viernes, 2 de agosto de 2013

La lluvia del tiempo


La lluvia del tiempo (2013) es la última novela del escritor y periodista peruano Jaime Bayly, quien debutó en el mundo de la literatura, en el ya lejano 1994, con No se lo digas a nadie. Su última novela gira en torno a la historia real de la hija no reconocida de Alejandro Toledo, quien fue presidente del Perú, del 2001 al 2006. La novela se enmarca en el 2001, cuando la madre de la niña Zaraí, Lucrecia Orozco, salió en escena, previa a la primera vuelta de las elecciones presidenciales y en las que Toledo iba primero en las encuestas, para pedirle a éste que reconozca a la hija que tuvieron trece años antes. Por supuesto, el libro de Bayly es una ficción que toma como pretexto aquella circunstancia. Y a pesar de que solo cambia los nombres de los personajes, que claramente resultan reconocibles, es una sátira burlona y crítica a la política, los políticos y los medios de comunicación. En La lluvia del tiempo, los personajes principales (el candidato Alejandro Tudela –Todelo-, el dueño de canal 5 Gustavo Parker –Genaro Parker-  y el periodista Juan Balaguer –Jaime Bayly-) son unos pillos sin moral que solo defienden sus intereses. Y Bayly, a través de la sátira, se burla de aquellos y los exagera en sus defectos.

Así planteada la novela, las primeras cien o ciento cincuenta páginas resultan divertidas y ágiles (algo que no se le puede negar a Bayly es su facilidad para interesarnos en sus historias y divertirnos), pues desarrollan la anécdota arriba señala, pero a la par cuenta las historias de cada uno de sus personajes en el pasado. Sin embargo, conforme va transcurriendo la novela (que tiene 400 páginas), esta se vuelve predecible, los personajes, al ser caricaturas grotescas de los reales, pierden interés y verosimilitud, el humor satírico se vuelve demasiado vulgar o de trazo grueso y sin gracia – a pesar de que Bayly también, a veces, sabe jugar con la sátira con  maestría, como en De repente un ángel- y el libro cae, se desmorona sin remedio. A pesar de eso, en las últimas páginas el interés se retoma, pero tampoco es un final logrado o bien trabajado

Siento, personalmente, que Bayly ha escrito de corrido esta novela, casi sin corregir. Siento que esta novela pudo haberla trabajado más. Haberla dejado reposar un tiempo y vuelto a trabajarla para corregir sus defectos. También siento que aquí faltó la mano de un editor que metiera tijera a la novela, en el buen sentido de la palabra. Siento que esta novela pudo ser mejor si Bayly la hubiese corregido con  más rigor y la hubiese acortado. Y como no hubo nada de ello, La lluvia del tiempo me parece un libro fallido, malo, una de los peores que he leído de Bayly, que tiene, en mi humilde opinión, como mejor novela, de las que he leído, “Y de repente, un ángel”.

Esperemos que Bayly se reivindique en el futuro y que entienda que lo importante no es cantidad, sino calidad. Y que la premura por publicar, le puede hacer perder rigor. Su último libro es un claro ejemplo de eso.  

domingo, 28 de julio de 2013

El beso de la mujer araña


El escritor argentino Manuel Puig (1932) publicó El beso de la mujer araña en 1976. Esta es una de sus novelas más conocidas e incluso se la llevó al cine en el 85. El argumento gira sobre dos personajes que conviven en la celda de una cárcel: Valentín, un revolucionario, y Molina, un homosexual acusado de corrupción de menores. Ambos, para sobrevivir, se cuentan historias; más precisamente Molina le cuenta a Valentín historias que vio en el cine y que le gustaron. Estas historias les permite evadir la cruda realidad de estar encerrados, además de soñar y sobrevivir. Este vínculo, posteriormente, se vuelve más cercano y llega a crearse un vínculo afectivo y sexual entre los dos.

Luego de leer la novela, o durante la lectura de la novela, pensaba en la crítica que le hizo Vargas Llosa a aquel autor al no considerar como literatura lo que este hacía. En parte, su crítica tiene cierto asidero. La obra de Puig, o al menos esta novela, no es la típica novela que uno suele leer, sino que es una obra diferente, particular, con una sensibilidad especial, que posee además largas  notas al margen, a manera de ensayos, que  tratan sobre la identidad sexual, en específico la homosexualidad. Sin embargo, y a pesar de lo inclasificable y a veces desconcertante novela de Puig, debo resaltar que es un libro interesante, hay partes que son buenas (por ejemplo, aquellos relatos melodramáticos y simbolistas que le relata Molina a Valentín), e incluso esas notas al margen a manera de ensayo resultan valiosas. Por si fuera poco, Puig mezcla diversas técnicas en la confección de su novela: diálogos, ensayo, informe, monólogos.

