El domingo pasado apareció, en el diario El Comercio, una buena crónica de Mario Vargas Llosa sobre cómo el ser un gran artista no garantiza que uno sea una buena persona. Y da el caso del escritor francés Louis Ferdinand Celine, autor de Viaje al final de la noche, que fue un magnífico escritor, pero una persona que dejaba mucho que desear, pues era antisemita y apoyó abiertamente a Hitler. Por otro lado, y después de tiempo, Jaime Bayly escribió una buena crónica titulada "Dicen que estoy loco", la cual apareció el lunes en Perú 21. Ya era hora... A continuación, coloco el enlace y un pequeño fragmento de este texto.
http://peru21.pe/impresa/noticia/dicen-que-estoy-loco/2011-01-31/295929
"...Me llaman drogadicto. La palabra llega cargada de un cierto vitriolo. Me la dicen como una injuria o una procacidad o una expresión desdeñosa. Es cierto, hace años fui adicto a la marihuana, o me gustaba mucho fumarla, no sé si era realmente un adicto, el hecho es que me gustaba fumarla y la fumaba a diario. Es cierto, hace años fui adicto a la cocaína y la dejé solo y sin ayuda o con la ayuda de Dios. A estas alturas de mi vida, siendo un hombre a pocos días de cumplir cuarenta y seis años, no me interesa fumar marihuana ni aspirar cocaína porque cuando lo hago duermo mal (si a duras penas consigo dormir) y al día siguiente quedo reducido a escombros y soy entonces la peor versión de mí mismo. Pero supongo que todos en algún momento hemos necesitado (o todavía necesitamos) evadir la cruel aspereza de la realidad. Algunos la evaden con los libros, las películas, los deportes, las religiones, la televisión o, más recientemente, con el hechizo de las computadoras y su mundo virtual. Otros, tal vez los más vulnerables o sensibles a la sevicia de la realidad, la evaden con sustancias tóxicas, prohibidas, o con drogas legales como el alcohol, la cafeína, los ansiolíticos, los hipnóticos y tantas otras. Pero ¿quién no ha necesitado alguna vez escapar de la chatura que es la vida misma? ¿Quién no ha sido o es dependiente de alguna forma, legal o ilegal, de evadir la realidad y el modo en que ella suele ensañarse con nosotros?..." (Extraído del diario Perú 21)
viernes, 4 de febrero de 2011
domingo, 16 de enero de 2011
¿Quién mató a Palomino Molero?

Publicada en 1986, tras Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) es una pequeña novela (150 páginas) que, aunque no llega al nivel de las grandes novelas de Mario Vargas Llosa, es de todas maneras una buena e interesante obra. Y la prueba de esto es que me la leí de un tirón, en solo un par de días. Ni bien empecé la lectura, que se inicia con el descubrimiento del cadáver de Palomino Molero (asesinado brutalmente), me enganché y no paré hasta acabarla. La trama consiste, como sugiere el título, en cómo el teniente Silva y su ayudante Lituma buscan saber quién es el asesino de Molero.
Una de las cosas que destaca en la novela es que hay 5 o 6 escenas claras que están bien hechas y conectadas: el descubrimiento del cadáver; la visita de Silva y Lituma al coronel Mindreau; la visita a la madre de Palomino Molero; la conversación con el oficial Dufó (novio oficial de la hija de Mindreau); la visita a la señora doña Lupe al pueblo de Amotape; el encuentro de los dos policías con la hija del coronel Mindreau; y el encuentro con el coronel. Además de todo esto, Vargas Llosa logra hacer del guardia Lituma y el teniente Silva dos personajes muy ricos en sus sicologías y lenguaje, y así entender el pensamiento de los policías, Asimismo, el sexo, el deseo, también está presente, como en toda obra de Vargas Llosa, a través de la fuerte atracción física que siente el teniente Silva por la señora Adriana, esposa de un pescador de Talara (y que le otorga la cuota de humor a la novela). Por si fuera poco, el autor recrea muy bien aquel ambiente caluroso y arenoso de Talara y Piura.
¿Quién mató a Palomino Molero? es, además, algo más que una historia sobre la resolución de un crimen: es ahondar en la serie de prejuicios de un pueblo, de un país, del Perú, dividido en cholos y blancos (pues la muerte de Palomino Molero, un “cholo”, se produce debido a que se enamora de una "blanquita", la hija del coronel Mindreau). A su vez, el desenlace del crimen resulta inesperado, un final digamos que “freudiano”. Ahh, me olvidaba, esta es otra obra de Vargas Llosa sobre el Perú.
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viernes, 7 de enero de 2011
Día de visita

