miércoles, 10 de junio de 2020

Diego Junqueira


Diego Junqueira es un extenista argentino nacido a fines de 1980. No llegaba al metro setenta, era rechoncho y no tenía mucha habilidad para el tenis. Sin embargo, eso lo compensaba con una gran pasión por este deporte. Pese a que nadie apostaba un peso por él, decidió ser tenista profesional. Debutó en 1999 y durante varios años se pasó disputando torneos menores en los cuales la derrota era la moneda corriente y sus ganancias eran exiguas. Cuando cumplió 24 años, solo había llegado a ocupar el puesto 570 del mundo. Seguramente a estas alturas, muchos le hubieran dicho: "Retírate, no sirves para esto. Eres muy malo". Pero Junqueira, que amaba el tenis, perseveró pese a su limitaciones técnicas. Las compensó con trabajo y más trabajo. A los 25 años, fruto de su esfuerzo, comenzó a ganar algunos torneos menores, pasó a disputar torneos de rango medio y escaló al puesto 221. Poco a poco empezó a curtirse, a perfeccionar su juego, a no frustrarse con las derrotas cotidianas, y pudo ganar algunas competencias Challenger (torneos previos al circuito ATP). Sin embargo, luego de llegar al puesto 177 a los 26 años, comenzó nuevamente a perder de manera clamorosa y descendió hasta el puesto 373 del ATP. Tenía casi 27 años y parecía que la lucha había sido en vano. Cualquiera se hubiera rendido. Pero Junqueira no renunció, sino que volvió a tomar un aire disputando esos torneos menores de sus inicios y, una vez recuperada la confianza, se reintegró con fuerza al circuito. El 2008 fue el año de despegue de Diego Junqueira. Llega a ganar tres torneos Challenger y, por primera vez en su carrera profesional, clasifica al torneo de Roland Garros y llega a segunda vuelta. En el 2009, disputa tres de los cuatro torneos más importantes del tenis (los Grand Slams): el Australian Open (pierde en primera ronda en un reñido partido a 4 sets con el francés Richard Gasquet), el Roland Garros (nuevamente alcanza la segunda ronda) y el Wimbledon (pierde en primera ronda sin atenuantes con su compatriota Guillermo Cañas). Ese 2009, a los 28 años, ingresó a la lista de los 100 mejores del mundo por diez meses y ocupó el puesto 68. En el 2011, ya con 30 años, por primera vez en su carrera, clasificó al último Grand Slam que le faltaba, el US Open, en el cual llegó a segunda ronda y perdió contra su paisano de Tandil, el argentino Juan Martín del Potro por 2-6/1-6/5-7. Ese 2011, con casi 31 a cuestas, fue el último año en que volvió al top 100 por dos meses. Se retiró en el 2013 a los 32 años. ¡Un verdadero campeón!

Foto: Dave Winter / Icon Sport

domingo, 31 de mayo de 2020

Counting Crows

A mediados de 1994, en las radios de Lima, comenzó a sonar "Mr. Jones" de un grupo desconocido llamado Counting Crows. Basta decir que me enamoré de la canción. Esperaba los programa musicales de fin de semana para ver, en la TV, el video de aquel gordito con rulos, con su casaca de cuero marrón, que se agitaba como poseso al ritmo de la canción. No sabía qué decía, pero sentía que me hablaba a mí. Un sábado, con mis propinas, me fui solo a Polvos Rosados, a comprarme el casete (sí, el casete). Consulté en algunos puestos el precio, pero comencé a dudar: "¿Y si el disco es malo y solo tiene una canción buena?". Pedí el casete y me quedé contemplando ensimismado la tapa: decía "August and everything after" en letras negras y el fondo era de tonos amarillos y naranjas, como una carta cuarteada por el paso del tiempo. Entonces le solicité a la señorita que atendía que, por favor, pusiera el disco para escuchar algunas canciones. La joven accedió a mi pedido y puso play. En ese momento, comenzó a sonar una melodía que empezaba con un punteo de guitarra que se repetía como una letanía. La canción comenzaba lenta, pero luego desencadenaba en un clímax que me dejó emocionado y aturdido. Miré la contratapa del casete y leí el título de aquella canción: "Round here". Fue entonces que alcé la mirada y afirmé, con absoluta certeza: "¡Señorita, me llevo el disco!"
https://www.youtube.com/watch?v=SAe3sCIakXo

domingo, 17 de mayo de 2020

Tie-break

El rumano Ilie Nastase (1946) fue número 1 del tenis en los años setentas y ganó dos Grand Slams: el  US Open (1972) y el Roland Garros (1973). Fue también finalista del Wimbledon en dos ocasiones. En 1985, publicó la novela policial Tie-Break que, como señala el título, tiene como telón de fondo al mundo del tenis.