En suma, creo que la novela de Puig es interesante ya que refleja una sensibilidad y un estilo diferentes. Ahí radica su valor. Pero creo también, en mi humilde opinión, que no llega a ser un gran libro o una obra maestra.  

  

 

 

 

domingo, 21 de julio de 2013

Diario de un profesor (7)


01/05/2013
Primer día de clases en el instituto donde enseño. Nuevo ciclo. Ingreso al salón. Sé que he preparado bien mi clase. Cojo las copias que he sacado y se las entrego a algunos de los alumnos. De repente noto que las hojas se agitan levemente. Mis manos tiemblan un poco. Me río dentro de mí. Son los nervios. Llevo algunos años en este oficio y todavía me pongo un poco nervioso antes de cada clase. La única diferencia es que ahora sé manejar mis nervios y usarlos como una fuerza a mi favor. Esos nervios son buenos, positivos, porque quiere decir que lo que estoy haciendo (enseñar) me importa y me importa mucho.

03/05/2013
El atleta tiene un número de años de carrera profesional (de 10 a 15 años). Y además hay una edad en la que está en el apogeo de su madurez física y psicológica (digamos, entre los 25 y 27 años). ¿Cómo será en el caso del profesor? ¿Tendrá este también un tope de edad para desarrollar su carrera profesional? ¿Los 65, los 70? ¿Y cuál será su etapa de plenitud física y psicológica? ¿De los 35 a 50 años? Aún no lo sé. En todo caso, al igual que el atleta, debe llevar una vida metódica que le permita dar lo mejor de sí en la “cancha”. Y cuando sepa que ya el “físico” no es el mismo, deberá tomar la difícil decisión de “retirarse”, antes que lo retiren. Hay, pues, mucha similitud entre ambas profesiones.
 
19/05
En el instituto donde enseño, a veces me encuentro con ex alumnos, que al verme me saludan con efusividad y una sonrisa sincera de agradecimiento. Incluso algunos que cuando eran mis alumnos sentía que no les caía, me sonríen en señal de gratitud y me dicen: ¡Profesor, cómo está! Entonces, yo los saludo también con emoción y siento que todo mi esfuerzo no fue en vano. Y que enseñar, después de todo, tiene sus compensaciones.

03/06
¡Solo se deben dejar las tareas que se pueden corregir bien!
 
09/06
El otro día estaba en clase y me observé parado detrás del atril, serio, con gesto adusto, voz gruesa, severa y dando órdenes. Y saben qué. Me noté mandón, autoritario, poco paciente, algo amargado. Es decir, todo lo que no quiero ser como profesor. Y pensé que muchas veces nos comportamos de manera contraria a como realmente deseamos. Pero a su vez intuí o comprendí que me comportaba así -serio, poco paciente- porque era una capa de protección, una máscara inconsciente que fabricaba y me servía para mantener el “orden” en clase y para, según yo, mantener la “disciplina”. ¿Funciona ese método? No lo sé. Tal vez, a veces. En todo caso, yo no me siento a gusto, pues no es mi esencia y no es lo que quiero transmitir.
 
 
 
 

domingo, 14 de julio de 2013

La botella de chicha

En una ocasión tuve necesidad de una pequeña suma de dinero y como era imposible procurármela por las vías ordinarias, decidí hacer una pesquisa por la despensa de mi casa, con la esperanza de encontrar algún objeto vendible o pignorable. Luego de remover una serie de trastos viejos, divisé, acostada en un almohadón, como una criatura en su cuna, una vieja botella de chicha. Se trataba de una chicha que hacía más de quince años recibiéramos de una hacienda del norte y que mis padres guardaban celosamente para utilizarla en un importante suceso familiar. Mi padre me había dicho que la abriría cuando yo “me recibiera de bachiller”. Mi madre, por otra parte, había hecho la misma promesa a mi hermana, para el día “que se casara”. Pero ni mi hermana se había casado ni yo había elegido aún qué profesión iba estudiar, por lo cual la chicha continuaba durmiendo el sueño de los justos y cobrando aquel inapreciable valor que dan a este género de bebidas los descansos prolongados.

