos y los mineros galeses por mejores condiciones de vida. Precisamente, en el primer caso, eso desemboca en la Revolución rusa de 1917, encabezada por Lenin y Trotski. 

La caída de los gigantes, gracias a la pericia de Follet, se lee rápido y se disfruta. Además, la prosa es ágil y bien trabajada. Es cierto, sin embargo, que quizá sus personajes no cuentan con la profundidad psicológica de las grandes novelas de la literatura. O que no hay experimentos con la técnica literaria. Pero pese a todo eso, considero que la novela de Follet no es literatura ligera como algunos señalan, sino que por el contrario tiene un valor literario e histórico propio, que merece ser reconocido. Sin duda, muy recomendable, ya que no solo se disfruta su lectura, sino que también se aprende de historia mundial.

 

 

 

 

viernes, 27 de diciembre de 2024

Diario de un profesor (97)

El delegado de una de mis secciones es un buen chico, educado y que asiste a clases. Sin embargo, me cuenta, tiene déficit de atención y, precisamente, observo que para distraído durante mi clases. Trato siempre de atraer su atención llamándolo constantemente, pero su mente viaja: es un nefelibata (vive en las nubes). Yo también lo soy o lo fui, pero en él su poder de concentración es mínimo. En el primer examen saca 07. Sus habilidades de redacción y ortografía son incipientes. Veo que se cambia de grupo para mejorar su promedio de trabajos grupales y lo logra. Veo que cumple con los cuestionarios que dejo y realiza una buena exposición individual. Lamentablemente, para el examen final no se prepara lo suficiente y el resultado es solo un poco mejor al primer examen. Obtiene 09 de nota. Su promedio final es 10. En la última clase, él se me acerca y me pide que le suba medio punto al examen para poder aprobar. Reviso este y le digo que su nota está bien puesta, que resulta imposible subirle más puntaje. Veo mi cuaderno con sus notas y me percato de que ha desaprobado los dos exámenes más importantes de manera rotunda. Podría subirle ese medio punto, pienso, pero le estaría haciendo un mal, ya que no ha mejorado su redacción durante el ciclo. Posiblemente, le ayudaría si hubiese una mejora notoria en el segundo examen y hubiese obtenido al menos un 12 o 13. Pero lamentablemente no ha sido así. Le transmito esto a mi alumno y, pese a que me insiste varias veces, decido llevarme por mi olfato de docente. Le digo que cuando yo tenía su edad, también me desaprobaron en los primeros ciclos y no fue el fin del mundo. Agregué que esos desaprobados me permitieron madurar y afianzar mis conocimientos en dichas materias. "Llevar el curso te servirá para que mejores tu redacción y tú necesitas saber escribir bien en tu carrera", culminé. El alumno me mira apesadumbrado, aceptando mi decisión final. Luego nos damos las manos y se marcha del aula a paso lento.


 

Diario de un profesor (96)

Al inicio de ciclo, antes de la primera clase en una sección, recibo un correo de un alumno X que me pide, educadamente, que por favor no lo llame con su nombre original de varón, sino con el nombre femenino Z. Me pide, además, que me dirija a él como alumna o señorita Z. Finalmente, me indica que si me molesta o genera incomodidad, podría también llamarla por su apellido, por ejemplo, señorita Rodríguez o alumna Rodríguez. Se despide de mí indicando que agradece mi apoyo y que espera el inicio de las clases de mi curso. Luego de leer el correo, la respuesta es obvia. Le respondo que cuenta con todo mi respaldo respecto a su pedido y le mando un saludo cordial. Cabe agregar que el desenvolvimiento de la alumna fue óptimo a lo largo del ciclo y sus compañeros de aula, salvo alguna mirada burlona, se comportaron con empatía y respeto. Esto es síntoma de que los tiempos han cambiado y, en este aspecto de la orientación sexual o la identidad de género, ha sido para mejor.


 

jueves, 26 de diciembre de 2024

Diario de un profesor (95)

El alumno X lleva el curso por tercera vez. Si desaprueba esta vez, lo expulsan de la universidad. Me entero de esto por un correo de la universidad al finalizar la segunda semana. La tercera semana el alumno conversa conmigo, me explica su situación y me muestra su mejor disposición. Sin embargo, en la siguientes semanas, el estudiante de unos 18 o 19 años, no participa en clase, llega tarde, revisa su celular constantemente y muestra leves faltas de respeto. No es producto de la casualidad que en el primer examen salga desaprobado con 09. Converso con él y lo invito a esforzarse más, pero no veo progreso alguno. Lo invito a las asesorías fuera de clase, pero no va ni me trae algún texto suyo para que le corrija. En una tarea grupal, el alumno se la pasa en clase durmiendo y no entrega una tarea. Francamente, pienso que el alumno va a terminar desaprobando y que los estudios no son para él. Lo único positivo es que sí cumple con unos cuestionarios que dejo. Decido, por tanto, no renegar por las puras y dejo que él decida su destino en mi curso.