Día de visita (2007) es un libro de crónicas del periodista peruano Marco Avilés (1978), que reúne una serie de historias sobre mujeres reclusas en el penal Santa Mónica. Avilés ha sido periodista de la revista Caretas y el diario El Comercio, además de editor general de la revista Etiqueta negra. El mérito de Avilés en este libro está en haberse sumergido en el mundo de las reclusas de aquel penal y haber recopilado una serie de historias (17 en total) que dan un panorama de la dura vida que llevan aquellas mujeres . Su mérito está, también, en haber asistido durante 10 meses, todos los sábados, a visitar a aquellas reclusas y haberse ganado su confianza para que le contaran sus historias, sus amores, sus tragedias, sus sueños, sus penas, etc. Eso, no cabe duda, es meritorio. Sin embargo, y al tratarse de la crónica, que es un género que busca ser literatura, ahí sí que Avilés no lo consigue del todo. La mayoría de sus crónicas, por no decir todas, están bien escritas, pero no llegan a tener un vuelo literario, ese donde las palabras transpiran belleza y emoción. Las crónicas de Avilés están periodísticamente bien escritas y organizadas, pero le falta ese algo que hace que simples palabras se vuelvan arte. Es decir, faltó más trabajo con el lenguaje. Además, me parece que pudo reducir el número de historias, pero adentrase más en cada una de ellas (hay algunas crónicas que se quedan en la superficie). A pesar de todo esto, rescato tres historias que sí me pareció que tenían cierto vuelo y belleza:”El olfato de Anita”, “Amor a la mexicana” y “Ansiosos por bailar el chachachá”.
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sábado, 1 de enero de 2011
Vargas Llosa y el cine

Este fin de semana vi tres películas sobre las siguientes novelas de Mario Vargas Llosa: “La ciudad y los perros”, “Pantaleón y las visitadoras” y “La fiesta del chivo”. Las dos primeras están dirigidas por Francisco Lombardi y la tercera por Lucho Llosa (sobrino del escritor). Me gustaron “La ciudad y los perros” y “La fiesta del chivo”. Aquella es una buena adaptación sobre la primera novela de Vargas Llosa y expone muy bien el conflicto en torno a la muerte del Exclavo, la crítica a la vida militar y la hipocresía de sus instituciones. Las actuaciones son solventes (Pablo Serra realiza muy bien su papel de El Poeta) y la historia corre ágil.
En el caso de “Pantaleón y las visitadoras” me parece técnicamente bien hecha, pero me parece que la película nunca llega a despegar. El humor que maneja la película se ve forzado, arranca carcajadas pero a cuenta gotas (habría que leer la novela si ocurre lo mismo). La actuación de Salvador del Solar es aceptable y buena, pero no llega a desequilibrar. Angie Cépeda es un mujerón pero le falta algo. La que sí destaca, aunque su papel es breve, es Mónica Sánchez. Realiza magníficamente su papel y se le ve guapísima.
Finalmente, “La fiesta del Chivo” me sorprendió gratamente. Aunque tiene un inicio frío y algo confuso, poco a poco la trama comienza a cobrar forma, pues se concentra en dos ejes: el conflicto de Urania Cabral con su padre y el grupo de conspiradores que deciden la muerte del dictador Leonidas Trujillo. Mientras veía la película pensaba que Fujimori fue un niño de teta comparado con la dictadura de Trujillo. Asimismo, las actuaciones son buenas, solventes, y parejas. Y en lo técnico (fotografía, iluminación, música) la película funciona eficazmente. La parte final es lo mejor de la película, aquella que explica el porqué del odio de Urania a su padre y cómo acaba la dictadura de Trujillo tras largos años en el poder.
martes, 28 de diciembre de 2010
Mark Twain