 
Sin vacilar, cogí la botella del pico y la conduje a mi habitación. Luego de un paciente trabajo logré cortar el alambre y extraer el corcho, que salió despedido como por el ánima de una escopeta. Bebí un dedito para probar su sabor y me hubiera acabado toda la botella si es que no la necesitara para un negocio mejor. Luego de verter su contenido en una pequeña pipa de barro, me dirigí a la calle con la pipa bajo el brazo. Pero a mitad del camino un escrúpulo me asaltó. Había dejado la botella vacía abandonada sobre la mesa y lo menos que podía hacer era restituirla a su antiguo lugar para disimular en parte las trazas de mi delito. Regresé a casa para tranquilizar aún más mi conciencia, llené la botella vacía con una buena medida de vinagre, la alambré, la encorché y la acosté en su almohadón.

Con la pipa de barro, me dirigí a la chichería de don Eduardo.

–Fíjate lo que tengo–dije mostrándole el recipiente–. Una chicha de jora de veinte años. Solo quiero por ella treinta soles. Está regalada.

 Don Eduardo se echo a reír.

¡A mí!, ¡a mí!– exclamó señalándose el pecho–. ¡A mí con ese cuento! Todos los días vienen a ofrecerme chicha y no solo de veinte años atrás. ¡No me fío de esas historias! ¡Como si las fuera a creer!

–Pero yo no te voy a engañar. Pruébala y verás.

–¿Probarla? ¿Para qué? Si probara todo lo que me traen a vender, terminaría el día borracho, y lo que es peor, mal emborrachado. ¡Anda, vete de aquí¡ Puede ser que en otro lado tengas más suerte.

Durante media hora recorrí todas las chicherías y bares de la cuadra. En muchos de ellos ni siquiera me dejaron hablar. Mi última decisión fue ofrecer mi producto en las casas particulares pero mis ofertas, por lo general, no pasaron de la servidumbre. El único señor que se avino a recibirme me preguntó si yo era el mismo que el mes pasado le vendiera un viejo Burdeos y como yo, cándidamente, le replicara que sí, fui cubierto de insultos y de amenazas e invitado a desaparecer en la forma menos cordial.

Humillado por este incidente, resolví regresar a mi casa. En el camino pensé que la única recompensa, luego de empresa tan vana, sería beberme la botella de chicha. Pero luego consideré que mi conducta sería egoísta, que no podía privar a mi familia de su pequeño tesoro solamente por satisfacer un capricho pasajero, y que lo más cuerdo sería verter la chicha en su botella y esperar, para beberla, a que mi hermana se casara o que a mí pudieran llamarme bachiller.

Cuando llegué a la casa había oscurecido y me sorprendió ver algunos carros en la puerta y muchas luces en las ventanas. No bien había ingresado a la cocina cuando sentí una voz que me interpelaba en la penumbra. Apenas tuve tiempo de ocultar la pipa de barro tras una pila de periódicos.

 
–¿Eres tú el que anda por allí? –preguntó mi madre, encendiendo la luz–. ¡Esperándote como locos! ¡Ha llegado Raúl! ¿Te das cuenta? ¡Anda a saludarlo! ¡Tantos años que no ves a tu hermano! ¡Corre, que ha preguntado por ti!

Cuando ingresé a la sala quedé horrorizado. Sobre la mesa central estaba la botella de chicha aún sin descorchar. Apenas pude abrazar a mi hermano y observar que le había brotado un ridículo mostacho. “Cuando tu hermano regrese”, era otra de las circunstancias esperadas. Y mi hermano estaba allí y estaban también otras personas y la botella y minúsculas copas, pues una bebida tan valiosa necesitaba administrarse como una medicina.

–Ahora que todos estamos reunidos –habló mi padre–, vamos al fin a poder brindar con la vieja chicha –y agració a los invitados con una larga historia acerca de la botella, exagerando, como era de esperar, su antigüedad. A mitad de su discurso, los circunstantes se relamían los labios.

La botella se descorchó, las copas se llenaron, se lanzó una que otra improvisación y llegado el momento del brindis observé que las copas se dirigían a los labios rectamente, inocentemente, y regresaban vacías a la mesa, entre grandes exclamaciones de placer.

–¡Excelente bebida!
–¡Nunca he tomado algo semejante!
–¿Cómo me dijo? ¿Treinta años?
–¡Es digna de un cardenal!
–¡Yo que soy experto en bebidas, le aseguro, Don Bonifacio, que como esta ninguna!