La novela empieza lenta y, en sus primeras páginas, pese a la prosa estilizada y las buenas descripciones del narrador sobre la vida cotidiana del campeón Koras Belinkas (su álter ego), parece tratarse de una obra superflua, vacía, sin mayor trascendencia, producto de un exdeportista de elite sin oficio para la escritura. Sin embargo, esa primera impresión es errada. Conforme transcurren las páginas, y sobre todo a partir de la súbita muerte del tenista peruano Armando Reyes (¡sí, peruano!) en el torneo de Roland Garros, la novela comienza a cobrar interés. A partir de ahí, la historia se vuelve ágil, los personajes toman vuelo (los tenistas que acompañan en el circuito a Koras: Dumbo Cooper, Milo Trigrid, Terry Laville, etc; el detective Matt Malone; la princesa; la esposa de Laville; la joven francesa de la cual se enamora Koras; etc), y uno se involucra en la trama para llegar a saber quién mató al tenista peruano y al otro tenista polaco que es asesinado durante el torneo de Wimbledon. En ese momento, el lector comienza a notar el talento evidente de Nastase para narrar, para contar una historia de suspenso con buena prosa, con inteligentes descripciones y observaciones sobre el mundo del tenis y las banalidades que lo rodean.  Y pese a que el desenlace no es del todo logrado, uno, tras finalizar la lectura de la novela, acaba con una sonrisa agradecida por haber pasado dos semanas llevaderas -en medio de la cuarentena por el Coronavirus- gracias a este entretenido y bien escrito libro. ¡Recomendable para los amantes del tenis y el suspenso!


viernes, 15 de mayo de 2020

Anécdota de colegio

Estábamos en cuarto de media de un colegio de hombres. Por algún motivo que no recuerdo, castigaron a todo el año y nos obligaron a pasar el recreo parados, bajo un sol intenso, en el gran patio de cemento del pabellón que ocupábamos. Habían transcurrido unos diez minutos del castigo (el recreo duraba media hora) cuando el director, un cura al que habíamos apodado José María "Pendejo", anunció -a través del micrófono- que podían ir a la capilla quienes acostumbraban confesarse. Debo indicar que, efectivamente, en los recreos, unos pocos solían acudir a la capilla para expiar sus pecados. Luego del anuncio del cura, y tras contemplarnos las caras entre nosotros, vimos que los "cuatro gatos" de siempre salían de la formación y caminaban en dirección a la pequeña iglesia. Sin embargo, poco a poco, vimos sorprendidos, que comenzaban a salir rostros que no identificábamos, precisamente, por su devoción religiosa. Luego, risueños y casi llorando de la risa, observamos que de la formación se desprendían decenas de alumnos que, súbitamente, parecían haber tenido una revelación y encontrado a Dios. En ese momento, el rostro del joven cura enrojeció y sus ojos destilaban fuego.

sábado, 25 de abril de 2020

Static and silence

Creo que estaba cursando el último ciclo de la universidad o uno de los últimos. Una tarde, regresando de la universidad a mi casa, me topé con un compañero de la facultad de Comunicaciones que había terminado hacía poco. No era mi amigo pero habíamos conversado un par de veces. Tenía fama de melómano, porque hablaba con erudición de discos, músicos y grupos que nunca había escuchado en mi puta vida (en toda facultad, había un bicho raro que parecía haber leído todos los libros del mundo; o visto todas las películas; o todos los animes y mangas). Luego de intercambiar algunas palabras con aquel muchacho (creo que se llamaba Rafael), me animé a pedirle que me recomendara un disco. "¿Qué tipo de música escuchas", me dijo. Yo me quedé mudo, me daba pudor decir que escuchaba a los baladistas de la radio, desde Bryan Adams hasta Alejandro Sanz, y que lo más rebuscado que oía era Charly García y Serú Girán. Creo que entendió mi silencio e intuyo mis dudosos gustos; fue entonces que me recomendó, con seguridad y una pasión que brotaba por sus poros, dos discos. Le agradecí y le prometí que los conseguiría. Y eso hice. Ese mismo día, fui a unas galerías y me compré uno de ellos (el otro disco no lo tenían). No voy a mentir, el álbum no me gustó, me encantó, se convirtió de uno de mis preferidos. Durante un par de meses, lo escuchaba mañana, tarde y noche. Era un dúo casi desconocido y con una sensibilidad en sus melodías que me envolvía. Un par de años después, me encontré con aquel chico, y no dude en acercarme y agradecerle por la recomendación. Él sonrió victorioso. 