Mark Twain (1835-1910), el escritor estadounidense, conocido por libros como “Las aventuras de Tom Sawyer”, “Las aventuras de Huckleberry Finn”, “El príncipe y el mendigo” y “Un yanqui en la corte del Rey Arturo” es reconocido mundialmente como uno de los más importantes e influyentes narradores de su tiempo. Justo acabo de leer dos relatos suyos: “El billete de un millón de libras” y “La confesión del moribundo” y me han hecho recordar a esos directores de cine norteamericanos (Frank Capra, Howard Hawks) que con tramas sencillas e ingeniosas encandilaban a la audiencia a mediados del siglo XX. Lo mismo, pues, me pasó leyendo a Twain, que con tramas simples pero imaginativas me atrapó y me llevo a disfrutar de finales inesperados. El primer relato (“El billete de un millón de libras”) es el mejor de los dos relatos y trata sobre dos hermanos ingleses millonarios que hacen una apuesta sobre el destino de un hombre norteamericano totalmente en la ruina y hambriento y al que le dan un billete de 1 millón de libras (más o menos 5 millones de dólares). El conflicto surge cuando este intenta comer o comprar alguna vestimenta en la calle y nota que es imposible que alguien pueda cambiarle dicho billete
jueves, 23 de diciembre de 2010
Escribir
Uno escribe porque algo le jode, porque algo tiene dentro de su mente que quiere expulsar, aunque no sabe realmente qué. Uno escribe para darle sentido a su vida, para ordenar el caos que lleva adentro. Uno escribe para vengarse de la realidad y embellecer su existencia. Uno escribe para no morir, para tener la sensación “ilusoria” que derrota al tiempo y la muerte. Uno escribe porque es una necesidad que nace de la desilusión de la vida. Uno escribe porque admira a un puñado de escritores que escribieron libros que aún te provocan admiración y que quieres imitar (aun cuando suene a una utopía). Uno escribe porque el tiempo pasa raudo y tienes que dejar tu huella, tu marca que indique que pasaste por la vida. Uno escribe a veces sin motivo y solo por una pulsión de la mente y el cuerpo. Uno escribe para vivir aventuras, esas que son tan escasas en la vida diaria. Uno escribe para no enloquecer. Uno escribe por mil razones que nunca llega conocer ni racionalizar. Uno escribe por pasión. Uno escribe por soledad. Uno escribe por soñador. Uno escribe porque te gustaría que cuando mueras, alguien lea algún texto tuyo y lo haga soñar, reír y emocionarse. Uno escribe, finalmente, para darle un sentido a nuestra existencia.
lunes, 13 de diciembre de 2010
El fantasma de Canterville

Antes de leer “El fantasma de Canterville” de Oscar Wilde, era fan de la hermosa canción de Sui Generis que lleva el mismo título. Ahora que acabo de leer el relato del escritor inglés, me declaro fan de ambos: Oscar Wilde también es un maestro, un capo. El relato es sencillo y divertidísimo. La anécdota es la siguiente: una familia norteamericana llega a Inglaterra y compra una mansión llamada “Canterville Chase”, que perteneció a la familia Canterville y donde habita, según los antiguos inquilinos, el fantasma de Canterville (quien mató a su esposa hace más de tres siglos y que desapareció misteriosamente). A pesar de esto, la familia americana decide comprar la mansión, pues no cree en historias de desaparecidos y menos en fantasmas. Lo gracioso de la historia es cuando el patriarca de la familia Otis se topa con el fantasma; y en vez de asustarse, le ofrece al fantasma su aceite lubricante, para que pueda aceitarse las cadenas que lleva en sus pies y manos. Luego, y poco a poco, vamos viendo cómo el desconcertado con esta y otras situaciones, es el mismo fantasma, quien termina siendo objeto de sustos y burlas de la familia Otis. Al final, sin perder su maravilloso humor, la historia da un giro cuando el fantasma, miedoso y triste, entabla amistad con la hija menor de los Otis.
Luego de leer este relato, me doy cuenta que la literatura tiene varios registros y uno de ellos es el fantástico, ese que rompe con la realidad (o lo que entendemos por realidad), y nos hace maravillarnos y divertirnos con lo inverosímil, lo ilógico, pero que dentro del campo de la ficción adquiere coherencia y verdad. Wilde consigue esto con creces.
http://www.youtube.com/watch?v=uIGleQ-MJU8
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