Y mi hermano, conmovido por tan grande homenaje, añadió:

–Yo les agradezco, mis queridos padres, por haberme reservado esta sorpresa con ocasión de mi llegada.

El único que, naturalmente, no bebió una gota, fui yo. Luego de acercármela a las narices y aspirar su nauseabundo olor a vinagre, la arrojé con disimulo en un florero.

Pero los concurrentes estaban excitados. Muchos de ellos dijeron que se habían quedado con la miel en los labios y no faltó uno más osado que insinuara a mi padre si no tenía por allí otra botellita escondida.
 
-¡Oh no! –replicó–.¡De estas cosas solo una! Es mucho pedir.

Noté, entonces, una consternación tan sincera en los invitados, que me creí en la obligación de intervenir.

 –Yo tengo por allí una pipa con chicha.
–¿Tú? –preguntó mi padre, sorprendido.
–Sí, una pipa pequeña. Un hombre vino a venderla…Dijo que era muy antigua.
–¡Bah! ¡Cuentos!
–Y yo se la compré por cinco soles.
–¿Por cinco soles? ¡No has debido pagar ni una peseta!
–A ver, la probaremos –dijo mi hermano–. Así veremos la diferencia.
–Sí, ¡que la traigan! –pidieron los invitados.

Mi padre, al ver tal expectativa, no tuvo más remedio que aceptar y yo me precipité hacia la cocina. Luego de extraer la pipa bajo el montón de periódicos, regresé a la sala con mi trofeo entre las manos.

-¡Aquí esta! –exclamé, entregándosela a mi padre.
–¡Hummm...! –dijo él, observando la pipa con desconfianza–. Estas pipas son de última fabricación. Si no me equivoco, yo compré una parecida hace poco –y acercó la nariz al recipiente–. ¡Qué olor! ¡No! ¡Esto es una broma! ¿Dónde has comprado esto, muchacho? ¡Te han engañado! ¡Qué tontería! Debías haber consultado –y para justificar su actitud hizo circular la botija entre los concurrentes, quienes ordenadamente la olían y, después de hacer una mueca de repugnancia, la pasaban a su vecino.
–¡Vinagre!
–¡Me descompone el estomago!
–Pero ¿es que esto se puede tomar?
–¡Es para morirse!

Y como las expresiones aumentaban de tono, mi padre sintió renacer en sí su función moralizadora de jefe de familia y, tomando la pipa con una mano y a mí de una oreja con la otra, se dirigió a la puerta de la calle.

–Ya te lo decía. ¡Te has dejado engañar como un bellaco! ¡Verás lo que se hace con esto!

Abrió la puerta y, con gran impulso, arrojó la pipa a la calle, por encima del muro. Un ruido de botija rota estalló en un segundo. Recibiendo un coscorrón en la cabeza, fui enviado a dar una vuelta por el jardín y mientras mi padre se frotaba las manos, satisfecho de su proceder, observé que en la acera pública, nuestra chicha, nuestra magnífica chicha norteña, guardada con tanto esmero durante quince años, respetada en tantos pequeños y tentadores compromisos, yacía extendida en una roja y dolorosa mancha. Un automóvil la pisó alargándola en dos huellas; una hoja de otoño naufragó en su superficie; un perro se acercó, la olió y la meó.
 
Julio Ramón Ribeyro

sábado, 15 de junio de 2013

Dublineses



Publicado en 1914, Dublineses es un libro de cuentos del irlandés James Joyce (1882-1941), conocido por su novela Ulises, que es considerada una obra maestra y una de las grandes obras de arte del siglo XX. Dublineses está compuesto por 15 relatos y todos tienen como telón de fondo la ciudad de Dublin, capital de Irlanda. Luego de leer el libro que ha sido como una bocanada de aire fresco en medio de la tediosa rutina, puedo decir que es un muy buen libro. La prosa de Joyce no ha envejecido, sus relatos se mantienen actuales pues esos irlandeses humildes y de clase media que retrata en sus vidas insatisfechas y rutinarias, son iguales o parecidas a quienes vivimos en la época actual y en otras latitudes. Pues, leyendo a Joyce, caes en la certeza de que nosotros no somos muy diferentes de quienes vivieron hace un siglo y en otro continente. Los seres humanos, no importa la época y el país, somos iguales en esencia: los mismos sueños, miedos, temores, insatisfacciones, etc. Leyendo a Joyce uno se siente afín a la humanidad.