Han pasado más de 10 años de eso. Ahora que estamos en la cuarentena, hace un par de semanas, me volví a topar con aquel disco y su tapa llena de polvo en uno de mis estantes. Lo coloqué en mi equipo y estas semanas lo he estado escuchando. Una maravilla. El buen arte es como una bocanada de aire fresco. Y nuevamente, se me vino a la mente la imagen de aquel compañero de facultad, le agradecí y le deseé suerte. El disco es "Static and silence" y el grupo es The Sundays. Esta es la primera canción del álbum de 1997, que fue su tercera y última grabación.


jueves, 9 de abril de 2020

Diario de un profesor (69)

 Extraído del libro Open, Memorias (del tenista Andre Agassi)

"Cuando entré en el mundo del tenis, era como la mayoría  de los críos: no sabía quién era y me rebelaba cuando los mayores me decían quién era. Creo que los mayores cometen constantemente ese error con los jóvenes: los tratan como productos acabados cuando, de hecho, están en proceso. Es como juzgar un partido antes de que acabe, y yo, demasiadas veces, he remontado..."

martes, 17 de marzo de 2020

Tiempos recios

Tiempos recios (2019) es la última novela del premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa. En esta historia el escritor peruano aborda, principalmente, el golpe de Estado que sufrió el presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz, en 1954, a manos del militar Carlos Castillo Armas, apodado "Cara de Hacha", con el apoyo de los Estados Unidos y la CIA. Con ese fin se creó la excusa o "la mentira que pasó por verdad" de que Árbenz era un presidente que estaba alentando la entrada del comunismo soviético en América. Cuando, por el contrario, fue un gobernante que quiso implantar un gobierno democrático, pero que acabara con la discriminación e injusticias contra la gran mayoría de gente nativa de su país. Con ese fin, implantó algunas medidas impopulares y que eran vistas como "comunistas": la reforma agraria de las tierras ociosas (sin trabajar), apoyo a la formación de sindicatos de trabajadores, implantación del pago de impuestos para empresas extranjeras, como la United Fruit, etc. 

Vargas Llosa cuenta la historia desde la perspectiva de distintos personajes, con continuos saltos en el tiempo, para ofrecer un mosaico más amplio de lo ocurrido. Por ejemplo, narra también la llegada al poder del golpista Carlos Castillo Armas, cómo este comienza a perder el apoyo de los Estados Unidos, y finalmente termina siendo asesinado en 1957. Otro personaje importante es Marta Borrero Parra, la amante de Carlos Castillo Armas, y quien, tras la muerte de "Cara de Hacha", termina huyendo a República Dominicana, con la ayuda de Johnny Abbes, jefe del servicio de Inteligencia del dictador dominicano Rafael Trujillo. Precisamente, Johnny Abbes es otro de los personajes fundamentales de la historia, ya que está detrás del asesinato de Carlos Castillo Armas, quien no había correspondido a los favores que recibió de Trujillo para derrocar a Árbenz.

La novela del escritor peruano se lee de manera ágil, a través de capítulos cortos. Salvo uno de los capítulos iniciales, que es algo denso en información histórica y se lee como un reportaje periodístico, la historia sobre los juegos turbios en la política guatemalteca (y americana) toma vuelo en el transcurso. Luego esta historia se conecta, a través del personaje de Johnny Abbes, con la novela La fiesta del Chivo (2000), que gira sobre la longeva dictadura del presidente de República Dominicana, Rafael Leonidas Trujillo. En el capítulo final, tal como en la novela Historia de Mayta, la ficción histórica se mezcla con la realidad. En este epílogo, el narrador es el mismo Vargas Llosa, quien entrevista a una anciana Marta Borrero, que confirma, desmiente o evita comentar varios de los hechos narrados en la novela. Y a partir de este encuentro, lanza a manera de ensayo una conclusión sobre la trascendencia negativa que tuvo el derrocamiento del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz para América Latina. 

En conclusión, Tiempo recios no está a la altura de las grandes novelas de Vargas Llosa, sin embargo, es una novela que reviste interés y resulta entretenida. Aquí el premio Nobel realiza una severa crítica a los Estados Unidos y su doble discurso sobre "democracia". Además, ahonda en un hecho histórico ocurrido en un pequeño y poco conocido país centroamericano (Guatemala) que causaría un gran impacto en nuestro continente.