Faltando tres semanas para que finalice el ciclo, para mi sorpresa, se aparece en una de mis asesorías y me hace preguntas sobre alguna de las tareas. Le doy mi apoyo, aunque al final no me envía algún texto para practicar para el examen final. Pese a eso, veo una leve mejora en el trabajo grupal que presenta y aprueba con 11. Igualmente, en el examen final aprueba con 12, aunque pudo hacerlo mucho mejor. Para la exposición final, que decide su destino, se conecta a una de mis asesorías y muestra interés en hacer una buena presentación. Ese día de la exposición, realiza una buena performance, con soltura y apoyándose en fichas, y obtiene una nota que le permite pasar el curso con once. Me alegro por él; espero que en el futuro siga madurando y encuentre su camino, así como yo lo hice a su edad. Nunca es tarde.




viernes, 20 de diciembre de 2024

Diario de un profesor (94)

En una de mis salones universitarios, durante el último examen, una alumna al entregarme su prueba, me muestra algo que ha escrito: "Mi compañero del costado está con una hoja entre sus piernas". "Gracias", le contesto susurrando. Cuando ella se retira, espero un par de minutos , me paro de mi asiento y recorro el aula. Me voy a un extremo y diviso al alumno y, efectivamente, debajo de él, en el piso, hay una hoja con apuntes, pero siento que la letra es minúscula como para poder divisarla desde donde está el estudiante. Y ahí cometo un grave error: en vez de ver de qué son los apuntes, solo le digo al alumno qué hace con esa hoja y le pido que la guarde en su mochila antes de que le anule el examen (antes de la clase les había advertido que guarden todo, incluidos sus celulares, en sus mochilas). El alumno guarda el papel y se excusa diciéndome que eran hojas de otro curso. Cuando me quedo solo, reflexiono sobre lo ocurrido y siento que cometí un error; debí anularle el examen o, en todo caso, recoger la evidencia y, a partir de esto, descontarle puntaje. No hice nada de las dos.

Recordé que aquel alumno siempre me daba la mano al despedirse y, en la primera prueba, también tenía varias hojas en el piso (que guardó cuando le advertí). Para salir de dudas, pedí la grabación de la cámara del aula a la universidad. Si encontraba el plagio a través de la cámara, debía hacer dos informes largos y tediosos. Al ver, la grabación, el primer ángulo de la cámara no enfocaba al alumno; y en el otro ángulo, sí aparecía él de frente, pero no la hoja en el piso. Solo pude advertir que a veces bajaba la mirada, pero la bendita hoja no aparecía en el enfoque. Para suerte del estudiante, no había una prueba contundente de plagio y la hoja que le observé no llegué a pedírsela. El alumno se había salvado, ya que la duda lo beneficiaba.

La última clase, durante la entrega del examen, en el que había aprobado con 14, aproveché para decirle que debí anular su examen o bajarle puntos por la hoja que le encontré. "No voy a negar que se me ha caído un poco. Tenía un buen concepto de usted. Espero no lo vuelva a hacer", le dije al alumno y él me miró circunspecto y la cabeza gacha. Luego, me pidió disculpas y se despidió sin darme la mano.

 

 

 

Diario de un profesor (93)

Un ciclo más y varias anécdotas como profesor universitario. Sin embargo, la memoria es frágil y algunas se han desvanecido y otras aparecen en mi mente para no quedar en el olvido.

Hoy me quiero referir a esos alumnos que desaprueban solos. Esos alumnos que, desde el principio, no asisten mucho y son visitantes intermitentes a las clases. Casi no reconoces sus rostros y cuando recién te percatas de ellos, al ver que han desaprobado de manera notoria en uno de los exámenes, ya están casi con un pie afuera. Es cierto que hay algunos que, a mitad del ciclo, enmiendan el rumbo y llegan a aprobar con las justas, pero los hay quienes navegan rumbo al naufragio, sin que el docente pueda hacer nada. Este ciclo, por ejemplo, en una de mis aulas me tocaron dos jovencitos así. No asistían mucho a clase y en el primer examen salieron jalados con notas bajísimas. Uno de ellos se acercó a mí y me prometió que se iba a esforzar en adelante y que ya no faltaría. Yo lo alenté y le dije que contara con todo mi apoyo cuando lo considere. Sin embargo, su esfuerzo duró solo una semana. A la siguiente, volvió a faltar y luego no asistió a una de las evaluaciones. Un mes antes de que acabara el ciclo, el chico y el otro jovencito (que eran buenos chicos y educados) se esfumaron. Y así como en este caso, en cada aula hay siempre un alumno o alumna así. Eso sí, soy consciente de que cada joven tiene su propio proceso de madurez y ellos, en algún momento, así como yo a su edad, madurarán y entenderán que la única forma de cumplir sus sueños es esforzándose y perseverando. ¡Buena suerte para ellos!