Los 15 relatos son interesantes, unos más que otros, pero todos están muy bien escritos. Joyce crea ambientes, describe personajes tanto en su mundo exterior como interior, sabemos lo que hacen y lo que piensan.  Hay mucho parecido con los cuentos actuales, salvo los finales que acaban más que como desenlaces que sorprenden, como el punto final de una crónica. En suma, no hay finales sorpresivos…Los cuentos más logrados  ,en mi opinión, son “Eveline”,  “Dos galanes”, “La casa de huéspedes”, “Una nubecilla”, “Duplicados”, “Un triste caso”, “Una madre”. De todos ellos, el que más recuerdo es “Un triste caso” y “Eveline”. El primero es sobre un hombre muy estricto o derecho que se priva de tener una aventura con una bella mujer por sus tontos prejuicios. Y el segundo, sobre una chica que va a abandonar a su familia para irse con su amor a otro continente, pero a punto de embarcarse, la vacilación la envuelve.

En suma, Dublineses es un libro que vale la pena, es un clásico y sin duda merece ser leído. 

domingo, 9 de junio de 2013

Somos como los deportistas

Roger Federer, el mejor tenista de la historia, ha ganado 894 partidos y ha perdido 204 veces. Es decir, sabe lo que es perder. David Ferrer, tenista 5 del mundo, tiene 519 victorias-255 derrotas. Por su parte, Nicolas Almagro, 13 del mundo, tiene un récord de 314 victorias-202 derrotas. Juan Mónaco, argentino 17 del mundo, 271-203. Estos últimos también saben lo que es perder y eso que hablamos de los 20 primeros del ránking. ¿Imagínense el récord de un jugador que está en el puesto 70 o 100? Y sin embargo, estamos hablando de jugadores profesionales, de gente que compite al máximo nivel y que, básicamente, son gente con mentalidad positiva y ganadora.

Pues bien, la vida del deportista es igual a la nuestra. Es decir, nosotros somos como los deportistas, ganamos y perdemos todos los días. Tenemos días en los que nos salen bien las cosas y otros días, la mayoría, en que no sale mal. Y sin embargo, cada derrota nos hace más fuertes, y nos invita a seguir esforzándonos por cumplir nuestras metas. E intentar, en la medida de nuestro talento y esfuerzo, a llegar lo más lejos en el "ránking mundial". Lo importante es, simplemente, no perder el optimismo y tratar de superarnos cada día. Un buen ejemplo de eso es el tenista David Ferrer, 31 años, 5 del mundo, que aunque perdió hoy el Roland Garros a manos de Rafa Nadal (otro grande), venció porque jugó su primera final en un Grand Slam y en los últimos dos años ha cosechado más éxitos que en sus primeros años. Y todo en base a su esfuerzo y constancia...Como se ve, todo un ejemplo.

Foto: David Ferrer
  

 


lunes, 3 de junio de 2013

Ya no escribo ni leo

Hace casi dos meses que no escribo ni leo. O si lo hago, lo hago muy poco, como ahora, de manera intermitente, en esos pocos minutos que el trabajo y la rutina no da una tregua. En dos meses he avanzado a trompicones el libro "Dublineses" de James Joyce. He leído unos 10 cuentos y voy en la mitad del libro. Leer esos breves cuentos son como un respiro, salir de esa estúpida y monótona rutina y ver destellos de luz en medio de un tedioso viaje en un viejo bús que te lleva a tu casa. Y escribir, escribir no lo hago, sueño, por eso, con volver a hacerlo y terminar esos cuentos que tengo pendientes. Tengo dos en mi cabeza, en mi imaginación, esperando que salgan de mi corazón y mis manos como ráfagas de luz, que broten como líquido incontenible. Escribir y justificar la vida, escribir y decir estoy vivo, escribir y embellecer lo que me rodea, escribir y sentir que el año no se pasa así nomás. Pero la rutina del trabajo te vuelve a envolver con sus garras y solo volverás a pensar en lo anterior cuando asomes la cabeza, como ahora, fuera del agua y veas la luminosa superficie que te espera ahí afuera.  Soñar pues con leer y vivir nuevas aventuras y escribir y hacer realidad estas y sacarle la vuelta a la realidad, hacerle un guiño de provocación a la muerte y sonreír mientras escribes las palabras indicadas.